En 1973, en plena Guerra de Yom Kipur, Golda Meir recibió en su casa a Henry Kissinger. Le preparó un borsch. Lo trató como a un igual. Y cuando el Secretario de Estado le explicó el orden de sus lealtades — “primero soy americano, después secretario de Estado, y por último judío” — ella no se inmutó. Lo miró y le respondió con esa calidad que solo tienen los grandes: “De acuerdo. Pero no olvides que en Israel leemos de derecha a izquierda.”
En esa frase corta estaba todo. La dignidad de un pueblo. La inteligencia de una líder. Y la claridad de alguien que sabe exactamente con quién está hablando y exactamente qué está en juego.
Hoy, cincuenta años después, Israel vuelve a negociar su futuro con Washington. Pero del otro lado de la mesa ya no está Kissinger.

Los que no saben hacer el trabajo del otro
Hay oficios que requieren años de formación, vocación y práctica. El personal que descontamina un quirófano antes de una operación no necesita haber estudiado en Harvard. Pero si no hace su trabajo con precisión absoluta — si deja un milímetro de superficie sin esterilizar, si omite un protocolo, si apura el proceso — el mejor cirujano del mundo opera en un campo contaminado y el paciente muere de una infección que no tenía nada que ver con la enfermedad que lo llevó a la sala. El cirujano, por su parte, puede salvar vidas que nadie más podría salvar. Pero no sabe descontaminar un quirófano. Y el agente inmobiliario que compra un metro cuadrado en Manhattan a cien dólares y lo vende a diez mil tiene un talento real, concreto, difícil de replicar. Pero tampoco sabe hacer ninguna de las dos cosas anteriores.
Cada uno en su lugar es la condición del éxito. Y cuando alguien ocupa el lugar equivocado, no falla solo él. Falla el sistema. Y muere el paciente.
Eso, en esencia, es el equipo diplomático que Donald Trump desplegó para negociar el acuerdo con Irán que puede definir la supervivencia del Estado de Israel. Jared Kushner. Steve Witkoff. Dos hombres del mundo inmobiliario de Nueva York. Dos judíos. Dos amigos personales de Trump sin cargo formal en el gobierno, sin confirmación del Senado, sin rendición de cuentas ante ninguna institución. Dos hombres con fortunas construidas, en parte, sobre dinero del Golfo Pérsico. Sentados a negociar con Irán el acuerdo que decidirá si ese país puede o no puede seguir siendo la amenaza existencial número uno para el Estado judío.
Es como salir a jugar un partido de fútbol americano con jugadores de golf. Saben lo que hacen. Pero no en esa cancha.
Kushner: el yerno, el judío, el socio de Qatar
Jared Kushner nació en Nueva Jersey en 1981. Es hijo de Charles Kushner, magnate inmobiliario, y está casado con Ivanka Trump desde 2009. Durante el primer mandato de su suegro fue asesor senior de la Casa Blanca y uno de los arquitectos de los Acuerdos de Abraham, el mayor avance en normalización árabe-israelí en décadas. En Israel fue celebrado. En Qatar, en Arabia Saudita, en los Emiratos, también.
Al salir de la Casa Blanca en 2021 fundó Affinity Partners, una firma de capital privado con sede en Miami. La fuente principal de su capital no tardó en revelarse: el fondo soberano saudí, el Public Investment Fund dirigido por el príncipe heredero Mohammed bin Salman, colocó dos mil millones de dólares en la firma. Los analistas del propio fondo saudí recomendaron no hacer la inversión. MBS los ignoró. Poco después, Qatar y el fondo emiratí Lunate sumaron mil quinientos millones adicionales. En total, Kushner construyó un fondo de inversión de casi cinco mil millones de dólares financiado casi en su totalidad por los gobiernos del Golfo Pérsico.
No tiene cargo formal en la administración Trump. No fue confirmado por el Senado. No rinde cuentas ante el Congreso. Negocia como voluntario, según la Casa Blanca.
