Hay una escena que en Nueva York ya no sorprende a nadie. Mañana, cuando Benjamin Netanyahu se acerque al atril de la Asamblea General de las Naciones Unidas, lo primero que se va a oír es el ruido de las sillas. Después vendrá el murmullo en los pasillos. Delegaciones enteras se van a poner de pie y caminar hacia la puerta antes de que el primer ministro de Israel haya dicho una sola palabra. Algunos lo harán con cara de circunstancia. Otros, con la satisfacción apenas disimulada de quien sabe que hay cámaras apuntando.
El año pasado fueron 77. Las agencias lo contaron como lo cuentan siempre: aislamiento, repudio, la comunidad internacional dándole la espalda a Israel. Es una lectura cómoda, y es falsa. Para comprobarlo no hace falta ninguna teoría. Basta con leer la lista de los que se levantaron.
De esos 77 países, apenas una docena son democracias. Lo que abunda son monarquías absolutas, teocracias, regímenes de partido único, gobiernos donde la palabra oposición se dice en voz baja porque nombra a alguien que está preso, exiliado o bajo tierra. Esa es la comunidad internacional que abandona la sala. Presentarla como la conciencia moral del mundo requiere cierto sentido del humor.

Conviene hacer una distinción, porque los que aplauden el portazo prefieren borrarla. Irse de una sala no es, en sí mismo, un gesto autoritario. Las democracias lo han hecho. Cuando Mahmud Ahmadineyad usaba ese mismo estrado para poner en duda el Holocausto o insinuar que el 11 de septiembre había sido un montaje, varias delegaciones occidentales se levantaron mientras hablaba, cuando lo oyeron decirlo. Reaccionaban a algo que se había dicho. Lo de mañana es otra cosa. Es irse antes. Es decidir que el otro no tiene nada que decir sin haberlo dejado hablar.
Y eso tiene una explicación bastante sencilla. Un gobierno que cierra diarios en su capital y encarcela a los que protestan en la plaza no desarrolla, en el vuelo a Nueva York, la paciencia de escuchar a un adversario. En Teherán o en La Habana no se discute con el que piensa distinto: se lo silencia, y cuando no se lo puede silenciar se le da la espalda. La intolerancia no se improvisa en la ONU. Viene en la valija diplomática.

De los tiranos no cabía esperar otra cosa. Más difícil de entender es el puñado de gobiernos democráticos que se suma a la fila. Cada uno tendrá su cálculo: una base militante que pide gestos, una coalición que hay que cuidar, el deseo de quedar bien con alguien. Ninguno de esos cálculos cambia lo que el gesto enseña, que al adversario no se lo refuta, se lo deja hablando solo. Es exactamente la lección que las dictaduras llevan décadas aplicando puertas adentro, y resulta un poco triste verla adoptada por quienes tienen parlamentos, prensa libre y elecciones que se pueden perder.
La Asamblea General se fundó sobre una idea casi ingenua: que era preferible que los Estados discutieran en una sala antes que en un campo de batalla. Una sala que se vacía cada vez que sube al estrado alguien incómodo ya renunció a esa idea, aunque siga teniendo el mismo nombre en la puerta.
Mañana van a volver a salir en fila. Netanyahu va a hablar igual, frente a la sala que quede. Los que se van no le quitan la palabra a nadie. Solo renuncian a la suya.

