Américas

César Vega, un error de la naturaleza

Escrito por Gustavo

Hay personajes en la vida pública que te obligan a replantearte los fundamentos mismos de la biología. Uno se cruza con ciertas declaraciones y, de pronto, el silencio y la nada parecen opciones mucho más sensatas. El ex diputado César Vega, el hombre que supo hacer campaña abrazado a los repollos, acaba de soltar en sus redes un manifiesto neonazi que combina el antisemitismo más rancio con la rabieta de un adolescente enojado. Llamar “piojosos” a los judíos y aplaudir misiles sobre civiles no es una simple opinión geopolítica; es un escupitajo al sentido común y a la decencia más elemental.

Cuando los votos, en una de esas anomalías estadísticas que el sistema a veces permite, lo sentaron en una banca del Parlamento, la periodista Patricia Madrid tuvo un rapto de lucidez quirúrgica y lo definió como “un error de la democracia”. Una frase perfecta, filosa, que enmarcaba el absurdo de ver a alguien de su calibre ocupando un lugar de representación ciudadana. Pero tras leer su última diatriba, en la que celebra el terrorismo con la misma ligereza con la que antes pontificaba sobre pesticidas, uno se da cuenta de que el diagnóstico de Madrid, aunque certero, se quedó corto en su alcance. La democracia tiene mecanismos para corregir sus errores. La naturaleza no tiene segunda vuelta.

El problema de Vega excede con creces los límites del sistema electoral. El verdadero misterio no es cómo llegó a diputado, sino cómo concilia su supuesto amor por el medio ambiente con la toxicidad radioactiva de su discurso. Para alguien que fundó un partido ecologista, resulta profundamente trágico que su sola presencia represente un derroche de recursos. Al final, no estamos frente a un simple tropiezo de las instituciones republicanas, sino ante un rotundo error biológico. La verdadera catástrofe ecológica contemporánea es que un ser con semejante oscuridad intelectual siga consumiendo, de manera impune, el preciado oxígeno de nuestro planeta.

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Gustavo

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