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El Sionismo presentado como enfermedad mental

Escrito por Gustavo

Antes de comenzar, permítanos presentarle a la protagonista de esta historia.

Su nombre es Lara Sheehi. Libanesa, de origen druso. Se licenció en la Universidad Americana de Beirut en 2006 y llegó a los Estados Unidos para hacer su doctorado en psicología clínica en la George Washington University, donde se graduó en 2010. Ciudadana libanesa con doble ciudadanía canadiense, construyó su carrera entera dentro del sistema académico norteamericano. Desde 2017 fue profesora asistente de psicología clínica en esa misma universidad donde se había formado, y fundó allí el llamado Laboratorio de Psicoanálisis y el Mundo Árabe.

En enero de 2023 alcanzó la cima de su trayectoria institucional: se convirtió en la primera árabe libanesa en presidir la División 39 de la Asociación Americana de Psicología, la Sociedad de Psicoanálisis y Psicología Psicoanalítica, una de las divisiones más influyentes de la organización profesional de psicólogos más grande del mundo.

En 2024, acusada por sus propios estudiantes judíos de discriminación y antisemitismo, dejó la George Washington University y aceptó un cargo en el Instituto de Doha. En Qatar. Financiada por el Estado catarí. Qué casualidad.

Desde allí, Lara Sheehi continúa ejerciendo lo que ella llama antisionismo. Nosotros lo llamamos por su nombre: antijudaísmo.


Hay instituciones que caen de golpe. Y hay instituciones que caen de a poco, en silencio, mientras nadie mira. La Asociación Americana de Psicología —la APA, 172.000 miembros, la organización de profesionales de la salud mental más grande del planeta— lleva años cayendo de la segunda manera. Y recién ahora el gobierno federal de los Estados Unidos decidió mirar.

El 17 de junio de 2026, el Departamento de Salud y Servicios Humanos abrió una investigación formal contra la APA por antisemitismo. La denuncia fue presentada por el Centro Brandeis de Derechos Humanos, que en su escrito no usó eufemismos: la APA, dijo, se ha convertido en “uno de los peores exponentes del antisemitismo y la ideología extremista en el campo de la salud”. Una organización que recibe millones de dólares en financiamiento federal anualmente.

Pero esta historia no empieza en junio de 2026. Empieza mucho antes. Empieza cuando Lara Sheehi, con credenciales académicas y créditos profesionales avalados por la institución, diagnosticó al sionismo —es decir, al derecho del pueblo judío a existir como nación— como una psicosis.

Lo que hizo Sheehi dentro de la APA no fue un accidente ni una opinión aislada. Fue parte de un proceso sistemático de captura ideológica de una institución científica, usando el lenguaje de la psicología para legitimar el odio. El mismo proceso, con los mismos mecanismos, que la historia ya registró una vez. En los años treinta del siglo pasado, las primeras instituciones académicas en ser capturadas por el nazismo no fueron las facultades de derecho ni las de historia. Fueron las de medicina y psicología. Porque quien controla el diagnóstico, controla la definición de lo normal y lo patológico. Controla quién está sano y quién está enfermo. Controla, en última instancia, quién merece existir.

En la Alemania de 1933, los judíos fueron primero patologizados antes de ser perseguidos. En la APA de 2023, el sionismo —la identidad nacional judía— fue diagnosticado como psicosis de colono por alguien con cargo oficial, en cursos con créditos académicos, frente a estudiantes que no tenían otra opción que escuchar.

La diferencia de escala es real. La diferencia de método, no.

Mientras Sheehi enseñaba, la APA miraba para otro lado. Cuando 3.556 profesionales de la salud mental —en su abrumadora mayoría judíos, porque el resto prefirió el silencio— firmaron una carta exigiendo que la organización actuara, la APA no acusó recibo durante meses. Cuando el Congreso investigó, la respuesta institucional fue tibia. Cuando los estudiantes judíos de la George Washington University denunciaron a Sheehi por discriminación, la universidad la exoneró. Ella siguió en su cargo. Siguió dando clases. Siguió acumulando cargos.

Hasta que se fue sola. A Qatar. Financiada por el Estado catarí. Desde donde hoy sigue ejerciendo lo que ella llama antisionismo, y nosotros llamamos por su nombre: antijudaísmo.

Ahora el gobierno federal investiga. Ahora el Centro Brandeis pide que la APA sea obligada a cumplir las leyes federales de derechos civiles que ya estaban vigentes cuando todo esto ocurría. Ahora hay consecuencias posibles: la APA podría perder su financiamiento federal.

Ahora. Después de años.

Pero hay algo que la investigación federal no va a resolver. Algo que ningún fiscal puede deshacer.

Lara Sheehi ya no está en la George Washington University. Está en Qatar. Pero sus cursos siguen circulando. Sus estudiantes ya se graduaron. Ya tienen licencia. Ya atienden pacientes. Ya enseñan en otros programas. La semilla que ella plantó no estaba en ella: estaba en ellos.

La APA acredita 438 programas doctorales en todo el territorio de los Estados Unidos. Son esos programas los que forman a quienes mañana trabajarán en hospitales, en escuelas, en agencias federales, en tribunales, en las fuerzas armadas. La acreditación de la APA es requisito para obtener licencia en la mayoría de los estados. Es decir: quien controla la APA, controla quién puede ejercer la psicología en América.

Y durante años, quienes controlaban partes decisivas de esa institución enseñaban que el sionismo es una psicosis. Con créditos académicos. Con aval institucional. Con el sello de la organización más grande de psicólogos del mundo.

El gobierno federal que hoy investiga a la APA es el mismo gobierno cuyos cuadros futuros se están formando ahora mismo en esas aulas. La conquista no se hace siempre con ejércitos. A veces se hace con currículos. A veces se hace en silencio, durante décadas, en los salones donde se forma a quienes un día decidirán qué es sano y qué es patológico, qué merece protección y qué merece tratamiento.

Lo sembraron en silencio. Lo están cosechando en silencio. Y cuando el gobierno federal de hoy ya no esté, quién sabe quién ocupará su lugar.

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Gustavo

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