Por Yair Filipiak (@sionista_uruguayo en IG)
La memoria en los vidrios
Alemania, noviembre de 1938. El frío de la noche no era lo que hacía tiritar a la niña. Tenía los dedos apretados contra la mano de su padre, sintiendo una tensión que nunca antes había percibido en ese hombre que solía ser su refugio. Caminaban despacio, esquivando las sombras y el crujido metálico de las botas sobre el pavimento. Al doblar la esquina, el aire se volvió denso, cargado de un olor agrio a humo, madera quemada y cuero chamuscado. Lo que quedaba de la mueblería de la familia no era más que un esqueleto desvalijado. Las vidrieras, que el día anterior exhibían con orgullo el trabajo de meses, se habían transformado en una alfombra de cristales rotos que reflejaba el fuego de las antorchas a lo lejos. Esa niña era mi tía Vera. El hombre que la sostenía para que no tropezara entre los escombros de su propia vida era mi abuelo Enrique (Henryk en alemán).
La noche de los cristales rotos no empezó con las deportaciones masivas; empezó mucho antes, cuando se volvió aceptable señalar con pintura las fachadas de los comercios y decirle a la población qué lugares eran puros y cuáles estaban contaminados. Mi abuelo Enrique logró escapar de ese infierno junto a mi abuela y a la pequeña Vera. Cruzaron el océano buscando el último rincón de sensatez en el mapa y llegaron a Uruguay, un país que los recibió con los brazos abiertos, con la promesa de una cultura protectora y una convivencia pacífica que parecía blindada contra la barbarie europea. Hoy, los tres descansan en la paz definitiva del Cementerio Israelita de La Paz. A veces pienso en ellos. Si una tarde cualquiera resucitaran, caminaran por el centro de Montevideo y vieran en qué estamos transformando su amado país de acogida, se volverían a morir, esta vez de pura tristeza.

La coincidencia de mayo
El pasado de la Europa totalitaria y el presente de nuestra modesta República Oriental chocaron de frente esta semana. Mientras en Jerusalén se conmemoraba el Yom Yerushalaim, celebrando la reunificación de una ciudad que es el corazón latente de la memoria judía de más de 3000 años de presencia ininterrumpida dentro de sus muros, las calles de Montevideo se llenaban de banderas y consignas para conmemorar setenta y ocho años de la Nakba. No es una casualidad cronológica; es la perfecta escenificación del reciclaje del odio que ya adelantamos en estas mismas páginas al desarmar la quimera palestina.
La marcha de este mayo de 2026 en Montevideo no fue un acto de recuerdo histórico ni una muestra espontánea de solidaridad humanitaria. Fue una demostración de fuerza ideológica de los sectores más radicalizados de la izquierda local, un ejercicio de catarsis colectiva donde la complejidad del Medio Oriente se reduce a una pancarta bilingüe y a un cántico de asamblea estudiantil. Lo alarmante no es que la gente marche solidariamente con un pueblo, sino la retórica de eliminación, de exterminio, de intención genocida oculta en un genocidio falso y de cartón, que se ha naturalizado en el discurso público uruguayo. Bajo el paraguas políticamente correcto de la defensa de los derechos humanos, lo que realmente se opera en estas movilizaciones es la validación de un relato que niega el derecho a la existencia del otro.

El peligro del primer adhesivo
Es en este caldo de cultivo donde ha germinado la última y más peligrosa iniciativa de los colectivos locales alineados con el movimiento global de Boicot, Desinversión y Sanciones. Se trata del lanzamiento oficial de la campaña para declarar Espacios Libres de Apartheid y Genocidio en Uruguay, ¿notás el paralelismo con la Noche de los Cristales Rotos? Todavía no vemos los carteles pegados en las vidrieras de las librerías de Tristán Narvaja ni en las puertas de los cafés del Cordón, pero la maquinaria institucional ya se puso en marcha. Los formularios digitales están listos y las directivas gremiales ya debaten cómo aplicar esta nueva taxonomía moral.
El paralelismo histórico con la tragedia de mi propia familia no es una exageración retórica ni un arranque de susceptibilidad. Es una advertencia estructural. Cuando una sociedad acepta que un grupo de militantes se abrogue el derecho de catalogar qué comercios, qué centros culturales o qué aulas universitarias son ideológicamente aptos y cuáles deben ser señalados, está abriendo una puerta que después no va a poder cerrar. La distancia entre el formulario digital que declara un local libre de la influencia sionista y la piedra que rompe el vidrio de un negocio cuyo dueño profesa la fe judía o simplemente no se pliega al dogma de turno, es espantosamente corta. Hay que tener una memoria histórica sumamente corta o una frivolidad intelectual alarmante para no sentir un frío en la espalda cuando se empiezan a etiquetar comercios y centros de estudio. Cambian las tecnologías y las tipografías, pero la pulsión segregacionista sigue siendo exactamente la misma. Todo prolijamente diseñado y registrado en IPhones y guardado en pen drives (tecnologías israelíes que seguramente no serán boicoteadas por pura conveniencia), o lo que es peor, son los mismos que digitan sus proclamas humanitarias desde teléfonos fabricados en condiciones de semi-esclavitud en regímenes autoritarios asiáticos, mientras visten ropa confeccionada en talleres clandestinos que prefiere no investigar nadie.