En abril de 2026, el congresista demócrata Jamie Raskin lanzó una investigación formal y le formuló a Kushner la pregunta que nadie en el gobierno se atrevía a hacer en voz alta: “¿A quién le deben sus obligaciones profesionales y fiduciarias? ¿A Arabia Saudita, su mayor cliente? ¿O al pueblo americano?” La pregunta quedó sin respuesta pública.
Durante las negociaciones con Irán, los medios israelíes más cercanos al gobierno de Netanyahu lo acusaron, junto a Witkoff, de actuar bajo presión qatarí. De haber negociado un memorándum de entendimiento que no cumple ninguna de las cuatro exigencias que el propio Netanyahu había puesto sobre la mesa: remoción del uranio enriquecido, desmantelamiento de la infraestructura de enriquecimiento, limitación de misiles, y cese del apoyo a Hamas y Hezbollah. Un conductor de televisión israelí del canal 14, alineado con Netanyahu, llamó a Kushner y a Witkoff “los que vendieron a sus hermanos en Israel.”
Así termina la historia del arquitecto de los Acuerdos de Abraham.

Witkoff: el amigo del sándwich
Steve Witkoff nació en el Bronx en 1957. Es judío, es millonario, y conoció a Donald Trump en los años ochenta cuando era abogado inmobiliario y Trump era cliente de su estudio. La leyenda dice que un día fueron juntos a un deli de Nueva York y Trump no tenía efectivo. Witkoff le pagó un sándwich de jamón y queso suizo. Trump no olvidó el gesto. Cuatro décadas después, Witkoff es el Enviado Especial para Medio Oriente de la administración más poderosa del mundo.
Está, literalmente, en la silla donde estuvo Kissinger.
Un diplomático israelí que lo conoció lo describió con precisión quirúrgica en declaraciones a Haaretz: “Witkoff no es diplomático. No habla como diplomático, no tiene ningún interés en los modales diplomáticos ni en los protocolos. Es un hombre de negocios que quiere cerrar un trato rápidamente y arroja todo de manera inusualmente agresiva.”
Eso, para una negociación inmobiliaria en Manhattan, es una virtud. Para una negociación sobre el programa nuclear iraní, es otra cosa.
Sus vínculos con Qatar son directos y documentados. Durante el primer mandato de Trump, Witkoff recibió financiamiento de intereses qatarís. En 2023, la Autoridad de Inversión de Qatar adquirió el Hotel Park Lane en Manhattan, que hasta entonces era propiedad del Witkoff Group. Qatar es socio inmobiliario de Witkoff. Y Qatar es el país que actúa como mediador clave en las negociaciones con Irán. Y Qatar es el país que históricamente financió a Hamas.
Witkoff no responde ante nadie más que Trump. Sin confirmación del Senado. Sin audiencias en el Congreso. Sin nada. Cuando la propuesta del fondo de trescientos mil millones de dólares para la reconstrucción de Irán apareció en las negociaciones, fue Witkoff quien la impulsó junto a Kushner. Un fondo de esa magnitud, destinado a la reconstrucción de un país devastado, requeriría intermediarios financieros, gestores de inversión, desarrolladores inmobiliarios. El conflicto de interés no requiere imaginación para detectarlo.
La General License X: el regalo sin garantías
El 22 de junio de 2026, el Departamento del Tesoro de Estados Unidos emitió lo que se conoce como la General License X. En términos técnicos, es una exención de sesenta días que autoriza a Irán a producir y vender petróleo crudo, productos petroquímicos y derivados en dólares estadounidenses hasta el 21 de agosto. En términos reales, es la mayor apertura económica que Occidente le ha dado al régimen de los ayatolás desde los años noventa.
La licencia no contiene ningún mecanismo de control sobre el uso de los fondos. Ninguna restricción. Ningún límite al volumen de ventas. Ningún requisito de reporte que permita al Congreso saber quién compra, cómo se paga, qué bancos intermedian. El Tesoro de Estados Unidos reconoció que la medida exime a entidades iraníes, incluyendo su banco central, no solo de las sanciones vinculadas al programa nuclear, sino también de las sanciones por actividades terroristas.
