Medio Oriente

La quimera “Palestina” y el reciclaje del odio

Escrito por Gustavo

Por Yair Filipiak – @sionista_uruguayo (en IG)

“Pasen y vean qué lindas tolderías…”

Viernes a la tarde, el frío me obliga a preparar un café en la oficina, mientras, agarro el celular para mirar las bobadas habituales y, de repente, la pantalla me escupe la primera señal del surrealismo doméstico. Un contacto —de esos militantes entusiastas que confunden la geopolítica con un partido de fútbol— acaba de colgar un estado de WhatsApp. Es una placa oficial del MPP (Movimiento de Participación Popular) conmemorando la Nakba. Sí, el sector mayoritario del partido de gobierno uruguayo, el de la mística de la chacra y el “es complicao”, deteniendo su agenda legislativa para recordar una catástrofe geopolítica ocurrida en 1948 a doce mil kilómetros de Montevideo. El internacionalismo proletario ha mutado en un algoritmo de diseño gráfico bastante prolijo, aunque desprovisto de cualquier rigor histórico.

Pero la esquizofrenia de este 15 de mayo de 2026 no se queda en el ecosistema digital. Si uno decide salir a la calle y caminar por la avenida 18 de Julio, se topa con el plato fuerte del día: la marcha convocada por la Coordinadora por Palestina y, por supuesto, el PIT-CNT. Es un espectáculo digno de análisis clínico. La central única de trabajadores que teóricamente debería estar desvelada por la pérdida de salario real, los desafíos de la inteligencia artificial en el empleo local o la pérdida de puestos laborales, decide que hoy es un excelente día para movilizar sus estructuras en defensa de… las narrativas históricas del Medio Oriente. Es fascinante ver a un burócrata sindical montevideano, con la campera de abrigo y el termo bajo el brazo, coreando consignas redactadas en los búnkeres de Teherán o Gaza, convencido de que está haciendo la revolución global mientras obstruye el tránsito de la capital.

Esta importación llave en mano de conflictos ajenos tiene un objetivo muy claro: el negocio del resentimiento. La última genialidad de esta progresía insomne, que ya calienta los motores para nuestro próximo análisis, es el lanzamiento oficial en Uruguay de la campaña “Espacios Libres de Apartheid y Genocidio” (ELAG). Es la llegada del clásico gueto ideológico del BDS (Boycot, Desinversión y Sanciones) adaptado a la idiosincrasia del paisito.

La propuesta es de un totalitarismo naíf que asusta: pretenden que los centros culturales, las librerías de Pocitos, los boliches de la Ciudad Vieja y las universidades declaren sus comercios e instituciones como “zonas libres de apartheid”. Básicamente, una aduana moral de comité de base donde un panadero del Cordón tendrá que demostrar que su harina no tiene componentes sionistas y un librero de Tristán Narvaja deberá pasar un test de pureza ideológica para poder vender sus textos sin que le pinten la fachada. Es la esvástica reciclada, pero con el sello de “espacio verde y solidario”.

Toda esta puesta en escena montevideana —el estado de WhatsApp del diputado de turno, la marcha sindical de hoy por 18 de Julio y el delirio de etiquetar comercios con sellos de exclusión— no se sostiene sobre el aire; se sostiene sobre un gigantesco mito fundacional. Para que un uruguayo de clase media se sienta con el derecho moral de exigir el boicot a un Estado soberano, primero tuvo que comprar la gran mentira publicitaria del siglo XX.

Por eso, para entender la ridiculez de lo que pasa hoy en nuestras calles, es obligatorio bajarse del estrado de las consignas y descender a la verdad histórica. Basándonos en las investigaciones de Emanuel Bibini sobre la deconstrucción de la identidad palestina y el inflado contable de la Nakba, y retomando las líneas de nuestro trabajo sobre el reciclaje del odio, los invito a rasgar el velo de esta Arcadia feliz que la izquierda local nos quiere vender como verdad revelada. Pasen y vean (que lindas tolderías) cómo se construye el mundo del revés.

