Hay verdades que una época no está dispuesta a escuchar. No porque sean falsas, sino porque son demasiado incómodas, demasiado duras, demasiado contrarias al sueño que esa época necesita creer. Vladimir Ze’ev Jabotinsky conoció ese rechazo en vida. Y la historia, con la crueldad que la caracteriza, le fue dando la razón de a poco, hasta que el 7 de octubre de 2023 se la dio de una sola vez, con una brutalidad que dejó sin palabras a quienes durante décadas habían preferido no escucharlo.
Jabotinsky nació en Odesa en 1880, se formó en Europa, escribió en ruso, en hebreo, en inglés y en yiddish, y dedicó su vida a una causa que consideraba tan urgente como inevitable: la creación de un Estado judío soberano y militarmente capaz de defenderse. No era un soñador. Era un hombre que miraba la realidad sin el filtro de lo que hubiera sido hermoso que fuera verdad.
En 1923 publicó dos textos que definirían su legado y sellarían su condena dentro del propio movimiento sionista. Los tituló El Muro de Hierro y La Ética del Muro de Hierro. En ellos planteó algo que sus contemporáneos consideraron inaceptable: no puede haber acuerdo voluntario con los árabes palestinos mientras estos tengan esperanza de impedir la existencia del Estado judío. La única salida es construir una fortaleza tan sólida que esa esperanza desaparezca. Solo entonces, argumentaba, surgirían líderes moderados dispuestos a negociar en serio.
No era odio. Era diagnóstico. Y el diagnóstico era tan incómodo que el establishment sionista lo expulsó.

David Ben Gurion, quien sería el primer Primer Ministro de Israel, lo llamaba Vladimir Hitler. Una acusación que hoy resulta tan injusta como reveladora del nivel de hostilidad que Jabotinsky generaba entre quienes compartían con él el objetivo del Estado judío pero diferían radicalmente en el camino. Jabotinsky murió en 1940 en Estados Unidos, marginado, sin ver el Estado que había ayudado a imaginar, sin escuchar el reconocimiento que merecía.
Pero Jabotinsky tenía algo que pocos pensadores incómodos tienen: la capacidad de reconocer la legitimidad del otro sin por eso renunciar a la propia causa. En El Muro de Hierro escribió que los árabes palestinos no son tontos ni corruptos, que su resistencia es legítima, que sienten por su tierra el mismo amor instintivo que cualquier pueblo siente por la suya. Y precisamente porque ese amor es real e irreducible, concluía, no puede haber acuerdo voluntario. No ahora. Solo después de que la fortaleza sea tan sólida que la resistencia pierda toda esperanza de éxito.
Era una posición dura. Él lo sabía. Y la defendió de todas formas, porque creía que la alternativa, negociar desde la debilidad, ilusionarse con acuerdos que el otro no podía cumplir, era peor para todos.
El reconocimiento que llegó tarde y de donde menos se esperaba
En 1964, veinticuatro años después de su muerte, el gobierno de Israel decidió trasladar los restos de Jabotinsky a Jerusalén para ser enterrado en el Monte Herzl, el lugar de mayor honor del Estado. Quien tomó esa decisión fue Levi Eshkol, Primer Ministro laborista, heredero político directo de Ben Gurion, representante del mismo movimiento que había marginado a Jabotinsky en vida y antes de la Guerra de los Seis Días, cuando todavía no era evidente para todos lo que se venía.
Podría llamarse paradoja. Pero no lo es. Es algo más interesante y más maduro: es reconocimiento. El laborismo israelí de 1964 fue capaz de decir, en los hechos, que un hombre puede pensar diferente, puede incomodar, puede ser marginado, y aun así pertenecer. Que su lugar es aquí. Que Israel también es suyo.

