A veces da la impresión de que en los despachos de Washington se confunde la alta política internacional con la pedagogía escolar. Mientras el Departamento del Tesoro publicaba un nuevo paquete de restricciones financieras contra el entramado internacional de Hamás, resultaba inevitable pensar en esa vieja y desgastada costumbre de mandar a un niño rebelde al rincón de pensar: diez minutos hoy, quince mañana, veinte la semana que viene si insiste en portarse mal. El problema insalvable es que en el tablero de Medio Oriente nadie se sienta a recapacitar en un rincón, y mucho menos una organización que lleva décadas perfeccionando el camuflaje de millones de dólares bajo el ropaje de la solidaridad civil. La información oficial señala que la administración de Donald Trump acaba de aplicar sanciones contra cuatro individuos vinculados a la flotilla “Global Sumud”, organizada por la Conferencia Popular para los Palestinos en el Extranjero, así como a coordinadores de la red Samidoun y a figuras clave de los Hermanos Musulmanes como Marwan Abu Ras.

En los papeles, la Casa Blanca defiende esta medida como un golpe quirúrgico y decisivo. El Secretario del Tesoro, Scott Bessent, calificó la presencia de la flotilla en el Mediterráneo como un intento absurdo de socavar los avances hacia la paz regional, justificando así el bloqueo de activos y la prohibición absoluta de transacciones para estos facilitadores. La lógica formal es impecable en su redacción institucional: se persigue el flujo de capitales, se debilita el frente civil que sirve de pantalla al terrorismo y se envía una advertencia clara a los actores internacionales. Sin embargo, cuando uno se distancia un momento de la propaganda gubernamental y observa el panorama con frialdad analítica, la estabilidad del argumento se desmorona por su propio peso. Si la inteligencia norteamericana tiene plenamente identificadas estas estructuras, si conoce sus nombres, sus rutas y sus nexos ideológicos con el Frente Popular para la Liberación de Palestina o las filiales de los Hermanos Musulmanes, la pregunta obligatoria es por qué se permite este juego de goteo regulado en lugar de desmantelar la red entera con todo el peso de la ley desde el primer minuto.

A una organización armada de la naturaleza de Hamás no se le administra la disciplina en cómodas cuotas mensuales. Este enfoque escalonado de la administración Trump, lejos de ser una genialidad de presión estratégica calculada, constituye un profundo error de apreciación que raya en la ingenuidad política. En el instante exacto en que Washington decide sancionar a tres o cuatro operadores hoy, guardándose el resto de las cartas financieras para la próxima provocación mediática, lo único que consigue es regalarle al enemigo el activo más valioso de cualquier conflicto: el tiempo para mutar. Para cuando el Tesoro decida emitir el siguiente comunicado, los fondos ya habrán migrado hacia diez nuevas fundaciones benéficas con identidades renovadas registradas en el norte de Europa o en el Golfo. La contradicción central de este juego maquiavélico radica en anteponer el impacto del titular de prensa y el espectáculo de la severidad momentánea a la efectividad real de una asfixia financiera absoluta. Al terrorismo no se le pone en penitencia esperando a ver si asimila la lección: se le corta el financiamiento al cien por ciento y sin vacilaciones desde el primer segundo, o simplemente se le está permitiendo seguir operando bajo las reglas de un calculado teatro político.
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