Hay una diferencia que en Occidente se perdió: la que separa ver una película de guerra de estar adentro de una. En el cine hay guion, hay edición, hay un villano con cara reconocible y una resolución en dos horas. En la vida real la guerra es gente que muere, edificios que caen, civiles atrapados entre dos fuegos que no eligieron. Ojalá no existieran las guerras. Ojalá ninguna madre tuviera que enterrar a un hijo por una decisión que no tomó ella. Pero mientras discutimos frases hechas, las madres palestinas y las madres judías siguen llorando a sus hijos —cada una a su manera— y ese dolor es real de los dos lados. Lo que no es real es pretender juzgar una guerra con las reglas de una sobremesa.
Israel no eligió esta guerra. El 7 de octubre se la impusieron, y desde entonces enfrenta algo que ningún ejército del planeta resuelve sin víctimas: bajo Gaza hay una red de túneles que, según reconoció el propio Hamás, supera los 500 kilómetros —más que el subte de Manhattan, la ciudad que mueve a millones de personas por día. Esa red no se construyó para proteger civiles. Se construyó con materiales de la ayuda internacional, con una sola función: mover secuestrados, esconder combatientes, trasladar armas desde la frontera con Egipto hasta la frontera con Israel. No existe manera de desarmar eso sin destruir lo que tiene encima. El 80% de Gaza quedó en ruinas no porque alguien quisiera arrasar una ciudad, sino porque la ciudad era, literalmente, el techo de un sistema de guerra subterráneo.

Ahora la parte que a nadie le interesa explicar bien: un crimen de guerra y un genocidio no se diferencian en cantidad. Se diferencian en naturaleza. En toda guerra —todas, sin excepción— hay soldados que cruzan la línea. Conozco a algunos que vieron morir a un amigo al lado suyo y, en shock, se pararon y dispararon hacia donde vino la bala hasta vaciar el cargador. Pasa en el ejército israelí, en el ucraniano, en el iraní, en el ruso, en el estadounidense, en el turco. En ese segundo el uniforme no importa: queda un ser humano roto que perdió el control. No digo que esté bien. Trato de entender qué le pasa por la cabeza a alguien en ese instante, porque sin entenderlo es imposible saber qué es lo que hay que combatir de verdad.
Un crimen de guerra empieza a acercarse al genocidio recién cuando deja de ser el colapso de una persona y pasa a ser la planificación de varias. Y ahí el ejército israelí tiene algo que lo vuelve distinto: es de reclutamiento obligatorio, formado por su propio pueblo, de izquierda, de centro y de derecha. No es una milicia ideológica entrenada para odiar. Eso no hace imposible que un grupo coordine un crimen —pasó, pasa, va a seguir pasando en cualquier guerra— pero lo hace mucho más difícil de organizar y casi imposible de tapar. Cuando aparece, hay consejo de guerra. Hay prisión. Compará eso con lo que pasa en un aparato genocida de verdad, donde el crimen no se castiga: se planifica desde arriba y se felicita desde arriba.

Y después está la frase que más se repite fuera de contexto: “en Gaza no hay inocentes”. Quien la escucha y piensa en un bebé recién nacido está leyendo con la peor fe posible, o directamente no quiere entender. La frase habla de una sociedad donde clérigos identificados, con nombre y con cámara —el jeque Muhammad Ayed lo dijo sin metáfora en la mezquita de Al-Aqsa, en septiembre de 2015— llevan años predicando que el vientre de una mujer es un arma de conquista, y donde parir un hijo para convertirlo en mártir se enseña como un valor. Eso no convierte a un recién nacido en un objetivo legítimo. Pero sí explica por qué exigirle a Israel una guerra “proporcional” en el sentido literal del término —mil doscientos muertos israelíes, mil doscientos muertos palestinos, como si la vida se pesara en una balanza de almacén— es una trampa moral vieja y bastante sucia.
Y hay un dato que debería cerrar la discusión sobre las intenciones de Israel: la mayoría de los israelíes no quiere Gaza. No la quiere ocupar, no la quiere administrar, no la quiere. Salvo un sector de la derecha que no me representa ni representa al grueso de esa sociedad, lo que se busca es terminar la amenaza y volver a casa. Un país que persigue un genocidio no arma sus planes de guerra alrededor de la idea de irse.