El dialelo posmoderno

Tratar el tema de Palestina no es ocuparse de un asunto cualquiera. Hoy en día, cualquiera se ocupa del asunto en el voluble sentido de la opinión pública, por lo general con pasiones desprovistas de un conocimiento mínimo de la geografía, la historia y la idiosincrasia de la región. Asistimos con regularidad a un espectáculo donde el sentido común parece haber sido condenado por herejía, sustituido por una suerte de sentimentalismo ramplón que se antepone sistemáticamente a la razón. Si el sentimiento se impone por completo ante la lógica, se vuelve imposible razonar incluso sobre lo que se siente.

En las cómodas capitales occidentales, las marchas pro-Palestina se han transformado en una pasarela de contradicciones flagrantes. Es el triunfo del “paquete ideológico” indivisible: una oferta donde todo cabe y nada se cuestiona. Así, vemos desfilar colectivos del feminismo radical, defensores de los derechos LGBT, veganos y ambientalistas coreando consignas yihadistas. Resulta de una ironía desbordante que marchen entusiasmados exigiendo la destrucción del único Estado en todo el Próximo Oriente —Israel— donde no serían colgados de una grúa o ejecutados sumariamente por su orientación sexual o su disidencia ideológica. Desean, de manera inconsciente o deliberada, el triunfo de una teocracia islámica misógina, antiliberal, patriarcal y homofóbica. Cuando corean “desde el río hasta el mar”, repiten un eslogan cuyo significado real ignoran o prefieren maquillar, pues implica la erradicación literal de siete millones de judíos de la faz de la tierra.

En este contexto, la palabra “Palestina” opera hoy como un significante vacío de significado. No porque carezca de historia, sino porque quienes más la usan la desconocen de forma apabullante. La ignorancia supina de esta “progresía” occidental es tal que muchos ni siquiera saben de la existencia de los árabes israelíes, demostrando que pasar por ciertas aulas de filosofía y letras hoy en día, en lugar de instruir, parece embrutecer. Instalada la premisa falsa de que Israel es un ente genocida e ilegítimo, cualquier silogismo posterior se vuelve inútil: la realidad es relativizada al extremo y las narrativas sentimentales cobran más peso que los datos empíricos.

Bibini y la deconstrucción de un milagro publicitario

Para arrojar luz sobre este espeso caos semántico, elijo remitirme a los valiosos trabajos de investigación de Emanuel Bibini, particularmente a su “Ensayo sobre Palestina” y su análisis sobre “El mito de la Nakba y la invención del pueblo palestino”. Como bien apunta el autor, la noción contemporánea de un “pueblo palestino” ancestral y culturalmente diferenciado de sus vecinos árabes no es más que un sofisticado constructo propagandístico, un milagro publicitario manufacturado en la segunda mitad del siglo XX con fines estrictamente geopolíticos.

El filósofo español Gustavo Bueno dividía los mitos en categorías útiles; entre ellas, los mitos luminosos (como la Alegoría de la Caverna de Platón, que buscan esclarecer una tesis) y los mitos oscurantistas, que confunden y perpetúan cosmogonías falsas. El concepto de una “Palestina” como nación histórica preexistente califica como un mito oscurantista al extremo. La historiografía real demuestra que jamás existió un Estado soberano con ese nombre, ni en la acepción moderna de Estado-nación ni en ninguna de las estructuras políticas previas de la historia.

La propia dirigencia árabe de la región lo confesaba abiertamente antes de que la narrativa del victimismo fuera institucionalizada. Bibini nos recuerda citas históricas demoledoras que coinciden plenamente con el registro documental: el líder árabe Abdul Hadi declaró ante la Comisión Peel británica que “no existe ningún país que se llame Palestina… Palestina es un término inventado por los sionistas… Nuestro país ha sido por siglos parte de Siria”. En la misma línea, el célebre historiador árabe-libanés Philip Khuri Hitti afirmó con contundencia: “No existe ninguna cosa llamada Palestina en la historia, absolutamente no”.

