Hay un dicho criollo que dice que el que no llora no mama. En el Golfo Pérsico encontraron la vuelta: lloran, mucho, ante cualquier cámara que se les acerque, pero la teta que terminan mamando no es la propia, es la de Washington, y el biberón viene con forma de portaaviones. Mientras los radares iraníes detectan firmas de aviones que llegan desde dos mil kilómetros de distancia, en las pistas de Dhahran, Tabuk, Al Dhafra y Abu Dabi hay trescientos diez cazas de cuarta generación —doscientos treinta F-15 sauditas, ochenta F-16 y Mirage emiratíes— estacionados, lustrados, con el tanque lleno y el piloto, imagino, viendo Netflix. Es el ejército más caro del mundo jugando a las estatuas.
Cría cuervos y te sacarán los ojos, vendé F-15 y te sacarán… nada
Donald Trump, que en mayo firmó con Riad un acuerdo de defensa por ciento cuarenta y dos mil millones de dólares (con M, para que no haya confusiones, son más ceros que en la lotería de Navidad), debería empezar a sospechar que le vendió un arma a un señor que solo quiere colgarla arriba de la chimenea. Porque Arabia Saudita tiene la tercera flota de F-15 más grande del planeta, detrás de Estados Unidos y Japón, y la usa con el mismo fervor combativo que Japón, es decir, cero. La diferencia es que Japón tiene una constitución pacifista redactada por el general MacArthur que se lo prohíbe. Arabia Saudita no tiene esa excusa. Tiene, en cambio, algo mucho más eficiente: la certeza de que, si las papas queman, va a aparecer un F-35 israelí o un destructor norteamericano a hacer el trabajo sucio. Para qué ensuciarse las manos si el vecino tiene guantes.

El que parte y reparte (las baterías Patriot) se queda con la mejor parte
Vamos a la cuenta, que es lo que a Trump más le gusta, porque ahí es contador antes que presidente. Israel, con una fuerza aérea que en F-15 y F-16 combinados no llega a los doscientos cincuenta aviones —menos de lo que sauditas y emiratíes suman entre los dos—, más cuarenta y cinco F-35I operativos que ningún país del Golfo tiene todavía ni en folleto, hizo lo que ni Riad ni Abu Dabi se animan a hacer ni para defender su propio patio: cruzó medio Oriente Medio, voló dos mil kilómetros, neutralizó baterías antiaéreas iraníes, golpeó el programa nuclear y volvió a casa a dormir la siesta. Con aviones, en promedio, más viejos que los que descansan en los hangares del Golfo. La diferencia no es de fierros, es de códigos. Y los códigos no figuran en el contrato de venta de Boeing, por más letra chica que tenga.
Vecino de enfrente, pero con el control remoto en la mano
Lo más gracioso —si la palabra “gracioso” todavía entra en una frase donde hay misiles balísticos de fondo— es que Arabia Saudita y los Emiratos no están lejos del alcance iraní. Están en la puerta de al lado. Sus refinerías, sus terminales de gas, sus rascacielos de cristal en Dubái, todo eso vive bajo el mismo paraguas de misiles Shahab y Fateh que apunta a Israel. Y sin embargo, cuando ese paraguas se abre, la respuesta de Riad y Abu Dabi es la del vecino que escucha gritos en la casa de al lado y, con mucha prudencia, sube el volumen del televisor. Que se ocupe la Fuerza Aérea de Israel. Que se ocupe la Quinta Flota. Que se ocupe cualquiera, siempre que no figure el escudo nacional propio en la noticia. Es el manual de convivencia perfecto: “no te metas, total, ya te están defendiendo gratis”.

El monje que predica pobreza desde un Rolls Royce
Y acá Trump se lleva la peor parte del chiste, porque su “America First” termina, en los hechos, subsidiando a los socios más caros y menos combativos del planeta. El mismo presidente que se jactó de no querer “gastar combustible en un B-2” por Irán, le firma a Riad cheques de cientos de miles de millones para que tenga F-15SA del último modelo y la opción de comprar setenta y dos Eurofighter más. Aviones que cumplen, en la práctica, la misma función estratégica que un cuadro de Rembrandt colgado en el living: dan prestigio, no dan seguridad colectiva, y nadie pretende que el cuadro salga a pelear. Mientras tanto, el socio que sí entra en combate, que arriesga pilotos y que de paso le hace el trabajo sucio a toda la región —Golfo incluido—, lo hace con una flota más chica y más vieja, y sin que desde Riad le manden ni una tarjeta de Hanukkah agradeciendo el gesto.
Cuando el avestruz mira para abajo, también es una postura geopolítica
La conclusión, para los que todavía creen en el cuento de la “gran coalición regional contra Irán”, es simple e incómoda: esa coalición existe en los comunicados de prensa, en los stands de la feria de armas de Dubái y en las fotos de Trump dándole la mano a un príncipe con sonrisa de catálogo. En el cielo, donde realmente importa, no existe. En el cielo, cuando hay que pelear, hay una sola bandera, y no es ni la verde-blanca-negra saudita ni la roja-verde-blanca-negra emiratí. Trump puede seguir vendiendo aviones al Golfo con la conciencia tranquila de haber generado empleo en Missouri y en Georgia. Lo que ya no puede seguir vendiendo, ni a su electorado ni a nadie, es la idea de que esos trescientos diez aviones estacionados representan disuasión. Disuasión es lo que hace Israel, todas las noches, volando solo, mientras los demás —parafraseando a María Elena Walsh— viven en el reino del revés, donde el que tiene más aviones es justamente el que menos vuela.
Texto: Gustavo Beitler con Claude (Anthropic). Imágenes: Gemini (Google).

