Américas

EL HOMBRE DEL TATUAJE

Escrito por Gustavo

La calavera que se borró tarde

Imaginemos la escena. Un hombre de Maine, estado que huele a pino y a olvido, se mira al espejo durante aproximadamente veinte años. Cada mañana, al afeitarse, ve sobre su pecho una calavera con dos tibias cruzadas, el Totenkopf, símbolo que las SS de Heinrich Himmler usaron para marcar los portones de los campos de exterminio donde murieron seis millones de judíos. El hombre se mira, se encoge de hombros y sigue con su día. No un año. No dos. Veinte.

Ese hombre se llama Graham Platner. Y la semana pasada ganó la primaria demócrata para senador en el estado de Maine.

La pregunta que cualquier mente razonablemente funcional se haría en este punto es: ¿cómo explicás veinte años con ese tatuaje sin quitártelo? Platner tiene respuesta. Una sola. Dice que se lo hizo “en estado de ebriedad” cuando era joven y sin comprender su significado histórico. Perfecto. Convincente. Impecable. El único problema es que la borrachera que lo privó de acceder a una biblioteca, a un manual de historia o a una simple búsqueda en internet duró dos décadas.

Finalmente se lo cubrió con otro diseño. No lo borró quirúrgicamente, como hubiera hecho cualquier persona genuinamente arrepentida con acceso a una clínica dermatológica, sino que lo tapó. Como quien pone un cuadro nuevo sobre una humedad en la pared. El problema sigue ahí. Solo que ahora tiene otro marco.

La geometría del doble estándar

Platner no se conformó con ganar una primaria. La misma semana, frente a cámaras, declaró que Benjamín Netanyahu es “un prófugo internacional” acusado de “crímenes de guerra por el hambre como método bélico” y de “dirigir ataques contra la población civil”. Llamó genocidio a las operaciones antiterroristas de Israel en Gaza. Construyó toda su campaña sobre el ataque sistemático al AIPAC, la organización pro-Israel cuya influencia en Washington le produce urticaria ideológica.

Detengámonos un momento en esta arquitectura moral. El hombre con la calavera nazi en el pecho durante veinte años acusa al primer ministro del único Estado judío del mundo de ser un criminal de guerra. El hombre que necesitó dos décadas para deshacerse de un símbolo directamente asociado al exterminio de judíos hoy se erige en árbitro de la ética internacional sobre el modo en que los judíos se defienden.

Yaakov Kaplan, miembro del Community Board 12 de Brooklyn, lo sintetizó con la precisión de un bisturí: “El hombre con un tatuaje nazi da lecciones sobre crímenes de guerra.”

El padrino

Bernie Sanders es judío. Nació en Brooklyn, hijo de inmigrantes de Polonia. Conoce la historia. Sabe lo que es el Totenkopf. Sabe lo que significa ese símbolo en el pecho de un hombre que se postula para el Senado de los Estados Unidos.

Y lo bancó igual.

No una vez. Dos. Primero lo endorsó en un rally del Día del Trabajo en Portland. Después, cuando salió a la luz el video con el tatuaje nazi, Sanders reafirmó su apoyo públicamente, sin titubear, sin pedir explicaciones, sin exigir ni siquiera la mínima formalidad de una disculpa creíble. Más aún: lo llevó a su gira personal llamada “Fighting Oligarchy” y lo presentó ante sus seguidores como el candidato de la clase trabajadora. Con el tatuaje ya conocido. Con la controversia ya instalada. Con todo sobre la mesa.

Sanders no ignoraba lo que estaba mirando. Lo evaluó, lo procesó y tomó una decisión.

La historia del siglo veinte registra, con incomodidad y precisión, la figura de los judíos que dentro de los guetos y los campos administraron las listas, distribuyeron las raciones y colaboraron con la maquinaria que los iba a devorar a ellos también. Lo hacían por supervivencia, por miedo, por la ilusión de que cooperar los protegería. La historia no los juzgó con facilidad. Pero los registró.