¿Cuándo nace, entonces, la “identidad” palestina diferenciada? Aparece como un arma táctica. No es una suposición maliciosa; lo admitió el propio Zuhair Muhsin, miembro del comité ejecutivo de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y comandante de la facción Al-Saika, quien en una entrevista de 1977 confesó con un desparpajo asombroso:

“El pueblo palestino no existe. La creación de un Estado palestino es solamente un medio político para continuar nuestra lucha contra el Estado de Israel por nuestra unidad árabe. En realidad, hoy no hay diferencia entre jordanos, palestinos, sirios y libaneses. Solo por razones tácticas hablamos hoy de la existencia de un pueblo palestino, ya que los intereses nacionales árabes exigen que planteemos la existencia de un pueblo palestino diferenciado para oponerse al sionismo”.

La honestidad de Muhsin resulta refrescante frente a la hipocresía contemporánea. La identidad palestina se consolidó tardíamente durante el siglo XX, principalmente en reacción al sionismo, al Mandato Británico y al conflicto árabe-israelí.

Insulto romano

Para desmontar el mito de la Arcadia feliz —esa fantasía progre que dibuja una Palestina idílica donde los árabes vivían en perfecta paz y armonía cósmica hasta que llegaron los “malvados sionistas blancos” a arruinarlo todo— es necesario hacer arqueología histórica. ¿De dónde surge el término “Palestina”?

Hasta el año 135 de la era común, la región no fue conocida jamás por ese nombre en los mapas oficiales; se llamaba Judea. Los judíos eran —y son— el pueblo vivo e indígena más antiguo de esa región, habiendo visto llegar e irse a imperios enteros, desde los griegos hasta los romanos. En el año 132 d.C., Simón Bar Kojbá (“hijo de la estrella”) lideró una feroz rebelión contra la opresión de Roma, llegando a fundar un breve Estado judío independiente que acuñó monedas con las leyendas “Año 1 de la redención de Israel” y “Por la libertad de Jerusalén”.

El emperador romano Adriano, enfurecido por el costo militar que supuso aplastar la revuelta (que terminó en un brutal baño de sangre documentado por el historiador Dion Casio), decidió aplicar un castigo que trascendiera las generaciones: borrar la huella identitaria judía de la geografía. Mediante un acto de ingeniería geopolítica y despecho histórico, Adriano renombró a la provincia de Judea como Syria Palaestina. El nombre fue elegido con malicia quirúrgica, derivándolo de los filisteos, un pueblo marítimo originario del Egeo que había sido enemigo histórico de los israelitas y que ya para el siglo II d.C. se encontraba extinto.

Muchos historiadores interpretan el cambio de nombre como un intento romano de minimizar la asociación judía histórica con Judea tras la revuelta de Bar Kojba (una especie de insulto a la romana). Siglos más tarde, los bizantinos fragmentaron administrativamente la zona creando tres palestinas (Palaestina Prima, Seconda y Tertia) cuyas capitales fueron Cesarea, Scythopolis y Petra. Curiosamente —un dato que suele atragantársele a los propagandistas modernos— Jerusalén jamás fue la capital de ninguna de esas palestinas, ni ningún califato islámico se asentó jamás en ella como capital política, sí fue centro religioso y administrativo relevante en distintos períodos.

El mito de la Nakba y la inflación contable del dolor

Cada año, en torno a la conmemoración del Día de Jerusalén (Yom Yerushalayim) —que celebra la reunificación de la capital histórica del pueblo judío— el mundo árabe y sus repetidores occidentales activan los altavoces para conmemorar la Nakba (la “Catástrofe”). El relato oficializado describe este hito como un acto de agresión unilateral e injustificada por parte de los israelíes en 1948.

Hablemos con rigor histórico. Negar que hubo desplazados árabes durante la guerra de 1948 sería caer en una deshonestidad intelectual que repudiamos; toda guerra armada genera refugiados, miseria y dolor. Sin embargo, lo que los trabajos de Emanuel Bibini demuestran con precisión matemática es que las cifras de dichos desplazados han sido infladas de manera grotesca y sistemática en beneficio de una agenda política muy concreta: perpetuar el conflicto y sostener la lucrativa industria del victimismo transnacional.

