Medio Oriente

TRUMP LE REGALÓ A IRÁN LO QUE NO PUDO GANAR EN LA GUERRA

Escrito por Gustavo

La grandeza de Netanyahu es real. Sus errores, también.

Hay una imagen que resume todo. El domingo pasado, Donald Trump anunció un acuerdo con Irán. Era su cumpleaños número ochenta. Horas después organizó una velada de la UFC en la Casa Blanca. Globos, aplausos, puños en alto. En Tel Aviv, silencio político y mercados nerviosos. Netanyahu no dijo nada. Sus aliados mediáticos explotaron en las redes.

Yinon Magal, la voz del Canal 14 más cercana al primer ministro, lo escribió sin eufemismos: Trump “salió perdiendo”. Jared Kushner y Steve Witkoff, los negociadores de Washington, habían sido comprados “con mucho dinero” por Qatar. Habían “traicionado a sus hermanos en Israel”. Palabras duras viniendo de alguien que durante años funcionó como portavoz informal de Netanyahu.

Así terminó, al menos por ahora, la mayor campaña militar conjunta en la historia de Israel y Estados Unidos.

Seamos justos con Trump, porque la justicia exige serlo incluso con quienes nos decepcionan. Trasladó la embajada a Jerusalén cuando todos decían que era imposible. Reconoció la soberanía israelí sobre los Altos del Golán. Lideró los Acuerdos de Abraham. Bombardeó junto a Israel las instalaciones nucleares iraníes en una operación que Netanyahu describió como “la mayor misión de ataque en la historia de Israel”. Todo eso es real y no se borra.

Pero Trump no vive en Oriente Medio. Nunca vivió ahí. No conoce en el cuerpo la lógica de una región donde el engaño es una doctrina de Estado, donde la paciencia estratégica se mide en décadas y donde un acuerdo firmado vale exactamente lo que vale la voluntad del que lo firma, ni un shekel más. Trump vive en el mundo occidental, donde los precios del combustible suben, las encuestas bajan, el New York Times presiona y el Partido Progresista nunca duerme. Y en ese mundo, cuarenta días de presión fueron suficientes para que el hombre que ganó la guerra negociara como si la hubiera perdido.

Netanyahu, en cambio, habló a su pueblo con una claridad que pocas veces se escucha en política. “Salvamos al Estado de Israel de la amenaza de la aniquilación nuclear”, dijo. “Si no hubiéramos actuado en el momento en que lo hicimos, Irán ya tendría bombas atómicas. Millones de ciudadanos israelíes estuvieron en terrible peligro de muerte masiva.” No es retórica. Es un balance militar que los hechos respaldan: fábricas nucleares destruidas, misiles eliminados, armada y fuerza aérea iraníes diezmadas, pérdidas económicas estimadas en cerca de un billón de dólares.

Y sin embargo, aquí cabe una pausa incómoda.

Netanyahu también cometió errores que no conviene ignorar si uno quiere ser algo más que su página de relaciones públicas. Apostó demasiado a Trump como ancla estratégica y descuidó durante años la relación con el Partido Demócrata, transformando el apoyo a Israel en una causa cada vez más identificada con la derecha estadounidense. Eso es un lujo que un país de nueve millones de habitantes rodeado de enemigos no puede darse. Los aliados se cultivan en todos los jardines, no solo en el que florece en este ciclo electoral.

Además, el discurso que pronunció ante su pueblo, siendo poderoso en muchos tramos, tiene momentos en que suena más a campaña que a conducción de Estado. “Nadie creía que lo lograríamos. Yo sí lo creía.” Puede ser verdad. Probablemente lo es. Pero un primer ministro que lleva décadas en el poder y enfrenta causas judiciales pendientes tiene que cuidar la diferencia entre rendir cuentas y construir su propio monumento.

El desafío nuclear iraní no termina con este acuerdo ni con el próximo. Termina, si es que termina, cuando Irán deje de tener la voluntad y la capacidad de desarrollar armas atómicas, no solo cuando firme un papel bajo presión. Los 440 kilos de uranio enriquecido cuyo destino el acuerdo no aclara son una pregunta que va a seguir ahí, con o sin celebraciones en la Casa Blanca.

Netanyahu lo sabe mejor que nadie. “La lucha no ha terminado ni terminará”, dijo. “Tendremos que seguir en guardia, seguir siendo fuertes.” Eso no es el lenguaje de un candidato. Eso es el lenguaje de alguien que entiende que en esta parte del mundo la seguridad no se negocia en un cumpleaños.

Israel mantiene sus fuerzas en el sur del Líbano. Mantiene su posición en el Monte Hermón. Controla más del cincuenta por ciento de la Franja de Gaza. Eso no lo decidió Trump. Lo decidió Netanyahu contra la opinión de medio mundo, incluyendo, en varios momentos, la de Washington.

La grandeza de los líderes se mide en tiempos de crisis y en años, no en ciclos de noticias. Trump resistió cuarenta días. Netanyahu lleva treinta años. Esa diferencia importa, aunque Bibi no sea perfecto, aunque sus errores también cuesten, aunque su discurso a veces confunda la historia con la campaña.

Israel, como siempre, confía en sí mismo. Esa es su fortaleza y, a veces, también su soledad. Pero como escribieron hace tres mil años, y Netanyahu eligió recordarlo al final de su discurso: “No temas a mi siervo Jacob, ni te desalientes, Israel.”

Algunos aprenden eso en los libros. Netanyahu lo aprendió gobernando.

HistoriayNoticias.com — 16 de junio de 2026. Texto: Gustavo Beitler y Claude (Anthropic). Imágenes: generadas con Gemini (Google).

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