Américas

Denuncian censura sionista

Escrito por Gustavo

Rosalba Hunter dice que censuraron La Gran Palestina. El afiche de la película pone la palabra “Resistencia” arriba de dos combatientes de Hamás abrazados, con vinchas verdes. Ella no pronuncia esa palabra en ningún momento de su intervención, pero tampoco la cuestiona: exige que la obra se exhiba tal cual es y llama censura a que la Universidad no le preste el aula. Defender el derecho a mostrar una película es una cosa. Adoptar sin chistar lo que esa película exhibe con orgullo es otra. Ella no separa las dos cosas.

La actividad, promocionada así, iba a proyectarse el 12 de agosto en el Aula Magna de la Facultad de Información y Comunicación de la Universidad de la República. Se suspendió después de que legisladores cuestionaran que una universidad pública prestara sus instalaciones para eso. Nadie prohibió la película. Nadie impidió que se exhiba en otro lado. Una facultad decidió no poner su aula. Llamarlo censura es el primer paso de un relato que necesita una víctima antes de poder señalar a un culpable.

El culpable aparece rápido: “operó el lobby sionista”, dice Hunter, “algunos representantes de Israel en Uruguay”. Nombra al diputado Felipe Schipani y por declararse sionista lo acusa de defender “una ideología foránea”, de estar “al servicio de una potencia extranjera” presionando a la Universidad. Después pregunta, como si no supiera la respuesta, qué hizo esa Universidad “otrora orgullosa y autónoma”. Contesta ella misma: cede.

Es una acusación seria, no un exabrupto de charla de café. No dice que el rectorado se haya equivocado. Dice que se arrodilló ante un poder extranjero. Cabría preguntarle qué es exactamente ese lobby. Quién lo integra. Qué prueba hay de que obligó a alguien a hacer algo que no quería hacer. Lo único que puede documentarse, hasta ahora, es un diputado uruguayo protestando en público por una decisión de una facultad pública. Eso tiene nombre, y no es lobby extranjero: se llama actividad política.

Hunter sigue. Dice que el objetivo de la censura no es convencer, es meter miedo, y que ese miedo nos empuja a autocensurarnos con la palabra sionismo, con la palabra genocidio, con la palabra Palestina. ¿Por qué habríamos de tener miedo? Porque, dice, “ellos” dominan los medios de comunicación, dominan las finanzas, dominan la cultura de un país, dominan las plataformas por las que ella misma está hablando en ese momento. Y por eso, cierra, hay que sacarse “este yugo”.

Sometamos esa frase a una prueba simple. Si “ellos” dominan los medios uruguayos, hagamos la lista: Canal 4, Canal 10, Canal 12, El País, El Observador, la diaria, Búsqueda, Carve, Monte Carlo, Del Sol, El Espectador. Busquemos a sus dueños. Y ya que estamos, preguntémosle a Hunter si “ellos” dominaban también a través de Miguel Svirsky, dueño de CX30, la radio que iluminaba como un faro bajo la dictadura, con José Germán Araújo al frente y Jorge Rowinsky como una de sus voces de la noche. Y no importa si un Svirsky era comunista, capitalista, sionista o ninguna de las tres cosas: en 1940, en Europa, habría subido al mismo vagón que cualquier otro judío, sin que le preguntaran antes qué pensaba. Una conspiración aguanta mientras se queda flotando en el pronombre. Se desarma apenas hay que poner un nombre y un apellido, y se desnuda del todo apenas se recuerda que esa categoría nunca distinguió ideología ni militancia. Distinguía una sola cosa.

