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¿Por qué el genocidio no termina?

Escrito por Gustavo

Israel tiene una de las fuerzas aéreas más letales del planeta. Domina el cielo de Gaza sin que nadie se lo dispute, ni un misil, ni un avión enemigo, nada. Así que la pregunta que nadie hace en voz alta es la más simple de todas: si de verdad estuviera cometiendo un genocidio, ¿cuánto tardaría en terminarlo? Una tarde. Dos, como mucho.

Los nazis necesitaron años porque tuvieron que construir una industria entera de la muerte y esconderla del propio pueblo alemán. En Ruanda alcanzó con machetes y cien días, sin un solo avión. Israel tiene F-35, satélites e inteligencia en tiempo real desde la primera hora de la guerra. Si el plan hubiera sido borrar Gaza del mapa, Gaza ya no estaría en ningún mapa. No hay ningún obstáculo técnico. El único obstáculo es que nunca fue el plan.

Y sin embargo pasan los meses. Cambia el inquilino en la Casa Blanca, se firman altos el fuego, se negocian rehenes uno por uno, entran toneladas de comida bajo fuego cruzado — y el genocidio, contra toda lógica, sigue sin terminar. Ningún genocidio de la historia tuvo pausas para canjear rehenes con sus propias víctimas. Ninguno mandó mensajes de texto y tiró volantes antes de bombardear un edificio para que la gente tuviera tiempo de salir. Un genocida no le abre la puerta a camiones de ayuda ni deja entrar periodistas a filmar lo que hace. Lo esconde, como escondieron los nazis los trenes.

El genocidio no termina porque no hay genocidio que terminar. Lo que hay es una guerra atroz —como son todas las guerras— contra un enemigo que cavó túneles bajo hospitales y usó a su propia gente de parapeto. Encima de esa guerra real se montó una palabra que no depende de un solo hecho comprobable sobre el terreno. Y si no depende de los hechos, la pregunta obligada es de qué depende entonces.

Para responderla hay que ir para atrás. Bastante más atrás de lo que cualquiera que hoy repite la palabra en un video de quince segundos se imagina. Hay que ir hasta el hombre que, sin querer, armó a Israel para que pudiera nacer.

En 1948, mientras casi todo el mundo le cerraba la puerta a los judíos que estaban por fundar su país, Stalin dejó que Checoslovaquia les vendiera fusiles, ametralladoras y una veintena de cazas Avia S-199, primos cercanos del Messerschmitt alemán que años antes había escoltado los trenes hacia Auschwitz. Con esas armas se rompió el sitio de Jerusalén. Sin ellas, es muy probable que Israel no llegara a cumplir un año de vida.

Stalin no lo hizo por los judíos. Lo hizo para restarle un punto a los británicos en Medio Oriente. En cuanto las elecciones israelíes de enero del 49 no le dieron el resultado que buscaba, cortó por lo sano, sin dar la cara. Y ahí, en ese portazo, empieza lo que en realidad importa: el bloque soviético se da vuelta, arma a Egipto y a Siria, y empieza a instalar en cada foro que encuentra la idea de que el sionismo es una forma de colonialismo, y el colonialismo una forma de racismo. En 1974 la OLP —vendida al mundo como movimiento de liberación cuando era, en los hechos, una organización terrorista— lleva esa acusación a la tribuna de la ONU. Un año después, la Asamblea General vota que el sionismo es racismo, lisa y llanamente. Van a pasar dieciséis años hasta que esa resolución se revoque, en 1991, pero el daño ya estaba hecho: toda una generación de diplomáticos y profesores se formó creyendo que aquello era un hallazgo moral y no una jugada soviética con fecha de vencimiento.

La guerra del Líbano, en 1982, es el primer momento en que la acusación de genocidio explota a gran escala, apoyada en cifras que después no cerraron y en una masacre —Sabra y Shatila— que cometieron milicias cristianas libanesas, no el ejército israelí, aunque la memoria colectiva terminó cobrándosela casi entera a Jerusalén. Casi veinte años más tarde, en Durban, la palabra sale del terreno de los regímenes autoritarios y se muda a las ONGs de derechos humanos y a los campus universitarios de Occidente, donde hoy cualquier chico de veinte años cree haberla descubierto él solo.

Y así se llega al 8 de octubre de 2023. Un día después de la matanza más grande contra judíos desde el Holocausto, y antes de que Israel disparara un solo tiro de respuesta, la palabra genocidio ya circulaba en las redes. El veredicto estaba escrito de antemano. Solo hacía falta la excusa, y Hamás se encargó de dársela puntual.

La palabra cambia de década en década —racismo colonial, apartheid, genocidio— pero lo que hay detrás no se mueve un centímetro desde 1948. No es una posición política, porque las posiciones políticas se acomodan y cambian de bando cuando conviene, como hizo la URSS en un puñado de meses, sin pudor alguno. Es algo más viejo y más terco que cualquier ideología: un rechazo a que el Estado judío exista, capaz de sobrevivir a la caída de imperios, a media docena de acuerdos de paz y a cualquier evidencia en contrario.

Esa es la verdadera razón por la que el genocidio no termina: hace falta que exista para siempre, como excusa. El día que se demuestre que no lo hay, los hijos de Goebbels ya van a estar buscando la próxima palabra.

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Gustavo

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