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Ustedes siempre tienen que ser las víctimas

Escrito por Gustavo

La escuché tantas veces que ya sé el momento exacto en que va a aparecer. No al principio de la discusión, no en el medio. Aparece cuando se terminaron los argumentos. Cuando ya mostré el dato, cuando ya cité la fecha, cuando ya el otro no tiene con qué seguir, ahí llega, siempre con el mismo tono de hastío, como si fuera yo el que está siendo injusto por seguir hablando: “ustedes siempre tienen que ser las víctimas.” No es un argumento. Es lo que se dice cuando ya no hay argumento, y funciona como un cierre porque da vergüenza ajena discutirlo — ¿quién quiere ser la persona que le exige a otro que deje de sentirse perseguido?

Yo llevo años en estas discusiones, y no hablo de antisemitismo ni de anticionismo. Hablo de antijudaísmo, porque es la palabra más vieja y la más honesta: es el odio al judío, disfrazado según la época con el ropaje que le tocara. Antes de Cristo ya perseguían judíos. En el siglo diecinueve empezó a llamarse antisemitismo — la palabra la acuñó un alemán, Wilhelm Marr, en 1879, para darle al odio de siempre una careta científica, racial, moderna. Después vino Dreyfus, en Francia, y el mundo entero descubrió que ese odio podía condenar a un inocente desde el propio Estado. Después los Protocolos de Sión, la mentira más exitosa de la historia, la que todavía hoy alguien te cita como si fuera un documento real. Y después el Holocausto, que debería haber sido el final de la historia y fue apenas el cambio de careta: ya no se podía decir “soy antisemita” en voz alta, así que en 1975 la ONU le dio un nombre nuevo y aceptable al mismo prejuicio — antisionismo. Hoy nadie te dice que odia al judío. Te dicen que están en contra del gobierno de Netanyahu. Yo todavía espero que alguien me diga que está en contra de Ortega y Murillo, que gobiernan Nicaragua sin necesitar elecciones porque, según ellos, el pueblo los ama. Espero que alguien se indigne con la misma intensidad por cualquiera de las casi cien dictaduras que hay en el mundo. Pero no. El común denominador de la indignación selectiva siempre termina en el mismo lugar.

Ahí es donde me sacan la carta de siempre: una cosa son los judíos, otra cosa es Israel. No. Ya lo demostramos, con nombre y con fecha, en decenas de notas de este sitio: el judío que se integró en cada país sin pedirle a ese país que cambiara, que mantuvo sus costumbres puertas adentro y se hizo ciudadano puertas afuera, es el mismo judío que hoy tiene un Estado. No hay dos sujetos. Hay uno solo, que pasó dos mil años sin tierra y sin ejército, y que ahora que los tiene, es acusado de hacer lo que le hicieron a él.

Esto ya lo vivimos, y lo vivimos exactamente al revés de como lo cuentan hoy. Bajo mandato británico, buena parte del liderazgo judío en Palestina adoptó una política que se llamó Havlagá: autodominio, no responder, contenerse, confiar en que la moderación iba a ser premiada. No lo fue. La contención no compró protección, compró más impunidad para el que atacaba y más entierros para el que se contenía. La historia ya hizo el experimento de la pasividad total, y lo pagó con una cifra de muertos que nadie hoy se anima a mencionar cuando exige que Israel “se contenga más”. Y quizás por eso mismo genera tanto malestar el judío que ya no se contiene: el mundo se acostumbró durante dos mil años a la víctima designada, a la que sufre en silencio y llena de dignidad la crónica ajena, y cuando ese mismo pueblo se levanta y deja de cumplir ese papel, el problema, para muchos, no es quién ataca. Es que el guion se rompió.

Y acá el número que a mí me deja sin palabras cada vez que lo repito: antes del Holocausto había dieciséis millones de judíos en el mundo. Hoy, casi ochenta años después, hay quince millones ochocientos mil. Todavía no llegamos. No solamente no crecimos como cualquier otro pueblo del planeta en ochenta años — retrocedimos, y ni siquiera contamos a los que nunca nacieron, la descendencia entera de seis millones de personas que fue asesinada antes de poder existir. Si uno se pone a calcular cuántos judíos habría hoy sin el Holocausto, sin los pogroms, si simplemente hubiéramos seguido reproduciéndonos en nuestra propia tierra como lo hizo cualquier otro pueblo, el número es difícil de mirar de frente. Y a ese pueblo, todavía convaleciente ochenta años después, se le exige que pida perdón por existir armado.

Porque de eso se trata la acusación de hoy: genocidio. La palabra más grave que existe, usada con una liviandad que debería darle vergüenza a quien la pronuncia. Si genocidio fuera exterminio, alcanzaría con contar: hoy hay más palestinos en Gaza que en 2023. Pero ya sé la respuesta, la escuché cien veces — genocidio no es solo matar, también es desplazamiento, también es destrucción. Está bien, hablemos de destrucción: Gaza está devastada en casi un ochenta por ciento, y no lo voy a negar porque no hace falta negarlo. Lo que hace falta es preguntar por qué. Abajo de esas ciudades había más de quinientos kilómetros de túneles, y todavía hoy, con todo lo que se destruyó, no están terminados de destruir. Hamás sigue con poder. Sigue con armas. Sigue existiendo pese a la comisión de paz que armó Donald Trump, una comisión que integran países que ni siquiera reconocen al Estado de Israel, o que directamente llaman a su destrucción. Ese es el árbitro que el mundo le puso a este conflicto, y aun así la culpa es de Israel.

Y los palestinos, en el medio de todo esto, son usados. No por Israel. Por los mismos que necesitan un victimario para poder repetir la frase de siempre. Los palestinos son rehenes discursivos de quienes convirtieron su sufrimiento real en el argumento que le faltaba a la acusación. Esa sí es una víctima verdadera, y a esa nadie la defiende con la misma pasión con la que se defiende el relato.

Si matan a un judío en la calle, en una sinagoga, en un festival de música, la primera pregunta nunca es quién lo mató. Es qué habrá hecho Israel para merecerlo. Y cuando el judío finalmente se defiende, cuando dos mil años después tiene con qué hacerlo, aparece la frase, la misma de siempre, la que no es un argumento sino la confesión de que ya no queda ninguno: ustedes siempre tienen que ser las víctimas.

Jabotinsky tenía una palabra para todo esto: hadar. Dignidad, orgullo de pie, la negativa a pedir perdón por seguir existiendo. Lo que hoy le exigen al judío que se defiende no es que explique sus razones — ya las explicó, con números, con fechas, con pruebas. Le exigen que se avergüence de haberlo hecho. Y ahí está el verdadero objetivo de la frase: no busca refutar nada, busca devolver al judío al único lugar donde el mundo se sintió cómodo con él durante dos mil años. El de víctima. Sin ejército, sin estado, sin hadar.

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Gustavo

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