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Respeto, convicción y libertad: el gesto de Lacalle Herrera y Bordaberry frente al Papa

Por Atlántico Pacífico / Opinión y Perspectiva Histórica

El saludo del expresidente Luis Alberto Lacalle Herrera y del senador Pedro Bordaberry al papa León XIV —inclinándose con deferencia para besar el Anillo del Pescador— provocó de inmediato el reproche de sectores habituados a erigirse en tribunales morales de la vida pública. Sin embargo, su actitud no solo no vulnera la tradición uruguaya, sino que la enaltece desde su faceta más auténtica: la de la libertad de conciencia, la hidalguía cívica y el apego al verdadero mandato de la Carta Magna.

Quienes pretendieron convertir un saludo protocolar en una afrenta institucional demuestran un llamativo desconocimiento —o una interesada omisión— de la propia historia constitucional de la República. La separación de la Iglesia y el Estado, acordada en la reforma constitucional de 1917 e inaugurada en 1919, no instituyó un jacobinismo de Estado ni impuso una censura sobre las expresiones religiosas o espirituales de sus ciudadanos. El Artículo 5° de la Constitución es terminante al proclamar:

«Todos los cultos religiosos son libres en el Uruguay. El Estado no sostiene religión alguna…»

El constituyente de 1918 fue inequívoco: lo que el Estado no puede hacer es financiar una fe específica, instituir un dogma oficial ni discriminar en función de creencias. La fórmula «no sostiene» alude a la neutralidad presupuestaria y a la desvinculación jurídica entre el poder temporal y el eclesiástico, jamás al silenciamiento coercitivo de las convicciones en el espacio público.

Pretender que se prohíbe a una personalidad pública exteriorizar un gesto de respeto espiritual confunde de raíz la neutralidad del Estado con la anulación de la persona. El Estado uruguayo es aconfesional, pero no es antirreligioso ni totalitario. Ni Lacalle Herrera ni Bordaberry comprometieron las arcas públicas ni legislaron en nombre de dogma alguno; ejercieron, en el marco de su fuero íntimo y como hombres libres, la libertad de culto que la propia Carta garantiza a todos los habitantes de la República sin excepción de investidura previa o actual.

Resulta reveladora la paradoja de ciertos sectores que, autoproclamándose defensores de la tolerancia y el pluralismo, adoptan un reflejo inquisitorial cada vez que alguien no se somete a su molde ideológico. Su noción de laicidad no es integradora, sino excluyente: un laicismo militante que exige una asfixiante impostura cívica, donde el hombre público debe actuar como una figura aséptica, despojada de historia, valores y afectos.

Esa pretensión de censurar el saludo reverencial al pontífice confunde intencionadamente la función institucional con la libertad personal. Un exjefe de Estado —que además se ha llamado a cuarteles de invierno desde hace años— y un parlamentario en actividad no renuncian a sus derechos civiles y constitucionales. Exigirles frialdad protocolar artificial o indiferencia forzada ante quien representa la guía espiritual de millones de personas y la jefatura de un Estado soberano con el que Uruguay mantiene lazos históricos es una forma solapada de intolerancia ideológica.

En un tiempo dominado por la corrección política y la timidez del cálculo electoral, donde muchos miden cada gesto mirando de reojo las redes sociales, la actitud de Lacalle Herrera y Bordaberry cobra un valor singular: el de la autenticidad. Actuaron sin complejos, con la naturalidad de quienes no precisan pedir permiso para ser educados ni esconder su fe para parecer republicanos. Besar el Anillo del Pescador es una milenaria señal de deferencia y cortesía espiritual que no resta un ápice de dignidad a quien la brinda; al contrario, demuestra señorío y grandeza de espíritu al priorizar el respeto sincero sobre la conveniencia efímera.

El Uruguay democrático y maduro no se sostiene en el resentimiento ni en la homogeneización forzada de sus ciudadanos. Se apoya en la convivencia pacífica de las diferencias, donde la laicidad es el escudo que nos protege a todos y no la espada con la que algunos intentan cercenar la libertad ajena.

Frente al dogmatismo censor, a la crítica ideológica militante sin fundamento alguno, Lacalle Herrera y Bordaberry recordaron una verdad elemental que honra las mejores tradiciones del país: en el Uruguay libre del Artículo 5°, la lealtad a la República jamás ha exigido renunciar a las convicciones, a la educación ni al respeto.

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Atlántico Pacífico

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