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El pecado de Lapid: Cuando el odio a Netanyahu supera el amor por Israel

Escrito por Gustavo

La historia de la supervivencia judía no es amable. Nunca lo fue. Está escrita bajo presión, y siempre dice lo mismo: cuando el asedio viene de afuera, lo único que sostiene todo en pie es la solidez interna. No la unanimidad. Eso jamás existió. Sino la capacidad de entender que hay momentos en los que la discusión deja de ser un ejercicio sano y empieza a tener consecuencias.
En ese contexto, la decisión del gobierno de Italia de suspender la cooperación militar con Israel no es un detalle técnico ni una diferencia más entre aliados. Es una decisión política tomada en medio de una guerra. Y eso, en cualquier lugar serio, obliga a tomar posición.
La reacción de Yair Lapid fue otra cosa. El jefe de la oposición declaró: “La decisión de Italia es un fracaso vergonzoso de la diplomacia de Netanyahu… estamos perdiendo a nuestros aliados naturales”. No es solo una crítica. Es una forma de ordenar los hechos. Y también una forma de desordenarlos.

Porque cuando un socio decide alejarse en pleno conflicto, hay más de una manera de leerlo. Podés preguntarte por qué lo hace. O podés asumir que, en el fondo, tenía motivos suficientes y que la explicación está en casa. Lapid eligió lo segundo.
Y ahí aparece el problema de fondo. Porque en ese encuadre, Italia deja de ser el actor que toma distancia en un momento crítico y pasa a un segundo plano. La decisión externa pierde peso y el centro de gravedad se desplaza hacia Israel, como si el problema no fuera que un aliado decide correrse en medio de una guerra, sino que Israel no supo evitarlo. Eso no es un matiz. Es un cambio de eje.
Y es, además, una forma profundamente irresponsable de intervenir en el debate público en un momento en el que lo que está en juego no es una ventaja electoral, sino la posición del país frente a actores que no necesitan demasiadas excusas para tomar distancia. Los Estados no se mueven por simpatía. Se mueven por interés. Y cuando perciben fisuras, no suelen ignorarlas. Las usan. Ajustan su posición, recalculan y avanzan donde ven margen. En ese juego, las palabras importan. Y más todavía cuando vienen de adentro.

Porque lo que se dice en Jerusalén no queda en Jerusalén. Se replica, se amplifica y termina alimentando exactamente las narrativas que buscan mostrar a Israel cada vez más aislado. No hace falta mala intención para que eso ocurra. Pero sí hace falta una notable falta de responsabilidad para ignorarlo.
El problema no es la crítica. Israel se construyó discutiendo y va a seguir haciéndolo. El problema es cuando esa crítica se formula de manera tal que convierte cada gesto adverso del exterior en una confirmación automática de fallas propias, dejando intacta, y en la práctica justificada, la decisión de quien, en ese mismo momento, está tomando distancia. Ahí es donde la línea se cruza.
Porque una cosa es discutir hacia adentro y otra muy distinta es ofrecerle al de afuera un argumento que no necesitaba construir por sí mismo. Y eso es exactamente lo que ocurre cuando la prioridad deja de ser la defensa de la posición del país y pasa a ser la necesidad de golpear al adversario político, incluso si el costo lo paga Israel.
Mientras tanto, la diplomacia israelí sigue moviéndose en un terreno complejo, con avances que no siempre se ven y tensiones que tampoco desaparecen. Pero todo eso pierde espesor cuando el debate interno se degrada al punto de hacer coincidir el relato propio con el relato de quienes no necesitan demasiado esfuerzo para empujar en esa dirección.
Israel nunca dependió de la ausencia de desacuerdos. Su fortaleza siempre estuvo en la capacidad de sostenerlos sin que se transformen en una ventaja para quienes buscan debilitar su posición.

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Gustavo

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