Hermanos, esto no puede seguir así.
Israel volvió a las urnas hace unos días, y de ahí no salió un resultado, salió un espejo. Un país partido al medio que se mira y no se reconoce. O peor, que se reconoce y se detesta. Escucho lo que se dicen unos a otros y siento vergüenza, y la siento como propia, porque yo también soy de los que miran de lejos con el corazón en la garganta.
La indignación no la voy a repartir con balanza de farmacia. Me indigna la derecha que le dice traidor al que piensa distinto. Me indigna la izquierda que le dice fascista al que no piensa como ella. Y me indigna el sistema político entero, que vive de la grieta como otros viven de alquileres: la cuida, la riega, la explota en cada campaña y después se hace el sorprendido porque el suelo está partido. Todos tienen su parte. Dividir da votos. Unir, qué quieren que les diga, rinde menos.
Mientras tanto, afuera, alguien se frota las manos. Los que quieren a Israel borrado del mapa no distinguen entre derecha e izquierda, no les interesa quién votó a quién. Para ellos no existe el sionista bueno y el sionista malo. Existen los sionistas, y listo. Si los de adentro no lo ven, ellos lo tienen clarísimo.
Pensemos en un hombre. Lo acusaron de traidor por pensar distinto, por votar a unos y no a otros. Mientras alguien lo insultaba en una red social o en un estudio de televisión, él estaba parado frente a una lápida, llorando a su hijo. Un hijo que se puso el uniforme porque creía lo mismo que cree el que lo insulta: que este país merece existir. Y el que insultó, el que le tiró la palabra traidor como quien tira una piedra, quizás tenga también un hijo bajo la tierra. Quizás también volvió de un cementerio con una bandera doblada entre las manos. Dos padres, dos lápidas, y cada uno acusando al otro de traicionar aquello por lo que enterró a su hijo.
Eso me quita el sueño. Que no se den cuenta.
Porque el destino es el mismo. Que el Estado de Israel exista, que el sionismo siga en pie, que tenga derecho a defenderse. En eso coincide todo el arco sionista, de punta a punta. Discuten cómo, discuten con quién, discuten hasta dónde, y está bien, para eso hay democracia. Lo que no se puede es confundir una diferencia de camino con una diferencia de destino. Los que quedaron fuera de ese consenso ya eligieron su lado y no hace falta que se lo explique nadie. Pero el que está adentro, el que manda a sus hijos al ejército y se queda despierto hasta que vuelven, ese no es el enemigo. Es el hermano.
A los que gritan traidor con tanta facilidad les pido que miren quién está sentado enfrente. A los que gobiernan y a los que aspiran a gobernar, de un lado y del otro, les pido algo más duro: que dejen de convertir el dolor de un pueblo en munición de campaña.
Y a nosotros, a los sionistas de acá y de todas partes, a los que sentimos cada muerte como propia aunque la distancia nos tape la boca, nos pido por favor que no nos dejemos arrastrar. Que no repitamos la pelea de los de adentro. Que no le hagamos el trabajo al que nos quiere ver divididos.
Porque como dice Martín Fierro:
“Los hermanos sean unidos,
porque esa es la ley primera;
tengan unión verdadera
en cualquier tiempo que sea,
porque si entre ellos pelean
los devoran los de afuera.”
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