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La internacional de la ignorancia y el monopolio del odio

Escrito por Gustavo

La degradación del debate político global viaja a la velocidad de la fibra óptica y no respeta fronteras. Hoy, desde una oficina sindical en Montevideo hasta el palacio presidencial en Bogotá, pasando por los pasillos del poder en Ankara, el pasatiempo de moda es idéntico: manosear la mayor tragedia del siglo XX para disfrazar el antisemitismo del siglo XXI. La vieja fobia antijudía, ha encontrado su traje a medida bajo la etiqueta del “antisionismo”.

De la propaganda a la rambla

En el Río de la Plata, el activismo padece delirios de grandeza. Según publicaron con orgullo en el propio portal oficial del PIT-CNT —para que no queden dudas de la autoría ni se hable de operaciones de prensa—, la izquierda decidió montar una sucursal del tribunal de La Haya en la calle Jackson. A la convocatoria no faltó nadie. Además de la central sindical, la FEUU y el Partido Comunista, se sumaron a la firma FUCVAM, Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos Desaparecidos, SERPAJ y la Coordinación por Palestina. Su brillante jugada en conjunto: presentar una denuncia penal por “genocidio” contra Roni Kaplan, el vocero uruguayo-israelí de las Fuerzas de Defensa de Israel.

La pirueta es de un cinismo absoluto, sobre todo si repasamos el prontuario de quienes encabezan y aplauden esta cruzada moral. Quienes hoy levantan el dedo acusador y exigen órdenes de captura internacional son, casualmente, las mismas organizaciones que no logran mantener la casa en orden. Hablamos del PIT-CNT, una central obrera cuyo presidente, Marcelo Abdala, se dedicaba no hace mucho a chocar autos estacionados en Punta Carretas con 1,53 gramos de alcohol en sangre. Hablamos de una estructura que apadrina al SUNCA, el sindicato de la construcción, cuyos dirigentes —con carnet del Partido Comunista incluido— terminaron condenados por la justicia uruguaya tras saquear sistemáticamente el Fondo de Vivienda de sus propios compañeros trabajadores.

Mientras esta amalgama de gremios, comités y agrupaciones estudiantiles juega a ser el tribunal moral de una guerra a doce mil kilómetros de distancia, en el plano local lidian con dirigentes que manejan alcoholizados y desvían los dólares de la clase obrera.

Siguiendo el viejo manual de propaganda que sugiere acusar al adversario de los propios pecados, este bloque repite la palabra “genocidio” hasta vaciarla de contenido. Chocan, claro, contra la demografía más elemental: si Israel ejecuta un plan de exterminio en Gaza, es el primer caso documentado en la historia humana donde la población de la zona afectada no deja de multiplicarse. Pero los datos duros siempre corren el riesgo de arruinar la épica de la asamblea y la foto de portada.

El tuitero y el sultán

Cruzando el mapa, el presidente de Colombia, Gustavo Petro, ilustra perfectamente qué sucede cuando a un líder se le acaban los argumentos. Acorralado por una oposición que le reclama algo tan básico como “libertad y orden” —el lema exacto que adorna el escudo del país que preside—, Petro reaccionó lanzando la proclama nazi por excelencia desde su teclado contra un adversario político. Banalizar el régimen que industrializó la muerte para ganar una discusión de domingo en redes sociales no solo es una muestra de miseria intelectual; es el recurso patético de quien ensucia la historia por su incapacidad para gestionar el presente.

En la otra orilla del mundo, la nostalgia imperial hace lo suyo. El ministro del Interior de Turquía jura públicamente que reza para que Jerusalén vuelva a manos de su país, reviviendo el fantasma de un Imperio Otomano que ya firmó su defunción hace más de un siglo. Tenemos a un alto funcionario de una nación de la OTAN recitando proclamas de conquista como si estuviera a lomos de un caballo en el siglo XVI.

Pero el detalle que expone la farsa en toda su magnitud es la traición a su propio relato: el ministro no reza para que Jerusalén sea la capital de ese ficticio Estado palestino que la propaganda de su gobierno dice defender a los cuatro vientos. No. Reza para que la ciudad vuelva a estar bajo el yugo de Ankara. En su arrebato de ambición, ignora totalmente a los palestinos y omite convenientemente que la ciudad es la capital milenaria del pueblo judío, reduciéndola a un botín de guerra para calmar las ansiedades de un autocracia en apuros.

El costo real de las consignas

El hilo conductor de este teatro global es muy transparente. Cuando los sindicalistas uruguayos, el presidente colombiano o los ministros turcos corean eslóganes como “desde el río hasta el mar”, están pidiendo, sin eufemismos, la eliminación física y matemática del Estado de Israel. El único estado judío del planeta.

Ese Estado es, fundamentalmente, el ejército que el pueblo judío no tuvo durante la Segunda Guerra Mundial. Mientras millones de personas eran enviadas a las cámaras de gas, ninguna potencia aliada gastó una sola bomba en destruir las vías del tren que llevaban a Auschwitz. El Holocausto no terminó por la solidaridad del mundo; se detuvo pura y exclusivamente cuando la maquinaria nazi colapsó militarmente.

Hoy, acusar a ese mismo ejército de genocida, mientras se coquetea con la retórica de sus verdugos históricos, es el colmo del cinismo. Israel no es un invento colonial que deba pedir perdón por existir, ni permiso para defenderse. La cruzada mediática de esta internacional de la ignorancia es solo ruido; el pataleo impotente de quienes, ante la imposibilidad de reescribir la realidad, terminan exhibiendo su propia miseria moral.

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Gustavo

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