Un ex funcionario del Tesoro estimó que la licencia puede desbloquear entre ocho mil y nueve mil millones de dólares en ingresos para Irán en apenas sesenta días. El propio Departamento del Tesoro había advertido, menos de un mes antes de emitir la licencia, que las ventas de petróleo iraní financian la capacidad del régimen de reconstruir sus fuerzas armadas y representan una amenaza continua para Estados Unidos y sus socios en la región.
Un mes después, firmó la exención.
A cambio de qué. De que Irán prometió mantener abierto el estrecho de Ormuz y dejar que los inspectores del OIEA vuelvan a visitar sus instalaciones. Pero Irán aclaró al día siguiente, cuando Vance ya lo había anunciado como un logro, que no había hecho ningún compromiso nuevo respecto a las inspecciones nucleares. Trump respondió por redes sociales que sin ese acuerdo “no habrá más negociaciones.” Irán respondió que sus decisiones de importación se basan en “precios y calidad”, no en lo que Washington quiera. El memorándum tiene dos partes que no leen lo mismo.
El Pentágono, mientras tanto, le comunicó al Congreso que necesita aproximadamente ochenta mil millones de dólares para cubrir el costo de la guerra contra Irán. Una cifra que triplica la estimación que el propio secretario de Defensa Pete Hegseth había dado al Congreso apenas un mes antes. Estados Unidos gastó decenas de miles de millones en la guerra. Y ahora le entrega a Irán el acceso al dólar sin garantías nucleares reales.

Vance en Suiza: la foto para 2028
Mientras todo esto ocurría, el vicepresidente JD Vance viajó al resort de Bürgenstock, en Suiza, para presidir las negociaciones. Lo acompañaban Witkoff y Kushner. Del lado iraní, el canciller Abbas Araghchi y el presidente del parlamento Mohammad Bagher Qalibaf. Como mediadores, Qatar y Pakistán.
Israel no fue invitada. Netanyahu se enteró de los detalles del memorándum por los medios. Un funcionario israelí confirmó a NBC News que el gobierno israelí no había recibido el texto del acuerdo al momento de su anuncio. Horas después, cuando Trump dijo públicamente que le había enviado una copia, la misma fuente israelí confirmó que seguían sin tenerlo.
Vance habló en rueda de prensa al concluir las conversaciones con la seguridad de quien ya tiene el discurso escrito para otro auditorio: “Esto está sentando las bases para lo que podría ser un Medio Oriente verdaderamente transformado. Pero todavía no hemos construido la casa.” Una frase diseñada para los libros de historia. Para el currículum de un candidato presidencial.
Porque eso es exactamente lo que Vance es, aunque públicamente lo niegue. En febrero de 2026, las encuestas de Emerson College lo mostraban con 52% de apoyo entre los votantes republicanos para la primaria de 2028, con Marco Rubio en apenas 20%. En mayo, después de meses de protagonismo en la negociación con Irán, Vance había caído al 36% y Rubio lo alcanzaba con el 35%. La ventaja que parecía inexpugnable se había evaporado. La negociación que debía ser su trampolín se convirtió en su problema: los sectores más conservadores del partido no aprueban un acuerdo que perciben como una capitulación.
El analista israelí Shlomo Shamir, columnista del diario Maariv y veterano corresponsal en Washington, fue más lejos en un análisis reciente: según una fuente que describió como un comentarista senior de la capital norteamericana, Trump “sueña con una visita oficial a Teherán” que le garantizaría el Premio Nobel de la Paz. Es un análisis basado en una fuente anónima, y como tal debe ser tomado. Pero la lógica que lo sustenta no necesita fuentes secretas: Trump cruzó la línea de demarcación hacia Corea del Norte en 2019 para la foto. Bajar del Air Force One en Teherán sería la foto del siglo. Y Vance, como arquitecto del acuerdo, se llevaría parte del crédito.
