Medio Oriente

Netanyahu viaja a Washington para definir el rumbo de la guerra

Escrito por Gustavo

Benjamin Netanyahu aterriza en Washington para asistir al funeral de Lindsey Graham, el senador que durante dos décadas fue uno de los aliados más firmes de Israel en el Capitolio y una de las voces más duras frente al régimen iraní. Netanyahu irá a despedirlo. Pero el peso político del viaje estará el martes en el Salón Oval, donde se reunirá con Donald Trump para discutir qué hacer con Irán ahora que las bombas dejaron de caer, quién entra a Gaza y bajo qué condiciones, y hasta dónde Washington y Jerusalén están dispuestos a rediseñar el equilibrio de Medio Oriente.

Irán ocupa el primer lugar en la agenda. Será la primera vez que ambos líderes se sienten cara a cara desde el comienzo de la campaña aérea estadounidense contra la República Islámica. Trump frenó los ataques. Teherán, por ahora, frenó la respuesta. Ninguno de los dos se animó todavía a llamar a esto un final.

Netanyahu llega con un temor concreto: que Irán utilice cada minuto de la pausa para reconstruir lo que Israel y Estados Unidos acaban de destruir. Reparar instalaciones. Recuperar capacidad misilística. Reorganizar una estructura de mando golpeada durante la campaña. El primer ministro prevé presentar información de inteligencia sobre esos intentos y utilizarla como argumento central para evitar que la tregua de hecho termine convirtiéndose en una oportunidad para Teherán.

Ahí está la verdadera distancia entre Jerusalén y Washington. No necesariamente en el diagnóstico, porque ambos coinciden en que el programa nuclear iraní continúa siendo una amenaza, sino en qué hacer con esa certeza. Israel quiere garantías de que el peligro no volverá a levantarse. Trump debe decidir cuánto más está dispuesto a prolongar la campaña, qué objetivos quedan en pie y si existe una salida diplomática que pueda presentar como victoria sin ordenar nuevos bombardeos.

La reunión del martes dejará bastante claro si la pausa es apenas eso, una pausa, o el primer paso hacia una salida negociada.

Gaza es el segundo frente, y llega con una decisión ya tomada: el gabinete de seguridad israelí autorizó el ingreso de una fuerza internacional limitada a determinadas zonas de la Franja, en línea con el plan impulsado por Washington para estabilizar el territorio, facilitar la ayuda humanitaria y comenzar a construir una administración civil que no dependa de Hamás.

El problema de fondo sigue intacto: Hamás no se desarmó.

En Jerusalén temen que una fuerza internacional termine funcionando, en los hechos, como un límite para Israel sin tocar un solo fusil de la organización terrorista. Netanyahu necesitará acordar con Trump qué países integrarían esa fuerza, dónde se desplegarían y qué ocurriría si Hamás utiliza la nueva estructura para respirar, reagruparse y recuperar influencia.

Líbano también estará presente. Estados Unidos quiere consolidar lo pactado hasta ahora y reducir la presencia militar israelí en la zona. Jerusalén responde que no existe una retirada sostenible mientras Hezbollah conserve armas, infraestructura y capacidad de reconstruirse junto a la frontera. El desacuerdo puede parecer secundario frente a Irán y Gaza, pero podría pesar tanto como cualquiera de ellos en la conversación.

Siria, Turquía y una eventual ampliación de los Acuerdos de Abraham completan el temario regional. Antes de subir al avión, Netanyahu habló de “ampliar el círculo de paz”, una referencia directa a nuevas normalizaciones. Arabia Saudita sigue siendo el objetivo diplomático más importante, aunque cualquier avance dependerá del futuro de Gaza, de las garantías de seguridad que ofrezca Washington y del desenlace de la confrontación con Irán.

Hay además algo que no figura en ningún comunicado oficial: la relación personal entre Trump y Netanyahu llega con fricciones. En las últimas semanas circularon versiones sobre diferencias respecto del ritmo de la guerra, el momento adecuado para detenerse y el punto que cada uno considera suficiente para hablar de victoria. La alianza no está en riesgo, pero Washington y Jerusalén no siempre miden con la misma vara el tiempo, el peligro y el costo de dejar una amenaza a medio destruir.

Netanyahu llega con un objetivo preciso: impedir que la pausa con Irán se convierta en una ventana de oportunidad para el régimen y asegurar que cualquier arreglo regional preserve la capacidad de Israel para defenderse. Trump, del otro lado de la mesa, deberá decidir si quiere cerrar un capítulo, reabrir la ofensiva o construir un acuerdo más amplio.

Cuando ambos salgan de la Casa Blanca, puede que nada haya cambiado. O puede que la guerra entre, esa misma tarde, en una fase completamente distinta.

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