Américas

El alcalde que combate el incendio después de repartir los fósforos

Escrito por Gustavo

El jueves, a plena luz del día y cerca de una sinagoga del Upper West Side, un hombre judío de 50 años fue herido en el pecho con un destornillador. Minutos antes, el mismo agresor había apuñalado por la espalda a un hombre asiático, a pocas cuadras. Testigos y la Policía coinciden en algo que no admite demasiada ambigüedad: gritó “Allahu Akbar” mientras atacaba. Las dos víctimas sobrevivieron. El acusado, Raul Morales, de 51 años, enfrenta cargos por tentativa de homicidio y delitos de odio.

Eso es lo que dice el parte policial. Lo que vino después fue puro Zohran Mamdani.

El domingo, miembros de la comunidad judía de Nueva York y sus aliados se reunieron en la calle, convocados por End Jew Hatred. Le pusieron a la marcha un nombre cauteloso, “United Against Hate”, pero la consigna que corearon fue bastante menos diplomática: “Fuera Mamdani”. Nadie estaba pidiendo otro comunicado, una mesa de diálogo ni una comisión que dentro de dieciocho meses explique por qué hay judíos apuñalados a metros de sus sinagogas. Pedían la renuncia del alcalde, lisa y llanamente.

Mamdani, por supuesto, condenó el ataque. Dijo que la violencia y el odio no tienen lugar en Nueva York, una frase que probablemente ya tenga guardada en algún archivo de comunicados de prensa, lista para reciclar.

Y acá está el mecanismo, que Mamdani conoce mejor que nadie: primero se demoniza a Israel. Después se convierte a quienes lo defienden en sospechosos, agentes de un poder extranjero, cómplices, miembros de organizaciones que hay que vigilar. Se apunta a AIPAC. Netanyahu se transforma en obsesión. Los relatos que fabrica Hamás se repiten como si fueran boletines humanitarios. Y cuando finalmente atacan a un judío en la calle, aparece el comunicado solemne sobre lo que Nueva York significa para todos sus habitantes.

Ya contamos, en la entrega anterior de esta historia, cómo el alcalde hizo desde su despacho el trabajo que le correspondía a la propaganda de Hamás: difundió como víctima inocente a un camarógrafo vinculado con la organización terrorista, sin que le importaran los documentos que desmentían esa versión tan conveniente. El problema nunca fue solamente lo que Mamdani piensa sobre Israel. Es que utilizó el poder institucional de la ciudad para blanquear la narrativa de quienes asesinaron, violaron y secuestraron judíos el 7 de octubre.

Este capítulo lleva esa historia de Gaza a Manhattan.

Nadie puede probar que Mamdani ordenó, deseó o causó este ataque. Tampoco hace falta esa prueba para que exista responsabilidad política. Un alcalde construye el clima de su ciudad con los enemigos que elige señalar, las acusaciones que legitima, las organizaciones que desprestigia y los silencios que administra con cuidado. Mamdani lleva buena parte de su carrera convirtiendo a Israel en el culpable universal y a quienes lo defienden en sospechosos permanentes. Ahora se para frente a las cámaras a representar al espectador horrorizado ante las consecuencias de un odio que él mismo ayudó, durante años, a volver respetable.

La víctima, Moshe Yezhak Grunhaus, se había marchado recientemente de Nueva York rumbo a Florida. Según personas cercanas citadas por la prensa local, entre sus razones estaban el antisemitismo creciente y el clima político bajo Mamdani. Había regresado solamente para buscar sus pertenencias. Terminó internado después de ser atacado cerca de una sinagoga.

Cuesta imaginar una imagen más exacta del resultado de esta gestión: un judío se va porque ya no se siente seguro en su propia ciudad, vuelve por sus cosas y casi lo matan.

Quienes salieron a pedir la renuncia del alcalde no necesitaron esperar ningún estudio académico sobre el tono del discurso público. Entendieron algo bastante más simple: cuando quien gobierna la ciudad dedica su autoridad a desacreditar sistemáticamente al Estado judío y a quienes lo apoyan, el mensaje no se queda encerrado en una conferencia de prensa. Baja a las universidades. Circula entre los grupos militantes. Se multiplica en las redes. Y en algún momento llega a la calle con un destornillador.

Mamdani seguirá insistiendo en que solamente critica al Gobierno de Israel. Es la coartada de siempre. Pero sus ataques contra AIPAC, su negativa a tratar el antisemitismo con los mismos criterios que aplica a cualquier otra forma de odio y su disposición a repetir propaganda de Hamás como si fuera información verificada muestran algo mucho menos quirúrgico que una crítica política. Su gestión produce una ciudad donde muchos judíos sienten que deben explicar quiénes son, justificar su vínculo con Israel y agradecer que el alcalde condene un apuñalamiento después de haber pasado meses señalándolos como el problema.

Puede ser que Mamdani crea que gobernar consiste en elegir cuidadosamente qué víctimas merecen contexto y cuáles merecen solidaridad automática. Puede ser que piense que puede alimentar una campaña contra Israel de lunes a sábado y presentarse el domingo como protector de los judíos de su ciudad. A juzgar por lo que se vio en el Upper West Side, esa cuenta ya no le está cerrando a nadie.

La historia todavía no termina. Mamdani seguirá escribiendo sus propios capítulos con discursos, decisiones y comunicados. A nosotros solo nos queda una tarea: llevar la cuenta. Porque el problema de repartir fósforos durante meses es que, cuando finalmente aparece el incendio, resulta difícil posar para la fotografía vestido de bombero.

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