Sanders no opera bajo miedo extremo. Opera bajo cálculo político. Necesitaba un candidato que encarnara su agenda, y Platner era el hombre. Que ese hombre hubiera pasado veinte años con la insignia de las SS sobre el corazón fue, en la ecuación de Sanders, un dato menor. Una curiosidad biográfica. Un inconveniente de relaciones públicas.

Sanders lleva décadas construyendo su marca progresista sobre la denuncia de las élites y la indignación moral permanente. Funciona bien en los campus universitarios y en los mítines con café de especialidad. El único problema es que cuando llegó el momento de decidir si un símbolo del exterminio de su propio pueblo era razón suficiente para retirar un endorsement, Bernie Sanders eligió la agenda.

Eso no lo hace un distraído. Lo hace algo bastante más difícil de nombrar en voz alta.

El partido de las máscaras bien puestas

Conviene ampliar el encuadre, porque Platner no es una anomalía. Es el síntoma más visible de una infección que lleva años avanzando por el cuerpo del Partido Demócrata, silenciosa y prolija, con vocabulario universitario y credenciales progresistas.

El antisionismo es el antisemitismo del siglo veintiuno. Cambia el envase pero no el contenido. No grita “muerte a los judíos” en una taberna de Munich. Firma manifiestos. Da charlas TED. Usa la Corte Penal Internacional como mampara. Habla de “derechos humanos” con el mismo tono con que antes se hablaba de “pureza racial”, con la diferencia de que hoy el código de acceso al club no es ser ario sino ser antisionista. El resultado es idéntico: un solo pueblo sobre la Tierra al que se le niega el derecho que tiene el resto de la humanidad, el de existir como nación en su propia tierra.

La diferencia entre el nazi clásico y el antisionista contemporáneo es estética, no ética. El primero usaba uniforme pardo y calavera bordada. El segundo usa ropa de marca producida en talleres clandestinos de países donde los sindicatos son ilegales, toma su café en un local que declaró “zona libre de apartheid” y filma su protesta con un teléfono de tecnología israelí que, por razones de pura coherencia, se niega a boicotear.

Platner, en ese sentido, es el único del grupo que al menos fue honesto. Llevó la calavera encima durante veinte años. Los otros la llevan dentro.

La matemática del odio reciclado

El antisemitismo no desaparece. Se recicla. Cada era le encuentra una justificación respetable. En la Edad Media fue la religión. En el siglo veinte fue la raza. En el veintiuno es la geopolítica. El envase cambia, el prejuicio no.

Lo que Platner representa no es un accidente electoral en un estado periférico de Nueva Inglaterra. Representa la normalización de un discurso donde portar veinte años una insignia del exterminio nazi es algo explicable con una anécdota sobre alcohol juvenil, pero donde la autodefensa del pueblo judío es un crimen de guerra que merece una orden de arresto internacional.

Este doble estándar no nació en Maine. Viaja en avión de primera clase desde los campus más privilegiados de Occidente, aterriza en los sindicatos docentes, coloniza los parlamentos latinoamericanos y encuentra su expresión más pulida en candidatos que hablan de justicia social mientras guardan simbología del Tercer Reich bajo la camisa, literal o metafóricamente.

El Partido Demócrata tiene un problema. Y no es Platner. Platner es el tatuaje. El problema es lo que hay debajo del tatuaje y que tampoco se han tomado el trabajo de borrar.

El veredicto de Maine

Los votantes demócratas de Maine eligieron a un hombre con veinte años de Totenkopf en el pecho para que los represente en el Senado de los Estados Unidos. No lo eligieron a pesar del tatuaje. Lo eligieron sin que el tatuaje importara lo suficiente como para detenerlos.

Eso dice mucho más sobre el estado del progresismo norteamericano que cualquier editorial del New York Times. Y dice exactamente lo que algunos llevamos años señalando: que en ciertos sectores de la izquierda occidental, el antisemitismo ya no es un factor excluyente. Es, en el mejor de los casos, una curiosidad biográfica. En el peor, una credencial.

La historia nunca se repite del todo. Pero le encanta rimar. Y en este caso, la rima suena espantosamente familiar.


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Gustavo

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