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LA COBARDÍA DE NO DECIR LAS COSAS POR SU NOMBRE

Escrito por Gustavo

Vivimos rodeados de eufemismos. Es casi cómico ver el pánico que da incomodar a los violentos. Caminas por cualquier calle y ves multitudes marchando, pidiendo a gritos barrer del mapa al único Estado judío. Pero en los informativos, con una delicadeza que estremece, a los herederos ideológicos del Tercer Reich se les llama “antisionistas”. Algunos, en un ataque de valentía, les dicen “antisemitas”. Rara vez se usa el término correcto. Es el pánico de las redacciones a llamar a las cosas por su nombre. Y la hipocresía alcanza niveles de arte. Quienes hoy exigen a viva voz que se respete el derecho de los pueblos originarios a vivir en su tierra ancestral, sufren una amnesia selectiva cuando se trata de Judea. Olvidan que en el año 135 el emperador romano Adriano, para aplastar la rebelión y borrar toda huella judía, rebautizó la zona como Palestina. Los judíos siguen allí, en su tierra histórica. Pero, claro, la historia siempre empieza el día que mejor encaja en el relato de turno.

El odio al judío es un bicho que sabe cambiar de piel para no pasar de moda. Durante siglos, el desprecio fue puramente religioso. Era un odio clásico, de espada y cruz. Sin embargo, al llegar la modernidad, odiar por cuestiones de fe empezó a quedar feo en los salones intelectuales europeos. Hacía falta algo que sonara a ciencia. En 1879, un agitador alemán llamado Wilhelm Marr decidió que “antijudío” era un término demasiado rústico y lo cambió por “antisemitismo”. Sonaba técnico, racial, casi higiénico. Ese fue el caldo de cultivo para el Caso Dreyfus y, décadas después, para el Holocausto. Vale la pena recordar un dato incómodo: durante la Segunda Guerra Mundial, ningún ejército aliado gastó una sola bomba en destruir las vías de los trenes que iban a los campos de exterminio. Zeev Jabotinsky ya lo advertía cuando explicaba que existía un “antisemitismo de las cosas”, un mecanismo objetivo e ineludible que, sumado al odio subjetivo de los hombres, asfixiaba a los judíos europeos. El mundo miró al techo hasta que las chimeneas se apagaron. Después de Auschwitz, ser antisemita quedó mal visto. Hacía falta un traje nuevo.

La excusa perfecta llegó cuando el pueblo judío se cansó de pedir permiso para no morir y defendió su independencia. Así, el viejo odio se maquilló de “antisionismo”. Hoy, esa etiqueta te da un pase libre de moralidad en cualquier universidad prestigiosa. Repiten “desde el río hasta el mar”, que no es más que la reedición moderna de los manuales de propaganda de Goebbels. Ante esto, la respuesta no puede ser la disculpa constante. Jabotinsky hablaba del “Hadar”, esa dignidad innegociable que nos recuerda que todo judío desciende de setenta generaciones de personas que leían y debatían cuando otros pueblos apenas balbuceaban. La peor trampa de la diáspora es que el mundo te convenza de que eres ciudadano de segunda. Seguir llamando “críticos de Israel” a quienes esconden su sed de sangre detrás de banderas universitarias es rendirse. No son activistas incomprendidos. Son neonazis con buena prensa y un vocabulario actualizado. Ya va siendo hora de guardar los eufemismos y usar el bisturí para cortar la mentira de raíz.

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Gustavo

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