Alemania ha producido, otra vez, un espectáculo que merece estudio antropológico antes que comentario político. Alternativa para Alemania se presenta hoy como guardián de la comunidad judía frente al antisemitismo importado por la inmigración musulmana, mientras algunos de sus dirigentes más influyentes describen el nazismo como un episodio menor en la historia de una nación por lo demás gloriosa. La combinación debería resultar imposible. No lo es, y ahí está el problema.
El guion tiene una lógica de campaña más que de convicción. Ante la prensa occidental y en los parlamentos regionales, los voceros del partido adoptan un tono de solidaridad filosemita cuidadosamente calibrado: protegemos a los judíos alemanes de la amenaza que representan las mezquitas. Es una posición difícil de refutar en público. ¿Quién va a acusar de nazi a un partido que se preocupa por la seguridad de una sinagoga? La jugada convierte al judío alemán en algo parecido a un aval moral, una credencial que permite ejercer la islamofobia sin cargar con el estigma del pasado.
Ese aval, sin embargo, dura lo que dura la cámara encendida. En las asambleas internas y en los bastiones del este del país, el lenguaje cambia de registro. Sigue circulando, casi como reliquia doctrinaria, la frase con la que Alexander Gauland describió el nazismo y sus seis millones de muertos: una simple mancha en más de mil años de exitosa historia alemana. No fue un exabrupto aislado. Para el ala que hoy concentra buena parte del electorado en Sajonia-Anhalt y Turingia, el Holocausto no es la herida central de la historia alemana sino una anécdota incómoda que conviene minimizar.
De modo que el mismo partido que se ofrece como protector del judío frente al inmigrante, trata la memoria de sus propios muertos como un estorbo. No hay contradicción involuntaria en esto: hay cálculo. Al judío alemán no se lo defiende como ciudadano ni como depositario de una tradición milenaria, mucho menos como testigo de lo que Alemania hizo. Se lo instrumentaliza como argumento demográfico. Mientras guarde silencio y sirva para justificar políticas migratorias más duras, el partido lo defiende con entusiasmo. Pero en cuanto esa misma comunidad protesta porque Björn Höcke llamó al Monumento al Holocausto de Berlín un “monumento a la vergüenza”, o defiende el rito del faenamiento kosher y la circuncisión que el partido quiere prohibir invocando el bienestar animal, el aliado desaparece. En su lugar reaparece la vieja figura del intruso cosmopolita que le impide a la nación desfilar sin culpas.
El enemigo de mi enemigo ocasionalmente es amigo mío. Esa puede ser una herramienta útil de campaña, pero rara vez se convierte en algo más duradero. AfD no abandonó su recelo hacia los judíos: lo puso en pausa, porque hoy las urnas premian otro miedo. Es cinismo político en su forma más pura: ofrecerse como guardia nocturno de la sinagoga con la goma de borrar el Holocausto en el bolsillo.
¿Serán hijos de Goebbels?