Ese es, precisamente, el mecanismo que Hunter reproduce ochenta años después, sin necesidad de que nadie la acuse de profesar ideología alguna. Alcanza con poner su secuencia al lado de un guion que ya se escuchó antes. Empieza con los pogromos en la Europa cristiana. Sigue con los Protocolos de los Sabios de Sion, el panfleto ruso de comienzos del siglo XX que inventó una conspiración judía mundial y que todavía hoy circula como si fuera un documento real. Sigue con el caso Dreyfus en Francia, un capitán judío acusado en falso de traición mientras la prensa antisemita hablaba de una “raza” desleal a la patria. Y llega a Joseph Goebbels, que no necesitaba señalar a un judío concreto: le alcanzaba con instalar un sujeto colectivo, extranjero, de lealtades dobles, capaz de controlar el dinero, la prensa y la cultura de un país entero. El mecanismo es siempre el mismo: un “ellos” al que se le atribuye tanto poder que explica cualquier cosa sin necesidad de probar nada. Antes la palabra era judío. Ahora es más presentable decir sionista.

Cuando escuché a Hunter, antes de saber quién era, pensé que ese discurso podría haberlo escrito el diputado Gustavo Salle. Lobby extranjero, doble lealtad, control de medios y finanzas, un yugo del que hay que liberarse: es el mismo léxico, salga de la boca de quien salga.

Hunter es trabajadora de la salud y expresidenta del sindicato de Médica Uruguaya. Eso pesa, porque en 2025, en el Bankstown-Lidcombe Hospital de Sydney, dos enfermeros —Ahmad Rashad Nadir y Sarah Abu Lebdeh— aparecieron en una grabación con declaraciones interpretadas como amenazas contra pacientes israelíes. El hospital los apartó de inmediato. Meses después, judíos australianos seguían diciendo que temían entrar a un hospital sin saber qué pensaba de ellos quien los iba a atender.

En los comentarios, en la red social donde Hunter publicó su video, una usuaria identificada como leticiagarciamontevideo escribió “palestina libre fuera sionismo de uruguay”, con 127 me gusta. Según le hicieron saber a esta redacción, esa usuaria trabaja como chofer de Uber. Cabe preguntarse: cuando le toca llevar a un pasajero sionista, ¿le pregunta antes de dejarlo subir, o lo transporta igual y cobra el viaje?

En otro comentario de la misma usuaria, con 539 me gusta: “fueron a israel y vinoeron con deberes”. Se refiere a la delegación parlamentaria que viajó semanas antes, integrada solo por oposición. Pero si viajar a Israel fuera en sí mismo sospechoso, alguien debería explicar por qué lo hicieron Tabaré Vázquez como presidente en 2008, Danilo Astori, Rodolfo Nin Novoa, Carolina Cosse, Eduardo Bonomi, María Julia Muñoz —a quien todos recuerdan bailando arriba de una mesa en un boliche nocturno de Tel Aviv, durante esa misma gira—, Ricardo Ehrlich y Ana Olivera como intendentes de Montevideo, Ernesto Agazzi, Mónica Xavier, y una delegación del PIT-CNT en 2017 de la que participó Fernando Pereira, hoy presidente del Frente Amplio. También lo hizo Yamandú Orsi, meses antes de convertirse en el actual presidente de la República. A ninguno de ellos se lo trató de agente de una potencia extranjera por eso.

Nadie puede probar que Hunter ordenó esos comentarios, ni que quienes los escribieron pensaban así antes de escucharla. Tampoco hace falta probarlo. Alguien habla de lobbies, de potencias extranjeras y de yugos que hay que sacarse, y quien la escucha termina pidiendo que el sionismo se vaya de Uruguay. La propaganda funciona así casi siempre: quien la siembra rara vez decide quién la cosecha.

El problema de Rosalba Hunter no es que defienda Palestina, cuestione a Israel o discuta una decisión universitaria. Eso es debate público y le corresponde por derecho. El problema empieza donde, para explicarlo, necesita inventar un lobby, disolver a un diputado en un agente extranjero y a una universidad en una institución que cede ante “ellos”. Ahí ya no queda una crítica política. Queda un guion viejo, contado con otro nombre.

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Gustavo

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