Medio Oriente

El legado de Graham: su última cumbre

Escrito por Gustavo

Noventa minutos, puertas cerradas, sin conferencia de prensa. Así fue el encuentro entre Trump y Netanyahu el martes en la Oficina Oval, sin la alfombra roja discursiva de otras visitas. Karoline Leavitt habló de una reunión “positiva y productiva”. Trump, telegráfico como siempre, dijo que había sido “muy buena” y que se tocaron “muchos temas importantes”, sin precisar cuáles. Netanyahu no se guardó nada: la calificó como una de las mejores conversaciones que mantuvo con Trump, repitió lo de la “muralla de granito” entre ambos países y agregó, esta vez sin margen para la ambigüedad, que Estados Unidos es el socio principal e Israel el socio menor. La decisión sobre Irán, dijo, le corresponde a Washington.

Que el primer ministro israelí lo diga tan claro no es protocolo. Es cubrirse en dos frentes a la vez: ante el electorado israelí, que votará en octubre, y ante un presidente que no quiere que lo pinten, otra vez, como un títere de Jerusalén.

Sobre la mesa había tres caminos, según el relato que después ofreció un alto funcionario israelí a la prensa: un acuerdo con Teherán, sostener el bloqueo y la presión económica, o reanudar los bombardeos a gran escala. Netanyahu no exigió la tercera opción. Advirtió que los iraníes “siempre mienten, siempre engañan y siempre buscan ganar tiempo”, pero aceptó que Trump probara la vía diplomática, si la presión era suficiente. A Trump lo que más le preocupa no es Irán en abstracto, sino el precio del combustible y el efecto de una guerra larga sobre las elecciones legislativas que tiene encima. Netanyahu le ofreció una salida a mediano plazo: oleoductos que conecten el golfo con el mar Rojo y el Mediterráneo, para que Irán deje de tener ese botón único con el que amenaza al comercio mundial desde Ormuz.

Antes de sentarse hubo un roce que vale anotar. Trump se había mostrado irritado porque trascendió que Netanyahu llegaría con inteligencia sobre Pickaxe Mountain, la instalación subterránea cerca de Natanz. Dijo que ya sabía lo que pasaba ahí adentro y que no necesitaba que nadie se lo explicara. Israel negó después que el viaje tuviera esa finalidad. Quedó flotando algo real: Trump no tolera bien la idea de que Israel use filtraciones para mantenerlo metido en la guerra.

Y entonces Irán hizo lo que mejor sabe hacer: decidir por todos.

Horas después de que Netanyahu se subiera al avión de vuelta, la Guardia Revolucionaria lanzó misiles balísticos contra una base estadounidense en Jordania —Jordania, no Israel, no el golfo genérico—, y la defensa antiaérea jordana interceptó cinco. Casi al mismo tiempo, un ataque iraní golpeó un edificio de una empresa china en el norte de Kuwait y mató a un trabajador. Estados Unidos y Arabia Saudita ya venían de bombardear juntos milicias proiraníes en Irak esa misma jornada. El tablero que en la Oficina Oval todavía parecía abierto a tres bandas se cerró solo en una dirección.

La represalia llegó el miércoles por la noche: dos horas de bombardeo estadounidense contra decenas de blancos de la Guardia Revolucionaria, centros de mando, instalaciones de misiles y drones, defensas costeras. Según reportes que conviene tomar con la cautela habitual cuando la fuente es iraní, murieron al menos tres personas, entre ellas una nena de dos años. Dos petroleros que intentaban cruzar Ormuz con respaldo de aviones estadounidenses dieron media vuelta después de que uno se incendiara. Este jueves, la Guardia Revolucionaria prometió una nueva represalia inmediata. Sería apresurado decir que Netanyahu convenció a Trump de volver a bombardear: el detonante fue el ataque iraní, no la reunión. Pero la reunión había dejado esa puerta entreabierta, y Teherán fue el que decidió cruzarla.

Sobre Gaza y Líbano las versiones no coinciden. Israel sostiene que Trump no presionó por una reconstrucción de Gaza ni por retiros en Siria o el sur libanés, y que ambos gobiernos comparten la idea de que no hay reconstrucción plena sin desmilitarización previa. The Wall Street Journal sostiene otra cosa: que la presión existió, pero fue anterior a la reunión, y que Washington condicionó el propio encuentro a que Israel autorizara una entrada limitada de fuerzas internacionales en Gaza y un repliegue en una zona piloto del sur libanés. Las dos versiones pueden ser ciertas al mismo tiempo. Trump pudo haberse llevado esas concesiones puestas antes de sentarse, sin necesidad de reclamarlas de nuevo delante de cámaras que no estaban.

Netanyahu llevó también un mapa de Siria para mostrar algo que le incomoda: el territorio bajo control turco es unas cincuenta veces más grande que la franja de seguridad que ocupa Israel en el sur. Volvió a oponerse a la venta de F-35 a la Turquía de Erdoğan, a quien describe con aspiraciones otomanas poco disimuladas. Trump no cedió terreno ahí —ya había dejado claro que nadie le dice a Estados Unidos qué armamento puede vender— y esa diferencia sigue intacta. Sobre Arabia Saudita, Netanyahu repitió su desconfianza frente al acuerdo nuclear civil que Washington firmó con Riad, mientras los sauditas siguen atando cualquier normalización a un Estado palestino que el actual gobierno israelí no acepta.

Pero lo más importante de la visita no estaba en la agenda pública. Netanyahu planteó eliminar en diez años los 3.300 millones de dólares anuales de ayuda militar directa estadounidense y reemplazar ese modelo por programas conjuntos de investigación, desarrollo y defensa antimisiles. Entre las propuestas israelíes figura un fondo de unos 16.000 millones de dólares y el estudio de un caza de fabricación propia en ese mismo plazo de diez años. La frase que circuló fue “de la ayuda a la asociación”. Detrás hay un cálculo sin sentimentalismo: el apoyo a Israel se erosiona en los dos partidos estadounidenses, y Jerusalén no quiere que su seguridad dependa del humor con que amanezca el Congreso dentro de una década. No es un divorcio. Es un seguro contra un futuro en el que Washington ya no sea tan previsible.

Y ahí aparece la escena que probablemente quede grabada más que cualquier comunicado. Antes del funeral del senador Lindsey Graham en la Catedral Nacional de Washington, Netanyahu y Zelensky se cruzaron y hablaron unos minutos. Las cámaras los agarraron primero serios, después sonrientes durante el saludo, la primera vez que se veían en persona desde 2023, después de años de una relación tensa por la cautela israelí frente a Rusia y la negativa a entregarle a Ucrania ciertos sistemas de defensa. No hubo reunión formal ni comunicado. Algunas fuentes dicen que hablaron de drones FPV, un tema que conecta a los dos países por la peor vía posible: Rusia emplea tecnología iraní para atacar Ucrania, mientras Hezbollah usa drones contra Israel. Es un trascendido verosímil, no un hecho cerrado, y conviene tratarlo así.

Graham pasó buena parte de su carrera defendiendo a Israel y a Ucrania al mismo tiempo, sin que ninguno de los dos gobiernos hiciera demasiado esfuerzo por acercarse entre sí. Terminó logrando en su propio funeral lo que no logró en vida: sentar cerca a los dos líderes que encarnan esas guerras, con Trump decidiendo sobre ambas sin haber resuelto ninguna.

Netanyahu viajó a Washington para que la pausa no se convirtiera en un premio para Irán. No volvió con una promesa firmada, pero volvió con las tres opciones todavía abiertas. Fue Teherán el que, unas horas después, decidió cuál de ellas se activaría primero

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