La narrativa omite deliberadamente el contexto elemental: la partición de la Palestina Británica aprobada por la Resolución 181 de la ONU en 1947 proponía la creación de dos Estados, uno judío y uno árabe. El liderazgo judío aceptó la propuesta; el liderazgo árabe la rechazó de plano, optando por la vía militar. Al día siguiente de la declaración de independencia de Israel, cinco ejércitos árabes regulares invadieron el naciente Estado hebreo con la promesa explícita de “arrojar a los judíos al mar”. Lo que ocurrió en 1948 no fue una agresión judía, sino una guerra de supervivencia provocada por la intransigencia árabe.

Durante el desarrollo de los combates, decenas de miles de árabes abandonaron sus hogares. Pero, ¿por qué lo hicieron? Las investigaciones históricas confirman que la gran mayoría no fue expulsada por las bayonetas israelíes, sino que huyeron siguiendo las órdenes de sus propios líderes árabes y del Alto Comité Árabe, quienes les prometieron a través de la radio que el éxodo sería temporal, asegurándoles que regresarían en pocas semanas tras la inminente aniquilación de la población judía para repartirse sus bienes. Los ejércitos árabes perdieron la guerra de forma aplastante, y la terca realidad desmontó sus promesas radiofónicas. En todo caso, para ser condescendientes con otras narrativas, el éxodo árabe de 1948 tuvo múltiples causas: combates, miedo, colapso social, llamados de líderes árabes a evacuar ciertas zonas y también expulsiones puntuales realizadas por fuerzas israelíes.

Para mantener viva la llama del resentimiento, los números de refugiados originales (estimados seriamente en torno a los 700.000) sufrieron una metamorfosis contable sin precedentes en la historia de la humanidad. Con la complicidad de la UNRWA (la agencia de la ONU creada exclusivamente para los palestinos, a diferencia del ACNUR que atiende al resto de los refugiados del planeta), se estableció una norma insólita: la condición de “refugiado palestino” se hereda de forma perpetua e ilimitada de generación en generación. Así, un joven nacido en un apartamento de lujo en Santiago de Chile, Berlín o Beirut, que jamás ha pisado el Medio Oriente, sigue computando oficialmente como “refugiado de la Nakba”. Esta inflación artificial ha convertido a unos cientos de miles de desplazados originales en una masa teórica de más de cinco millones de personas, garantizando un flujo inagotable de fondos internacionales y un argumento de deslegitimación demográfica contra Israel.

La hipocresía de la memoria selectiva de la Nakba brilla con luz propia cuando se la contrasta con la verdadera “Nakba silenciosa”: la expulsión simultánea de más de 850.000 judíos que vivían pacíficamente en los países árabes (Egipto, Irak, Siria, Yemen, Marruecos, etc.) tras la fundación de Israel. Sus bienes fueron confiscados, sus sinagogas quemadas y sus vidas amenazadas. Sin embargo, el Estado de Israel no los confinó en campamentos de refugiados perpetuos para usarlos como carne de cañón publicitaria; los integró, los nacionalizó y construyó con ellos una sociedad próspera. Los países árabes, en cambio, confinaron deliberadamente a sus hermanos palestinos en guetos y les negaron la ciudadanía durante décadas (con la parcial excepción de Jordania) para mantener abierta la herida geopolítica.

Hay otra amnesia histórica flagrante que Bibini desmenuza con maestría: el período comprendido entre 1948 y 1967. Durante esos diecinueve años, Jordania retuvo bajo ocupación militar estricta el territorio de Cisjordania (Judea y Samaria), incluyendo Jerusalén Este, mientras que Egipto administraba con mano de hierro la Franja de Gaza. Si la identidad palestina era tan ancestral y el deseo de un Estado propio tan genuino, ¿por qué ni Jordania ni Egipto formalizaron un Estado árabe palestino en esos territorios cuando tenían el control material absoluto para hacerlo? La respuesta es simple: porque no existía tal interés. El primer Estado árabe palestino real que se formalizó en el territorio original del Mandato Británico fue la actual Jordania, creada de un plumazo por el imperio británico al este del río Jordán, abarcando el 78% del territorio original de la Palestina histórica. Los árabes ya tienen su Estado en Palestina: se llama Reino Hachemita de Jordania (al menos es la tesis que comparto con Bibini). La autonomía de la que gozan hoy los árabes en Gaza y Judea y Samaria no fue otorgada por ningún hermano árabe, sino cedida voluntariamente por Israel a través de los Acuerdos de Oslo.

