Si mirás el siglo XX con la frialdad de un forense, te das cuenta rápido de algo: el peronismo jamás fue una ideología. Es el mayor experimento de reciclaje político que vimos. Un Frankenstein armado a los tirones, que logró coser los pies de un agitador marxista al torso de un militar fascista, todo empapado en el glamour barato de una actriz de radioteatro. Y perfumado, claro, con la mística de una santa que repartía máquinas de coser mientras el marido escondía criminales de guerra en el sótano.
La franquicia del autoritarismo
Perón no inventó la pólvora. Simplemente supo a quién robársela. De su viaje por la Italia de Mussolini se trajo el manual del corporativismo bajo el brazo. Entendió que para domar a un país no precisás partidos políticos, sino gremios verticales que funcionen como un cepo en el cuello del trabajador. De la Alemania nazi no compró la raza, pero le fascinó la escenografía. Importó la estética de las multitudes, el adoctrinamiento en los manuales de escuela primaria y ese culto a la personalidad que convierte a un general de escritorio en una deidad.
A Moscú le robó el megáfono. Usó la retórica de la “lucha de clases”, no para hacer ninguna revolución, sino para anestesiarla, atando a la masa obrera con la correa de la “Justicia Social”. Y afuera, jugó al ajedrez entre tiranos. Entre 1946 y 1949, le salvó el pellejo a Francisco Franco mandando barcos llenos de trigo a una España muerta de hambre. Años después, el Generalísimo le pagó el favor prestándole la residencia de Puerta de Hierro para su exilio dorado.
Evita: las armas y el luto obligatorio
La sociedad conyugal fue la máquina perfecta. Él negociaba en los cuarteles; ella administraba el fanatismo. La Fundación Eva Perón nunca fue caridad. Fue la primera estafa piramidal avalada por el Estado. Un apriete sistemático donde te confiscaban por decreto el primer aumento de sueldo para devolverle una frazada con la firma de la “Jefa Espiritual”.
Y esa imagen de santa pacificadora es un cuento para ingenuos. Poco antes de morir, Evita trianguló por Holanda 5.000 pistolas y 2.000 ametralladoras para armar a sus propias milicias sindicales. Era la facción pura y dura del régimen. Cuando el cáncer la mató a los 33, la maquinaria siguió facturando: la embalsamaron a lo Lenin para perpetuar el tótem y decretaron luto obligatorio. En esa Argentina, o llorabas a Evita o te quedabas en la calle.

Oro nazi y el cinismo de las frazadas
Acá la historia se vuelve todavía más oscura. Terminada la Segunda Guerra, Estados Unidos armó la Operación Paperclip para llevarse cerebros y pisar la Luna. Perón armó su propia “Ruta de Ratas”. Usó la Sociedad Argentina de Recepción de Extranjeros (SARE) y a su jefe de inteligencia, Rodolfo Freude, para abrirle la puerta a los gerentes del Holocausto. Washington cobraba en patentes; Buenos Aires facturaba en oro y divisas manchadas de sangre.
Con esa caja llena, el cinismo fue total. Perón usó a la Organización Israelita Argentina (OIA) como un caballo de Troya para quebrar a la DAIA, invitando a Golda Meir en 1951. Acorralada por la hambruna de su país recién nacido, Golda viajó a agradecer las frazadas y el trigo de Evita. Se tuvo que tragar el sapo de sonreír al lado de los protectores de Adolf Eichmann porque los kibutzim no se comen la superioridad moral. Fue pura supervivencia. La misma que aplicaría años más tarde con Henry Kissinger para conseguir armamento y que Israel no desapareciera en la Guerra de Yom Kippur.
Montoneros y las matemáticas del horror
La izquierda peronista de los setenta cometió un error letal: se creyeron su propia épica. Jugaron a ser la fuerza de choque para forzar la vuelta del líder, pero el romance terminó a los tiros en Ezeiza en 1973. Perón los usó y los descartó de un plumazo. No necesitó armar una purga sofisticada; le alcanzó con salir al balcón, tratarlos de “imberbes” y soltarles a la Triple A.
El cuento del Perón democrático y pacífico no resiste un archivo. Durante su último mandato hubo 200 asesinatos políticos y más de 600 atentados. Él mismo firmó el “Documento Reservado” para barrer al marxismo, endureció el Código Penal y dejó la máquina paramilitar armada para que su viuda, Isabel, firmara los Decretos de Aniquilamiento de 1975. Cuando los militares patearon la puerta al año siguiente, no inventaron nada. Solo pusieron a trabajar a escala industrial una picadora de carne que el peronismo ya había dejado enchufada.

Y sobre los desaparecidos, los números te hielan la sangre. La CONADEP documentó 8.960 casos probados. Pero los famosos 30.000 no salieron de un poema. Ya en julio de 1978, la propia inteligencia militar admitía en sus documentos internos que llevaban 22.000 víctimas. Ellos mismos guardaban el ticket de su cacería.
Fabricar pobres para vender muletas
Todo este circo macabro nos trae a la matriz del negocio de hoy: la industrialización de la miseria. Los caciques de la CGT, herederos directos de la caja de Evita, mantienen sus feudos porque el país es una fábrica incesante de pobres.
El modelo no quiere que progreses; necesita que dependas. Te quiebran las piernas con la economía, te roban el futuro y después te regalan las muletas para que les rindas pleitesía. Sin pobres no hay limosna, y sin limosna no hay votos.
Resulta fascinante ver cómo la izquierda de hoy venera ciegamente al tipo que los echó a patadas y armó a los que después los iban a torturar. Es la victoria absoluta del relato sobre el archivo. El peronismo terminó siendo el negocio perfecto: exportó impunidad, importó nazis y compró una legitimidad tan blindada que hoy, medio siglo después, te sigue impidiendo distinguir el cielo de tu propio infierno.
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