El problema, como con todo en esta historia, es quién paga el precio de la foto.
El Congreso dice basta. Nadie lo escucha.
El 23 de junio de 2026, el Senado de Estados Unidos aprobó por 50 votos a 48 una resolución que exige a Trump obtener autorización del Congreso antes de emprender cualquier nueva acción militar contra Irán. Fue la primera vez en la historia que una resolución de poderes de guerra pasó exitosamente por ambas cámaras. Fue también el décimo intento del año.
Cuatro senadores republicanos cruzaron las líneas partidarias para votar con los demócratas. Rand Paul, de Kentucky, libertario por convicción y opositor histórico a cualquier guerra sin aval legislativo. Susan Collins, de Maine, y Lisa Murkowski, de Alaska, las dos moderadas del partido que llevan años votando con independencia cuando la situación lo exige. Y Bill Cassidy, de Louisiana, médico de profesión, senador de dos períodos, uno de los siete republicanos que votaron condenar a Trump tras el 6 de enero de 2021. En mayo de 2026, Trump respaldó a su rival en las primarias y escribió en Truth Social que “su carrera política terminó.” Cassidy no tenía nada que perder. Y votó en consecuencia, declarando que el Pentágono había “dejado al Congreso en la oscuridad” sobre las operaciones militares en Irán.
La resolución es simbólica en términos legales: no va al escritorio de Trump, no tiene fuerza vinculante. Pero su significado político es de otro orden. El propio partido de Trump, en ambas cámaras del Congreso, le está diciendo en voz alta que la guerra con Irán agotó su paciencia y su legitimidad. Que la próxima vez necesitará permiso. Que hay un límite, aunque hoy ese límite solo exista en papel.
Trump respondió como Trump responde. Arremetió contra los cuatro senadores y advirtió: “Lo voy a hacer de una manera u otra.”

Rubio: el político real que no puede hablar
En ese ecosistema, hay un hombre que lo entiende todo y no puede decir nada.
Marco Rubio es Secretario de Estado. Es el único político de carrera en el núcleo duro de esta negociación. El único con formación real en política exterior, con años de trabajo legislativo en temas de seguridad nacional, con un historial documentado como halcón respecto a Irán que se remonta a más de una década. Cuando comenzaron las conversaciones con Teherán, Rubio fue el primero en advertir que “no estaba seguro de que se pueda llegar a un acuerdo con esta gente.” Meses después firmó el comunicado que celebraba el memorándum.
En marzo de 2026 cometió el único desliz de honestidad de toda esta historia. Ante el Congreso, dijo que Washington “sabía que habría una acción israelí” contra Irán, que eso “precipitaría un ataque contra las fuerzas norteamericanas”, y que por eso actuaron preventivamente. La derecha más dura de MAGA estalló. Lo acusaron de haber confirmado que la guerra fue por Israel. Rubio intentó matizar. El daño estaba hecho.
Desde entonces, silencio estratégico. Rubio trabajó para mantener el conflicto con Irán y el conflicto Israel-Hezbollah en Líbano como dos pistas diplomáticas separadas, para evitar que Irán tuviera voz sobre lo que ocurre en Beirut. El primer punto del memorándum firmado por Trump incluyó a Líbano en el acuerdo. Exactamente lo que Rubio quería evitar. Fue una concesión de Witkoff y Kushner hacia Irán, tomada por encima de la estrategia del Secretario de Estado.
Mientras Vance daba conferencias de prensa en Suiza, Rubio viajó a los Emiratos, Kuwait y Bahrein a calmar a los aliados del Golfo que tampoco estaban contentos con el acuerdo. El arquitecto fue al estreno. El Secretario de Estado fue a apagar el incendio.
