Mundo

Una universidad contra el “genocidio” (y ninguna propuesta para la universidad)

Escrito por Gustavo

En la Facultad de Humanidades de la Universidad de la República, en Montevideo, una agrupación estudiantil se presentó a las elecciones de la Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay con un programa de gobierno. O algo que debería serlo. El afiche era claro, la tipografía roja y contundente: Lista 21. Por una universidad contra el genocidio.

No había una palabra sobre presupuesto universitario. Nada sobre el Hospital de Clínicas, que atiende a la mitad de los afiliados al sistema público de salud y no recibe un peso del FONASA. Nada sobre los concursos docentes, el artículo 46, los posgrados, la inserción laboral de los egresados de Humanidades. Nada sobre la universidad. Solo Gaza.

Podría parecer una rareza montevideana, el exceso ideológico de un grupo estudiantil de una facultad de humanidades en un país pequeño al sur del mundo. Pero no lo es. Es el extremo visible de un fenómeno que viene tomando los campus universitarios de Occidente desde octubre de 2023, con una metodología reconocible, una consigna compartida y un objetivo que tiene poco que ver con la paz y mucho que ver con algo más antiguo y más oscuro.


Lo que la Lista 21 ya hizo

La Agrupación 21 de Junio no es nueva en la FHCE. Tiene historia institucional, programa para egresados, representación en el Consejo de la Facultad. Cuando tiene que gobernar, tiene agenda: defiende el cogobierno, la autonomía universitaria, el presupuesto de la UdelaR. Sabe lo que es una facultad y lo que cuesta sostenerla.

Pero cuando se presenta a la FEUU, esa agenda desaparece. Lo que queda es Gaza.

Y no es solo retórica electoral. Tiene un historial de acciones concretas que muestra adónde conduce esa agenda cuando tiene poder institucional.

En mayo de 2024, la agrupación organizó un escrache en Instagram contra el profesor Alberto Spektorowski, politólogo uruguayo de 71 años, radicado en Israel desde joven, profesor emérito de Ciencias Políticas en la Universidad de Tel Aviv. Lo habían invitado a dar dos clases —dos, de un total de diez— en un curso sobre laicismo. No sobre Israel. No sobre Gaza. Sobre laicismo, el principio fundante del Uruguay batllista, la piedra angular de la educación pública que esa misma agrupación dice defender.

El gremio publicó convocatorias para que sus militantes concurrieran a las barras del Consejo a “denunciar” al invitado. Lo llamaron “sionista apologista del genocidio palestino.” La Facultad suspendió el curso.

Vale detenerse un momento en quién es Spektorowski, porque el dato importa. Su obra académica de toda la vida es el estudio del fascismo, la derecha radical y el autoritarismo en Argentina y Europa. Escribió sobre los orígenes intelectuales del fascismo rioplatense, sobre la eugenesia como política de Estado, sobre la nueva derecha europea. No es un intelectual conservador. Es exactamente la clase de académico que una facultad de humanidades debería atesorar. Además, asesoró al gobierno laborista de Israel —la izquierda israelí— en sus negociaciones de paz con los palestinos, y participó como mediador en las conversaciones en torno al conflicto vasco. Cuando los estudiantes lo escracharon, él respondió con una frase que vale más que cualquier panfleto: “Me llamaron sionista. Sí, soy sionista. A mucha honra. Quisieron insultarme pero no me insultaron.”

Un año después, en mayo de 2025, el Consejo Directivo Central de la UdelaR resolvió por unanimidad —impulsado por los órdenes estudiantil y docente— solicitar al gobierno el cierre de la oficina de laANII en Jerusalén, inaugurada durante el gobierno de Lacalle Pou para desarrollar cooperación científica con Israel. Y mandató al Servicio de Relaciones Internacionales revisar todos los convenios vigentes de la universidad con instituciones israelíes.

La revisión llegó a su destino en mayo de 2026. El Consejo de la Facultad de Humanidades aprobó por unanimidad la solicitud de revocar el convenio marco que la UdelaR mantiene con la Universidad de Tel Aviv desde 1985. Desde 1985: el año en que Uruguay recuperaba la democracia, el año en que Samuel Lichtensztejn —rector de la UdelaR recién salida de la dictadura— firmó un acuerdo de cooperación académica con una universidad israelí para intercambio de posgrados, investigación conjunta, visitas de docentes. Un acuerdo que nació con la democracia uruguaya y que estos estudiantes quieren enterrar en nombre de los derechos humanos.

¿Qué pierde Uruguay si ese convenio se rompe? La pregunta merece una respuesta concreta. La Universidad de Tel Aviv figura en el puesto 154 del ranking mundial CWUR. En ciencias naturales, está entre las 75 mejores del mundo. Sus graduados fundaron empresas con más de 1.250 millones de dólares en capital. Tiene programas conjuntos con Columbia University. La UdelaR no figura en ningún ranking global de relevancia. El convenio era una puerta de acceso —para posgrados, para investigación, para formación de docentes— con una de las 200 mejores universidades del planeta. Romperlo no daña a Israel, que tiene 35 socios universitarios internacionales y un ecosistema de innovación de clase mundial. Daña al estudiante uruguayo.

