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El orgullo de marchar con la bandera del verdugo

Escrito por Gustavo

Berlín amaneció con una mujer muerta, 29 heridos y el ya conocido desfile de funcionarios buscando palabras lo bastante prudentes como para no incomodar a la realidad. La noche anterior, Abdul Ballout, germano-libanés de 21 años vinculado al islamismo radical y al Estado Islámico, lanzó una furgoneta contra la gente reunida en el entorno del Christopher Street Day, la gran celebración del Orgullo, y siguió el ataque con un arma blanca. Al día siguiente lo abatió la policía.

En algún despacho todavía estarán discutiendo cuántas pruebas hacen falta para llamar atentado islamista a un atentado cometido por un islamista contra una celebración homosexual. Como si la furgoneta tuviera que declarar, el machete completar un formulario y el Estado Islámico remitir una certificación con sello notarial. Alemania conserva muchas virtudes. El coraje para nombrar lo evidente no siempre figura entre ellas.

Conviene separar los hechos, porque una editorial dura no necesita inventarle nada a la realidad. No está probado que las personas atropelladas llevaran banderas palestinas, y la organización oficial del CSD tampoco convocó este año a portarlas. Pero ese mismo sábado la Internationalist Queer Pride marchó bajo una plataforma propalestina, anticolonial y antiisraelí, con banderas palestinas, kufiyas y consignas contra Israel como parte explícita de la convocatoria.

La escena resume una de las mayores proezas intelectuales de nuestro tiempo: defender al mismo tiempo la libertad sexual y a movimientos que consideran esa libertad una enfermedad, un delito o una ofensa religiosa. Todo entra en el paquete interseccional siempre que Israel ocupe el papel del villano. La coherencia, como tantas costumbres sospechosamente occidentales, puede esperar afuera.

Los colectivos Queers for Palestine sostienen que la emancipación homosexual está atada a la “liberación palestina”. Para sostener semejante prodigio lógico hace falta un truco: bautizar como pinkwashing las libertades reales de gays, lesbianas y personas trans en Israel. Así, la protección jurídica, las marchas públicas y la posibilidad de vivir sin clandestinidad se convierten en propaganda sionista, mientras la criminalización de las relaciones entre hombres en Gaza, la persecución social y la necesidad de escapar para sobrevivir desaparecen bajo una nube de vocabulario anticolonial.

Israel termina condenado por ofrecer las libertades que el propio activismo LGBT reclama. A sus enemigos se los absuelve aunque las nieguen. La realidad se presenta ante el tribunal y descubre que ya fue declarada inadmisible.

La metamorfosis también deja víctimas dentro del propio Orgullo. Homosexuales judíos e israelíes vienen denunciando que espacios creados para proteger minorías terminaron convertidos en territorios hostiles para ellos. Pertenecer exige aprobar un examen geopolítico, condenar al Estado judío y tolerar consignas que imaginan un Medio Oriente sin Israel. El movimiento que nació para derribar armarios terminó construyendo una aduana ideológica.

Y entonces llegó la furgoneta.

El islamismo no había leído el manifiesto interseccional. No distinguió entre el CSD institucional y la marcha alternativa que acusaba a Israel de todos los males disponibles, ni se detuvo a agradecer las banderas palestinas levantadas por activistas queer en otro punto de Berlín. Para el fanático todos representaban lo mismo: gente viviendo públicamente una libertad que su doctrina desprecia.

Una mujer murió. Otras 29 personas quedaron heridas. La escena no admite humor, pero su ironía es feroz: el mismo día en que sectores del activismo homosexual marchaban en defensa de Palestina y convertían a Israel en enemigo absoluto, un islamista vinculado al Estado Islámico atacó a quienes celebraban el Orgullo.

Sobra el insulto. Basta con mirar la fotografía completa. En Berlín pueden besar a su pareja, manifestarse y acusar de pinkwashing al único Estado de la región con una vida LGBT pública y ampliamente protegida. Bajo Hamás tendrían que esconderse, huir o someterse. Y sin embargo algunos agitan la bandera palestina mientras desprecian al país que ofrece refugio a los homosexuales palestinos perseguidos.

La realidad acaba de presentar su propia enmienda al manifiesto. Llegó en una furgoneta blanca, llevaba un cuchillo y dejó un cadáver. Quienes todavía quieran llamarla coincidencia pueden hacerlo. También pueden seguir desfilando con la bandera del verdugo bien en alto.

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Gustavo

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