Las encuestas lo muestran empatado con Vance para 2028. Hay donantes republicanos trabajando en silencio para construir su candidatura. Pero hay una realidad que lo paraliza: un mensaje de Trump en Truth Social puede terminar con su futuro antes de que empiece. Lo vio pasar con Cassidy. Lo vio pasar con Liz Cheney. El Washington Examiner lo escribió sin rodeos: es inconcebible creer que Rubio abandonaría sus posiciones de larga data para ser el promotor de este acuerdo. No las abandonó. Simplemente no habló.
Ese es el precio del silencio cuando se quiere ser presidente.
Netanyahu: el político de raza al que le falta la frase de Golda
Benjamin Netanyahu es, sin lugar a dudas, el jefe de gobierno más importante que Israel ha tenido en el siglo veintiuno. Ha sobrevivido políticamente en uno de los sistemas más brutales del mundo. Ha conducido guerras, ha negociado con enemigos, ha manejado la relación con Washington con una habilidad que pocos líderes del mundo pueden igualar. Ha luchado no solo contra los enemigos externos de Israel — Hamas, Hezbollah, Irán — sino contra una oposición interna que, a diferencia de lo que ocurrió en guerras anteriores, le hizo la vida imposible en lugar de cerrar filas detrás del Estado en los momentos más críticos.
Netanyahu sabe exactamente con quién está hablando. Eso es lo más trágico de su situación.
No está frente a un ingenuo. Está frente a dos desarrolladores inmobiliarios del Upper East Side de Manhattan con negocios en Qatar, conducidos por un vicepresidente que los usa como plataforma hacia 2028. Y tiene que quedarse callado, porque el hombre que los envía es el mismo que lo llama “crazy” en público, que le dice en una entrevista grabada que “no tiene ningún maldito juicio”, que afirma que “sin mí no habría Israel” — y que al mismo tiempo es el único aliado real que tiene en este momento en el escenario internacional.
Netanyahu necesita a Trump. No puede perderlo. Y ese es el cepo que lo inmoviliza.
Lo que le falta, en este momento, es ese destello que tuvo Golda Meir en su cocina frente a Kissinger. Golda tampoco tenía el margen que hubiera querido. Golda tampoco podía decir todo lo que pensaba. Pero cuando Kissinger le explicó el orden de sus lealtades, ella encontró la frase que cambió el aire de la sala sin romper la relación. No rompió nada. No amenazó con nada. Simplemente le dijo, con elegancia y con acero: sabemos leer, y leemos distinto a ustedes.
Netanyahu no ha encontrado esa frase todavía. Y mientras no la encuentre, Israel seguirá mirando cómo se negocia su futuro en un resort suizo, entre hombres que miden el mundo en metros cuadrados, mientras del otro lado de la mesa Irán se lleva el acceso al dólar, el petróleo liberado y el tiempo para reconstruirse.

Israel mira. Y reza.
Desde 1948, Israel ha luchado por su supervivencia en cada guerra, en cada ronda de negociaciones, en cada resolución de la ONU que la condena y en cada amigo que de repente recuerda que también tiene intereses del otro lado. Lo ha hecho con recursos limitados, con una población pequeña, rodeada de enemigos, y con la única ventaja real que siempre tuvo: saber que lo que está en juego no es un negocio ni una candidatura ni un Premio Nobel. Es la existencia.
Mientras tanto, en Washington, Vance construye su campaña en los salones del Bürgenstock. Kushner espera el retorno de su inversión en el Golfo. Witkoff busca el próximo trato. El Congreso vota resoluciones simbólicas. Trump tuitea. Y Rubio calla.
El personal de limpieza del quirófano, el cirujano y el agente inmobiliario están en la misma cancha, con la misma pelota, jugando cada uno su propio partido. Ninguno está haciendo su trabajo. Y el paciente, que lleva setenta y ocho años en la camilla de operaciones, sigue esperando que alguien entre a la sala sabiendo lo que tiene que hacer.
Israel sola, como siempre, juega el único partido que no puede perder.
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