La única política universitaria concreta de esta agrupación va en una sola dirección: hacer la UdelaR más chica, más aislada y más pobre.



Del río al mar

Pero lo de Montevideo no es una historia local. Es un capítulo de algo mucho más grande.

Desde octubre de 2023, los campus universitarios de Occidente vivieron una ola de protestas, campamentos, escraches y resoluciones de boicot que recorrió Columbia, Harvard, el MIT, Northwestern, Amsterdam, el Trinity College de Dublín, universidades de Bélgica, Noruega, España y México. En todos los casos, la demanda central era la misma: romper vínculos académicos con Israel, desinvertir de empresas vinculadas al Estado israelí, expulsar a académicos y programas con cualquier conexión con universidades israelíes.

La Liga Antidifamación documentó la evolución de ese movimiento. Lo que comenzó como campamentos visibles en 2024 mutó hacia tácticas más calculadas: presión interna sobre administraciones universitarias, redes de docentes organizados, listas de personas y empresas a boicotear distribuidas entre el estudiantado, votaciones de resoluciones programadas en fechas de festividades judías. No es espontaneidad. Es metodología.

La columna vertebral de todo esto tiene nombre: BDS, Boicot, Desinversiones y Sanciones. Un movimiento fundado en 2004 cuyo objetivo declarado es presionar a Israel mediante el aislamiento económico, cultural y académico. Sus propios fundadores, ante la ola de 2024, celebraron que en casi veinte años de campaña en campus europeos nunca habían visto tantos avances en tan poco tiempo.

Y en todos esos campus, en todas esas manifestaciones, se escucha la misma consigna. En inglés, en árabe, en español, en los muros de Montevideo: From the river to the sea, Palestine will be free. Del río al mar, Palestina será libre.

Hay que decirlo con todas las letras, porque el eufemismo ya cumplió su ciclo: entre el río Jordán y el mar Mediterráneo existe un único Estado. Se llama Israel. La consigna no pide dos Estados. No pide fronteras de 1967. No pide paz. Pide que Israel deje de existir. Pide que los siete millones de judíos que viven entre ese río y ese mar desaparezcan de alguna manera que la consigna no especifica pero que la historia conoce bien.

Llamar genocidio a la respuesta de Israel mientras se canta la eliminación del Estado judío no es una contradicción que pase inadvertida. Es la definición misma de lo que se está pidiendo, dicha en voz alta, con banderas, en los campus de las universidades más prestigiosas del mundo y en los pasillos de la Facultad de Humanidades de Montevideo.



Los nietos sin memoria

¿Quiénes son estos jóvenes? No son, en su mayoría, militantes formados en el odio. Son algo más inquietante: son el producto final de una cadena de transmisión que comenzó lejos y llegó hasta ellos sin manual de instrucciones.

La consigna viajó. Salió de organizaciones que saben perfectamente lo que piden, atravesó redes de activismo internacional, encontró en el movimiento BDS su vector institucional, se instaló en los campus como causa justa, y terminó pintada en una pared de Montevideo en boca de estudiantes que probablemente no saben quién la formuló, cuándo, ni por qué. Solo saben que suena a resistencia. A justicia. A estar del lado correcto de la historia.

Joseph Goebbels, el ministro de propaganda del Tercer Reich, entendió algo que sigue siendo verdad ochenta años después: no hace falta convencer a alguien de que odia. Basta con darle un lenguaje que convierta el odio en virtud. Basta con que el que odia crea que está defendiendo a los oprimidos. La maquinaria de propaganda más eficaz no produce fanáticos conscientes. Produce gente de bien que repite, con buena conciencia, consignas diseñadas para destruir.



Los estudiantes que escracharon a Spektorowski en Montevideo, los que votaron boicots en Amsterdam y en Columbia, los que cantan del río al mar en los patios de universidades que ni siquiera pueden ubicar en el mapa, no son, en su mayoría, antisemitas que se reconozcan como tales. Son algo más difícil de confrontar: son personas convencidas de su propia bondad que piden, sin saberlo, lo mismo que pedían los que fabricaron el odio que sus abuelos sufrieron o ignoraron.

Goebbels ya no tiene hijos. Tiene nietos. Y los nietos tienen Wi-Fi, tienen TikTok, tienen banderas palestinas compradas en línea y tienen, sobre todo, la certeza absoluta de los que nunca leyeron nada sobre lo que gritan.

La única diferencia con el original es que Goebbels sabía lo que hacía.

.

Acerca del Autor

Gustavo

Deje un comentario