El reciclaje de la infamia

Esta deconstrucción histórica nos conecta directamente con las tesis que planteé en mi artículo De la esvástica a la bandera palestina: el odio reciclado. El antisemitismo es una patología cultural sumamente plástica; posee una asombrosa capacidad de reciclaje ideológico. A lo largo de los siglos, los judíos han sido objeto de persecuciones bajo distintas excusas: primero fue el antijudaísmo teológico (el reproche del deicidio), luego mutó en el antisemitismo racial del siglo XIX y XX (la eugenesia nazi), y hoy se presenta reciclado bajo el pulcro ropaje del “antisionismo” políticamente correcto.

Como bien advertía el filósofo Gustavo Perednik en La mecánica mental del antisionista, los judeófobos no odian a los judíos por las razones que argumentan, sino que inventan los argumentos para justificar su odio preexistente. Hoy, usar la palabra “sionista” como un insulto escupido con desdén es la manera elegante de ser antisemita sin recibir el reproche social de la corrección política.

Este vínculo entre el totalitarismo nazi y la causa palestina no es una metáfora exagerada; es un hecho genealógico. El padre fundador del nacionalismo árabe palestino fue Haj Amin al-Husseini, el Gran Mufti de Jerusalén. Lejos de ser un líder anticolonialista romántico, al-Husseini fue literalmente un nazi de categoría. Durante la Segunda Guerra Mundial, se instaló en Berlín, fue recibido con honores por Adolf Hitler y Heinrich Himmler, y colaboró activamente con el régimen del Tercer Reich. Al-Husseini transmitió propaganda nazi en árabe a través de las ondas de radio de onda corta, reclutó activamente a musulmanes bosnios para las divisiones de las Waffen-SS y presionó formalmente para que la “Solución Final” se extendiera al Medio Oriente para exterminar a los judíos de la Palestina bajo mandato británico. Su famosa consigna resonaba en los micrófonos de Berlín: “Maten a los judíos donde se los encuentren. Esto complace a Dios, a la historia y a la religión”.

Cuando algún activista desinformado —o un militante inflamado de prejuicios— osa comparar las políticas de defensa del Estado de Israel con las prácticas de la Alemania nazi, comete una obscenidad intelectual y una inversión perversa de la verdad. La causa que hoy dicen defender con banderas rojinegras y pañuelos palestinos nació en los despachos de la Alemania nazi de la mano del Mufti. Lo que hoy presenciamos en las calles occidentales no es más que el reciclaje de ese viejo odio teológico y racial, convenientemente barnizado con la jerga posmoderna de la teoría de la interseccionalidad y las luchas de descolonización.

La Arcadia inexistente y el despertar de la razón

El conflicto del Medio Oriente no es un choque folclórico ni un diferendo menor sobre parcelas de tierra; es una batalla cultural y civilizatoria profunda. Una batalla donde el bando israelí lucha por su derecho más elemental y primario: continuar existiendo. Una obviedad para cualquier nación de la tierra, pero una tarea titánica cuando se está rodeado de actores estatales y paraestatales —financiados por regímenes teocráticos como el de Irán— que tienen consagrada en sus cartas fundacionales la destrucción explícita del Estado judío.

Mientras el mundo conmemora falazmente la Nakba inflando estadísticas para mantener viva la hoguera del resentimiento, Jerusalén celebra su reunificación histórica. El mito de la Arcadia pacífica previa a 1948 queda sepultado bajo el peso inexorable de los datos de la historia y el rigor conceptual que investigadores como Emanuel Bibini sostienen con firmeza. Es hora de que Occidente despierte de su prolongada siesta intelectual y abandone ese masoquismo cultural que le lleva a simpatizar con sus potenciales verdugos. El sentido común es hoy, más que nunca, la forma más peligrosa e indispensable de rebeldía.

Referencias

Bibliografía de consulta

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