La ideología de Jabotinsky, el sionismo revisionista, encontró su expresión política en el Herut de Menachem Begin y luego en el Likud. Benjamin Netanyahu es, en términos ideológicos, el nieto político de Jabotinsky. Su padre, Benzion Netanyahu, fue secretario personal de Jabotinsky. En 2023, durante un acto de homenaje en el Monte Herzl, Netanyahu afirmó que cien años después del Muro de Hierro, Israel sigue aplicando sus principios. No como una confesión, sino como un orgullo.
Lo que durante décadas fue considerado la derecha dura del sionismo es hoy el gobierno del único Estado judío del mundo.
Los que más creían en la paz fueron los primeros en caer
El 7 de octubre de 2023 no fue solamente un ataque terrorista. Fue la refutación más brutal y más cruel que la historia pudo haber escrito de la idea de que la buena voluntad alcanza.
Las víctimas de ese día no eran colonos de la derecha religiosa en Cisjordania. Eran en su gran mayoría habitantes de kibbutzim, la forma de vida colectiva que históricamente encarnó los valores de la izquierda sionista. Muchos de ellos pertenecían o eran herederos culturales de HaShomer HaTzair, el Joven Guardián, el movimiento juvenil sionista que soñó durante décadas con la coexistencia, con el diálogo, con un futuro compartido entre judíos y árabes. El mismo movimiento al que perteneció Mordejái Anilevich, el joven comandante que lideró el levantamiento del Gueto de Varsovia en 1943 y murió a los 24 años defendiendo la dignidad de su pueblo.
Eran, literalmente, los que más creían en la paz. Los que más habían apostado por ella en términos concretos, cotidianos, humanos. Algunos llevaban años llevando gazatíes a hospitales israelíes. Algunos habían construido lazos personales con personas del otro lado de la frontera. Creían, con una honestidad que merece respeto, que el contacto humano podía más que la política.
Fueron exactamente ellos los primeros en ser masacrados, violados y secuestrados.

Eso no es solo una tragedia. Es la confirmación más dolorosa de lo que Jabotinsky había escrito cien años antes: que mientras exista esperanza de destruir el proyecto judío, esa esperanza será alimentada. No por maldad abstracta, sino por una lógica que él mismo reconocía como comprensible, sin por eso ceder un milímetro ante ella.
Lo que cuesta admitir
Hay algo que es difícil de decir pero necesario. Muchos de nosotros llegamos tarde. No todos desde la misma distancia, no todos de la misma manera, pero llegamos tarde. Algunos lo vivieron en carne propia en los kibbutzim. Otros lo vimos desde lejos, desde Uruguay, desde la otra orilla del mundo, por una pantalla. Pero el sacudón fue el mismo.
Durante años fue posible, humanamente posible, no querer creer en el diagnóstico de Jabotinsky. Implicaba renunciar a un sueño muy noble. Implicaba aceptar una dureza que resultaba políticamente antipática. Y mezclar el mensaje con el mensajero es un error humano muy comprensible.
Lo que ya no tiene la misma explicación es lo que ocurre después del 7 de octubre. Porque hay una parte de la izquierda que, aun después de ver lo que ocurrió, aun conociendo quiénes eran las víctimas y quiénes los victimarios, sigue sin poder o sin querer ver. Que sigue buscando la responsabilidad en la política del gobierno israelí antes que en quienes planificaron y ejecutaron una masacre contra personas que creían en la paz. Eso ya no es un error comprensible. Es otra cosa, y cada uno puede llamarla como quiera.
Lo que el 7 de octubre demostró, con una crueldad que no deja margen para el eufemismo, es que hay negociaciones que son imposibles. No porque la paz sea imposible en abstracto. Sino porque con quienes gobiernan hoy Gaza, con quienes representan hoy esa causa, no hay nada que negociar. Jabotinsky lo dijo en 1923. Lo dijo con todas las letras, sin suavizarlo, sin buscar el camino más diplomático. Y eso le costó el exilio en vida.
La historia, lamentablemente, le está dando la razón. Y ojalá nos hubiera costado menos aprenderlo.
Gustavo Beitler | historiaynoticias.com | Con asistencia de Claude (Anthropic)
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