Europa

Me voy de vacaciones

Escrito por Gustavo

El dilema estival entre el caos mediterráneo y la diplomacia de puertas abiertas

Llega esa época del año en que hay que tomar decisiones trascendentales: dónde fundir los ahorros, qué ropa entra en la valija y cuánta estabilidad geopolítica está uno dispuesto a apostar a cambio de dos semanas de sol. Este año el dilema pesa más de lo habitual. Dudo entre dos destinos, cada uno con su encanto particular: Gaza o Ceuta.

Gaza, hay que reconocerlo, tiene la decencia de ser honesta. Uno sabe exactamente a lo que va: tensión permanente, titulares en tiempo real y la certeza de que «zona segura» es, en el mejor de los casos, un eufemismo con vocación poética. Ceuta ofrece algo más sofisticado: la adrenalina de un enclave donde la soberanía de un país europeo se administra con la misma firmeza con que un mozo exhausto atiende la última mesa de la noche, es decir, cuando puede y si se acuerda.

La paradoja del destino

Repasemos las opciones. Para entrar en Gaza hace falta atravesar filtros interminables, una burocracia asfixiante y controles que le revisan a uno hasta el último pliegue de la paciencia. Para entrar en Ceuta alcanzó con que Marruecos dejara de contener, durante varias horas, a una multitud que ya avanzaba hacia la frontera.

Unas 50.000 personas cruzaron hacia Ceuta entre el jueves y el viernes; para el final de esa misma jornada, cerca de 48.300 ya habían vuelto a Marruecos. No hace falta inflar la cifra: alcanza con leerla bien. Detrás de ese vaivén de multitudes quedó algo que ninguna cifra administrativa suaviza: 57 personas murieron en el cruce, y el recuento subiría después a 72. No fue, para nadie, un paseo matutino por el agua.

No está demostrado que Mohamed VI planificara aquello desde el primer rumor, ni que su Gobierno inventara las promesas falsas que empujaron a la gente hacia la valla. Lo que sí está documentado es que la vigilancia marroquí se aflojó justo quince minutos antes de que hiciera falta y volvió a apretarse en cuanto Rabat consideró que ya había visto suficiente. Puede que Marruecos no haya encendido la mecha. Contempló el incendio con las manos en los bolsillos, y tomó apuntes.

Y del otro lado del tablero, en la Moncloa, observaba la jugada Pedro Sánchez. Hay que concederle un mérito: en la vida civil habría sido, sin duda, un matemático frustrado, pero en la arena pública es un superviviente nato. Con su entorno político y familiar sometido a una presión judicial que ya es casi mobiliario de la Moncloa, cualquier crisis exterior servía, al menos, para cambiar de tema durante unas horas.

La suerte, sin embargo, no lo acompañó. Que el episodio ocurriera en pleno verano fue un tiro por la culata en términos de impacto político. El ciudadano español de vacaciones tiene prioridades genuinamente existenciales: la sombrilla en primera línea de playa, la sangría helada, la siesta sagrada. El telediario, en agosto, apenas existe. La masa no se distrajo porque nunca estuvo prestando atención. Y los pocos que sí apagaron la radio del chiringuito para mirar la frontera difícilmente vuelvan a votar al Partido Socialista, salvo el militante de fe ciega, ese que aplaude por reflejo sin que le importe lo que haga el líder, porque cuando el partido da la orden de aplaudir, las manos se juntan solas.

Todo esto llegó, además, poco después de que una regularización migratoria pensada para unas 500.000 personas terminara recibiendo 1.174.978 solicitudes de residencia. No fueron pasaportes repartidos en la puerta; fue algo administrativamente más modesto y políticamente igual de elocuente: entre primero, pida el papel después, y no se preocupe demasiado por el orden de los pasos.

Ensayo general a escala real

Pongámonos por un momento en la piel de los habitantes de Ceuta, unos 83.600. Imaginen la escena de cualquier mañana: salir a comprar el pan y encontrarse con 50.000 personas entrando en pocas horas, una cifra equivalente a casi el 60% de la población local. Una ciudad convertida, de golpe, en minoría dentro de sí misma.

La inmensa mayoría llegó desarmada y sin intención de atacar a nadie. Pero la seguridad de un país no se diseña asumiendo que todos los desconocidos vendrán en son de paz y respetando el horario comercial. Alcanza con hacerse la pregunta que en Europa se considera de mal gusto hasta el día después de la tragedia: ¿qué hubiera pasado si un puñado, no 50.000, apenas unos centenares, hubiera llegado dispuesto a saquear, incendiar o herir? Ninguna guarnición, por bien entrenada que esté, protege instantáneamente cada vivienda, cada escuela y cada calle frente a una irrupción de esa escala.

Ahí Gaza deja de ser destino turístico de pésimo gusto y pasa a ser advertencia. Una frontera puede tener vallas, cámaras y discursos tranquilizadores; todo eso funciona hasta que alguien encuentra la grieta y la cruza más rápido de lo que el Estado tarda en entender qué está pasando. Ceuta tuvo suerte. Y la suerte, como doctrina de defensa nacional, rinde resultados bastante irregulares.

Empezó, probablemente, como estampida de rumor y desesperación. Pero desde el momento en que Marruecos dejó que avanzara, se convirtió también en examen: cuánto tarda Madrid en reaccionar, cómo se coordinan policía y ejército, qué tan rápido llega Europa a mirar. España terminó recuperando el control, sí, pero lo hizo cuando Rabat decidió cerrar el grifo, no un minuto antes.

La valija de este verano

Y aquí estoy, frente a la valija abierta.

Por un lado, Gaza garantiza emociones fuertes pero previsibles dentro de la tragedia. Por el otro, Ceuta ofrece el morbo de la ruleta rusa geopolítica: la tranquilidad de sus playas garantizada únicamente hasta el momento en que a Mohamed VI le vuelva a resultar útil ajustar las tuercas de su política exterior usando seres humanos como proyectiles.

Creo que, al final, me decanto por Ceuta. Al fin y al cabo, si la cosa se complica, siempre podré confiar en que Sánchez emitirá un comunicado muy firme y profundamente preocupado desde algún salón con vista al jardín, mientras hace cuentas de cuánto tiempo más podrá gobernar un país cuyas fronteras dependen, en buena medida, del humor del vecino.

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Gustavo

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