La franquicia del odio de diseño
Miremos el asunto con un poco de rigor analítico, despojando la discusión del sentimentalismo de asamblea. Una declaración de “Espacio Libre de Apartheid” en una cafetería de Montevideo no altera un milímetro el equilibrio de poder en el Medio Oriente. No mueve una sola pieza en el tablero de Jerusalén, no detiene un tanque, ni alivia el sufrimiento real de un civil en la Franja de Gaza. Lo que sí logra, con una precisión quirúrgica alarmante, es alterar la convivencia aquí mismo, en nuestras propias calles. Su verdadero objetivo no es geopolítico, es doméstico. Consiste en segregar, en trazar una línea invisible pero implacable que le advierte a un grupo específico de ciudadanos que su pertenencia a la comunidad está condicionada. Si querés entrar, tenés que pasar un test de pureza ideológica.
Si analizamos el fenómeno desde una perspectiva geopolítica más amplia, descubrimos que Uruguay está importando una franquicia de diseño intelectual manufacturada en los campus más privilegiados de Occidente. El movimiento BDS no busca solucionar el conflicto en el terreno, busca trasladar la guerra cultural a cada rincón del planeta. Su estrategia es perezosa pero sumamente eficaz en sociedades con baja densidad de debate intelectual. Consiste en ofrecerle al ciudadano común una dosis rápida de superioridad moral a cambio de un gesto mínimo, como no comprar un producto o pegar un adhesivo en la puerta.
Uruguay construyó su estabilidad sobre la base de un laicismo militante que entendía que los conflictos religiosos y nacionales extranjeros debían quedar en la frontera. Éramos la Suiza de América no por la riqueza de nuestros bancos, sino por la sobriedad de nuestras pasiones políticas y en nivel cultural de nuestra gente. Al institucionalizar estas campañas de boicot en sindicatos de la enseñanza y gremios universitarios, estamos rompiendo ese pacto fundacional. Estamos permitiendo que el aula donde se debería enseñar a pensar se transforme en el tribunal donde se decide a quién excluir.

El retorno del fantasma
Vos y yo sabemos perfectamente cómo termina este juego de la pureza ideológica. Comienza con una declaración abstracta de solidaridad, sigue con el señalamiento de las instituciones que no se adhieren al manifiesto y termina con el aislamiento social de los individuos que pertenecen al grupo demonizado. El antisemitismo clásico siempre necesitó una justificación respetable para su época, en el medioevo fue la religión, en el siglo veinte fue la raza y en el veintiuno es el sionismo. El envase cambia, pero el contenido sigue siendo el mismo prejuicio rancio que obligó a Enrique y a Vera a mirar cómo se quemaba su mueblería en la noche alemana.
No nos engañemos pensando que esto es una simple travesura de jóvenes idealistas con demasiado tiempo libre y poco conocimiento de historia. Cuando el aparato cultural y sindical del país valida la creación de listas negras de espacios aptos, la línea de la decencia democrática se ha quebrado de manera silenciosa. La tolerancia uruguaya se está convirtiendo en una cáscara vacía, un eslogan turístico para un país que empieza a mirar de reojo el apellido de sus ciudadanos antes de dejarlos entrar a tomar un café.
Como suelo decir: La historia nunca se repite del todo, pero le encanta rimar, y en este rincón del sur la música empieza a sonar espantosamente conocida.

Referencias y bibliografía
- Filipiak, Y. (2026). La quimera palestina y el reciclaje del odio. Historia y Noticias, archivo digital, 17 de mayo de 2026.
- Gilbert, M. (2006). Kristallnacht: Prelude to Destruction. HarperCollins. Análisis histórico sobre la transición del boicot económico a la violencia física en la Alemania nazi.
- La Diaria (2026). A 78 años de la Nakba, hubo marcha en Montevideo contra el genocidio en Palestina. Sección Política, edición del 15 de mayo de 2026.
- La Izquierda Diario (2026). Contra el genocidio. Se lanzó campaña Espacios Libres de Apartheid y Genocidio en Uruguay. edición del 15 de mayo de 2026.
- Movimiento BDS Uruguay (2026). Plataforma de lanzamiento y bases programáticas de la campaña Espacios Libres de Apartheid y Genocidio. Documento de trabajo interno de las organizaciones convocantes, Montevideo.
Sznajder, M. & Roniger, L. (2009).The Politics of Exile in Latin America. Cambridge University Press. Estudio sobre el impacto de las corrientes migratorias europeas y la importación de conflictos políticos en el Cono Sur.

Henryk Neumark

