La vimos en blanco y negro, con subtítulos en alemán, en aquellos noticieros donde los líderes europeos descendían de los aviones agitando documentos firmados y sonriendo para las cámaras.
La vimos cuando Neville Chamberlain aterrizó en Londres, el 30 de septiembre de 1938, mostrando el Acuerdo de Múnich y prometiendo “paz para nuestro tiempo”.
La vimos cuando Checoslovaquia descubrió que el destino de un país podía decidirse en una mesa donde ese país no estaba sentado.
Los Sudetes fueron entregados a Hitler.
A cambio de una promesa.
Seis meses después, Hitler ocupó el resto de Checoslovaquia.
La promesa duró menos que la tinta.
Hoy la película tiene color. Tiene redes sociales. Tiene transmisiones en vivo y tiene un presidente norteamericano que comunica decisiones geopolíticas por Truth Social.
Pero algunas tramas envejecen mejor que otras.
El 19 de junio de 2026, Donald Trump firmó en Suiza el acuerdo de Bürgenstock (Trump-Irán), un documento que pone fin formal a las hostilidades entre Estados Unidos e Irán y establece un plazo de sesenta días para alcanzar un acuerdo definitivo.
El acuerdo prevé el levantamiento del bloqueo naval estadounidense, la reapertura del estrecho de Ormuz y una cláusula particularmente interesante: el cese de las operaciones militares israelíes contra Hezbollah en el Líbano.
Israel no participó de las negociaciones.
Israel no firmó el acuerdo.
Israel no estuvo en la mesa.
Pero el acuerdo lo obliga.
Checoslovaquia tampoco estuvo en Múnich.
Hay comparaciones que se explican solas.
Cuando Benjamin Netanyahu protestó, Trump respondió con una frase que quedará archivada junto a otras que la historia ya conoce:
“Sin Estados Unidos no existiría Israel.”
No es una frase nueva.
Sólo cambian los nombres de quienes la pronuncian y de quienes la reciben.
El mensaje permanece.
Tu seguridad depende de nosotros.
Por lo tanto, acepta lo que decidimos por ti.

Sin embargo, hay un detalle que vuelve este episodio todavía más inquietante.
Chamberlain era un político profesional. Un hombre formado en la tradición diplomática británica. Sabía —o debería haber sabido— quién tenía delante.
Su problema fue el juicio.
No la falta de preparación.
Los negociadores de Trump no pueden invocar esa defensa.
Steve Witkoff, el hombre que condujo las conversaciones con Irán, es un agente inmobiliario.
Y seguramente uno extraordinario.
Sabe leer mercados, calcular riesgos, negociar precios y cerrar acuerdos.
Pero el mercado inmobiliario de Manhattan y la República Islámica de Irán son universos diferentes.
Uno responde a balances.
El otro a doctrinas.
Uno busca rentabilidad.
El otro persigue objetivos ideológicos y religiosos que trascienden generaciones.
Para comprender eso se necesitan años de estudio, experiencia diplomática y conocimiento profundo de la cultura política del régimen iraní.
Conceptos como la hudna —la tregua táctica susceptible de abandonarse cuando cambian las circunstancias— o la taqiyya —la disimulación permitida bajo determinadas condiciones— no suelen formar parte de los manuales del negocio inmobiliario.
Y sin comprender cómo piensa el interlocutor, resulta difícil evaluar el verdadero valor de una firma estampada sobre un papel.
Durante años, Trump criticó cualquier posibilidad de acuerdo con Irán comparándola desfavorablemente con la política de Barack Obama.
Sin embargo, Obama negoció rodeado de diplomáticos de carrera, especialistas en no proliferación nuclear y expertos que llevaban décadas estudiando la estructura del régimen iraní.
El JCPOA tenía defectos.
Muchos.
Pero tenía arquitectura.
Tenía mecanismos.
Tenía capas de verificación.
Bürgenstock parece otra cosa.
Más que un acuerdo, parece una apuesta.
Y la contraparte lleva más de cuarenta años perfeccionando el arte de ganar tiempo.

Mientras tanto, la maquinaria propagandística hizo lo que suele hacer.
Los medios que durante años reprodujeron sin demasiado espíritu crítico el relato iraní y palestino celebraron el acuerdo como una victoria de la diplomacia.
Nada sorprendente.
Tampoco sorprende que la expresión que comenzamos a utilizar en Historia y Noticias en 2023 —los hijos de Goebbels— haya comenzado a aparecer cada vez con mayor frecuencia en otros espacios.
Las palabras suelen recorrer un largo camino antes de volverse evidentes.
Lo verdaderamente interesante no es quién utiliza hoy la expresión.
Lo interesante es por qué ya no resulta tan incómoda como antes.
Porque de eso trata, en el fondo, este proyecto. Historia y Noticias nació de una idea simple: la actualidad suele llegar disfrazada de novedad, y la historia tiene la desagradable costumbre de demostrar que no lo es. Durante años señalamos paralelos entre los años treinta y el presente. Muchos consideraban esas comparaciones exageradas. Hoy forman parte del análisis habitual de académicos, periodistas y especialistas de distintos países. No porque el pasado se repita de manera exacta, sino porque ciertas conductas humanas son extraordinariamente persistentes.
La película que vimos en blanco y negro se está filmando otra vez.
Esta vez en alta definición.
La diferencia entre observar una película y aprender de ella es la misma que existe entre la memoria y la repetición.
Chamberlain observó la película.
No entendió el argumento.
Seis meses después, Hitler cruzó la frontera checa.
El acuerdo de Bürgenstock tiene sesenta días.
El reloj ya está corriendo.
Y nosotros tenemos la obligación de cambiar el final.

