Medio Oriente

Trump negocia con Irán como Chamberlain negoció con Hitler

Escrito por Gustavo

Hay una foto que debería incomodar a cualquier persona con memoria. Es la de Neville Chamberlain bajando del avión en Londres, en septiembre de 1938, agitando un papel en la mano y sonriendo como quien acaba de resolver el problema más difícil del siglo. “Paz para nuestro tiempo”, declaró. Adolf Hitler, que había firmado ese papel unas horas antes en Munich, ya estaba calculando cuándo lo rompería. La respuesta fue: casi de inmediato. Menos de un año después, los tanques alemanes cruzaban Polonia y el mundo ardía. El papel de Chamberlain no fue un tratado. Fue papel higiénico. Y Hitler lo usó como tal.

Hoy, Donald Trump baja de un partido de las Finales de la NBA y le dice a los periodistas que las negociaciones con Irán están en su “fase final” y que en “dos o tres días” podría haber un acuerdo muy, muy bueno. La escena cambia. El fondo cambia. El traje cambia. Pero la lógica es exactamente la misma que la de aquel aeropuerto londinense hace casi noventa años.

La diferencia entre Chamberlain y Trump no es ideológica ni de carácter. Es de época. Chamberlain era un hombre del siglo XX que creía genuinamente que los regímenes autoritarios podían ser contenidos con compromisos diplomáticos. Trump es un hombre del siglo XXI que pasó ocho años destruyendo el JCPOA de Barack Obama, llamándolo el peor acuerdo de la historia de Estados Unidos, prometiendo máxima presión, jurando que jamás le daría oxígeno al régimen de los ayatolás. Y sin embargo, aquí está, negociando. Con los mismos ayatolás. Sobre los mismos temas nucleares. Con la misma lógica de fondo: ceder activos económicos a cambio de promesas que Irán no tiene ningún incentivo real para cumplir. Eso tiene un nombre. Se llama Obama 2. Y esta vez llegó con corbata roja y acento de Queens.

Lo que está ocurriendo en Omán, en las mesas técnicas, en los canales de comunicación que Pakistán opera como mensajero, es un ejercicio que Irán conoce de memoria porque lo ha practicado durante décadas. No es diplomacia. Es lo que los estrategas militares llaman dilación táctica: participar en un proceso negociador no para llegar a un acuerdo, sino para ganar tiempo, recomponer fuerzas, reabrir rutas de financiamiento y presentarse ante la comunidad internacional como un actor razonable dispuesto al diálogo. Mientras tanto, los ingenieros nucleares siguen trabajando, las centrifugadoras siguen girando y los misiles siguen apuntando.

El vicepresidente JD Vance lo dijo en voz alta esta semana, con una honestidad que merece atención. “Israel y Estados Unidos tenemos muchos intereses compartidos, pero también tenemos algunas situaciones en las que nuestros intereses divergen.” Traducido del lenguaje diplomático al castellano común: Washington está dispuesto a cerrar un trato que a Israel puede no gustarle. Y eso, dicho por el segundo hombre más poderoso de la administración Trump, no es una advertencia menor. Es una confesión.

Israel no tiene el lujo de la distancia geográfica que protege a Washington de las consecuencias de un mal acuerdo. Para un senador de Ohio o un congresista de Texas, un Irán con capacidad nuclear es un problema abstracto, una amenaza teórica que se discute en comités de inteligencia y se olvida en la próxima votación del presupuesto. Para Tel Aviv, para Haifa, para cualquier ciudad israelí, es una amenaza existencial y concreta. No hay océano de por medio. No hay escudo territorial que compense un error de cálculo diplomático. Por eso Israel observa estas negociaciones con una claridad que a Washington le cuesta sostener: si el régimen de los ayatolás sobrevive a esta crisis bajo un acuerdo de papel, habrá aprendido la lección más peligrosa que un régimen terrorista puede aprender. Que Occidente siempre termina rescatándolo con una negociación cuando la presión se vuelve insoportable.

Trump amenazó a Netanyahu esta semana con una frase que habría que enmarcar. Cuando Israel preparaba una ofensiva de gran escala contra Irán, Trump llamó personalmente al primer ministro para pedirle que desistiera. “Bibi, será mejor que tengas cuidado o muy pronto estarás por tu cuenta.” El presidente de la principal potencia occidental, el mismo que lleva años presentándose como el mejor amigo de Israel, le dijo al líder israelí que frenara una operación militar contra el régimen que juró destruir al Estado judío. No porque la operación fuera estratégicamente equivocada, sino porque políticamente le complicaba la negociación. Las elecciones de medio término de noviembre no están lejos. Una guerra larga no vende bien en los estados bisagra. Un acuerdo histórico, aunque sea de papel higiénico, fotografía muy bien. Chamberlain también necesitaba una victoria política cuando volvió de Munich.

La historia no se repite con precisión quirúrgica. Irán no es la Alemania nazi, y los años treinta del siglo XX no son los veinte del siglo XXI. Pero hay patrones que se repiten porque la naturaleza humana no cambia, y los regímenes autoritarios han aprendido que los sistemas democráticos tienen una debilidad estructural: el corto plazo electoral. Cada cuatro años, o cada dos, los líderes democráticos necesitan resultados visibles. Los regímenes que no tienen esa presión pueden jugar a plazos mucho más largos. Pueden firmar hoy y violar mañana. Pueden sentarse a negociar mientras reorganizan sus fuerzas armadas. Pueden usar cada pausa como una recarga. El presidente Pezeshkian, que no tiene poder real pero sí utilidad diplomática, escribió en X que Irán sigue “sentado en la mesa de negociaciones”. En Teherán, los que tienen el poder real no necesitan escribir en ninguna red social. Solo necesitan que Occidente siga creyendo que el hombre que escribe en X representa algo.

Negociar con Irán no es diplomacia. Es comprarle tiempo al terrorismo. Es darle oxígeno al régimen que financió a Hezbollah durante décadas, que exportó drones a Rusia para usarlos contra civiles ucranianos, que juró en cada discurso oficial desde 1979 la destrucción del Estado de Israel. El problema no es si el acuerdo que se firme en los próximos días será bueno o malo en sus términos técnicos. El problema es que cualquier firma con este régimen tiene la misma vida útil que el papel de Chamberlain. La diferencia es que esta vez sabemos de antemano cómo termina la historia. Y aun así, lo estamos firmando.

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