Medio Oriente

Que termine el circo: una guerra no se negocia por metro cuadrado

Escrito por Gustavo

El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos inició la Operación Epic Fury contra Irán por orden de la Casa Blanca. El Comando Central de Estados Unidos (CENTCOM) anunció que atacaría el aparato de seguridad del régimen, con prioridad sobre los centros de mando de la Guardia Revolucionaria, las defensas aéreas, los lanzadores de misiles y drones y los aeródromos militares.

Seis días después, el 6 de marzo, Donald Trump escribió en Truth Social que no habría acuerdo con Irán salvo su rendición incondicional.

Estamos esperando que cumpla con su palabra.

Trump pasó buena parte de su vida negociando propiedades: presionar, retirarse, regresar con otra oferta y esperar que el tiempo cambie el precio. Ese método puede servir con un edificio. En una guerra, el precio lo pagan quienes combaten.

La ofensiva era necesaria. La República Islámica no considera a Israel y Estados Unidos simples rivales geopolíticos. Los presenta como el “Pequeño Satán” y el “Gran Satán”, promete la desaparición del Estado judío y sostiene una doctrina revolucionaria que excede las fronteras iraníes.

Ali Khamenei definió como meta la construcción de una “nueva civilización islámica” para la humanidad, opuesta a un Occidente que describe como materialista y extraviado. Aclara que no se trataría de conquistar territorios por la fuerza, pero proclama que ha llegado “el turno del Islam” y que los musulmanes deben fundar un orden civilizatorio diferente.

La ambición está expresada con suficiente claridad: destruir a Israel, derrotar a Estados Unidos y extender una concepción político-religiosa incompatible con la sociedad occidental tal como la conocemos. Los misiles, los drones, el terrorismo y el programa nuclear son los instrumentos de esa doctrina.

Cuando Historia y Noticias habla de destruir, no habla de destruir Irán ni de castigar a su población. Habla de destruir al régimen iraní como potencia agresora: su Guardia Revolucionaria, su infraestructura nuclear militar, sus fábricas de misiles y drones, su capacidad naval y las redes terroristas con las que rodea a Israel.

Sostenemos esta posición desde hace tiempo porque de la rendición del régimen puede depender la existencia del Estado de Israel. No es una partida de póquer, una operación inmobiliaria ni una oportunidad para que Trump represente otra escena de negociador implacable.

Por eso la comparación con la Segunda Guerra Mundial es lógica. Los Aliados no iniciaron la guerra contra la Alemania nazi para negociar un arsenal reducido ni concederle una pausa que le permitiera recomponerse. La guerra terminó cuando Alemania firmó su rendición incondicional.

Trump también debe resolver su contradicción nuclear. En 2018 retiró a Estados Unidos del acuerdo firmado durante la presidencia de Barack Obama. Lo denunció porque imponía restricciones temporales, preservaba capacidades iraníes y no eliminaba la posibilidad de que el régimen volviera al umbral nuclear. Tenía razón.

Ahora volvió a negociar con Teherán. En junio firmó un memorando y anunció un acuerdo que, según la Casa Blanca, impediría que Irán obtuviera un arma nuclear. Ese entendimiento dejó abiertos asuntos decisivos y la tregua terminó deshaciéndose entre acusaciones, ataques y nuevas conversaciones.

No debe existir otro acuerdo nuclear. El programa iraní no necesita nuevos plazos, promesas, excepciones ni inspectores persiguiendo instalaciones ocultas. Debe ser desmantelado por completo.

Trump también debe exigir a Qatar, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos que hagan despegar sus aviones. Ceder bases es útil, pero insuficiente. La guerra necesita poder ofensivo, no solamente pistas disponibles.

Un avión israelí puede necesitar casi dos horas para alcanzar territorio iraní. Desde el este de Arabia Saudita, el vuelo hasta la costa iraní ronda los veinte minutos. Mientras el avión israelí todavía se dirige hacia su objetivo, el saudita podría haber ido y regresado.

Israel debe continuar aportando su fuerza aérea. Pero resulta absurdo que países mucho más próximos, directamente amenazados y equipados con armamento occidental mantengan sus cazas en los hangares mientras estadounidenses e israelíes combaten también por su seguridad.

Mientras Qatar, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos no utilicen su fuerza ofensiva contra el régimen, se comportarán más como socios cautelosos de Irán que como aliados de Estados Unidos.

Trump intimida a la Organización del Tratado del Atlántico Norte, exige dinero y compromiso a Europa y presume de que nadie se atreve a tomarle el pelo. Sin embargo, las monarquías del Golfo le ofrecen sus bases, guardan sus propios aviones y reciben agradecimientos por la colaboración. Para el hombre que aparece maquillado de payaso en nuestra portada, la escena tiene una ironía bastante poco sutil.

A mediados de julio, la guerra continúa. CENTCOM informó nuevas oleadas de ataques durante los días 7, 8, 11 y 12, mientras Trump aceptaba reanudar conversaciones con Teherán pese a declarar terminada la tregua.

Irán no es un edificio de Manhattan. Los soldados no son metros cuadrados y las pausas no pueden convertirse en oportunidades para que el régimen repare lo destruido y vuelva a cargar sus armas.

El 6 de marzo Trump fijó el desenlace: rendición incondicional.

La única victoria es la rendición incondicional. Todo lo demás es el fracaso de Donald Trump.

.

Acerca del Autor

Gustavo

Deje un comentario