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Crossroads a los 40: El culto que los críticos de cine no supieron escuchar.

Escrito por Gustavo

Hay películas que revientan la taquilla y se evaporan de la conversación cultural a los tres meses. Otras fracasan de manera estrepitosa, reciben la extremaunción de la crítica y terminan encontrando una segunda vida, mucho más justa, lejos de los focos de Hollywood. Crossroads (bautizada en estos lados por los siempre iluminados traductores como Encrucijada) pertenece por derecho propio a esa segunda categoría.

Han pasado 40 años y algunos días desde aquel 14 de marzo de 1986 en que llegó a las salas. Los números iniciales fueron devastadores: con un presupuesto cercano a los 14 millones de dólares, apenas logró rasguñar unos melancólicos 5,8 millones en los cines estadounidenses. Para cualquier burócrata de estudio, aquello era el certificado de defunción de un pésimo negocio. Sin embargo, la industria siempre esconde un truco bajo la manga. Lo que la taquilla oficial le negó en su momento, el living de las casas se lo devolvió con intereses. Gracias al posterior boom de los videoclubes y el VHS, las reediciones en DVD, el cable y el peaje actual del streaming, la película lleva cuatro décadas facturando en la sombra. Ese goteo constante y silencioso recuperó con creces la inversión. Los balances contables la condenaron; los espectadores la absolvieron.

La propia existencia del proyecto desnuda la pereza corporativa de Hollywood, esa manía de confundir una fórmula rentable con una buena historia. Ralph Macchio venía de convertirse en una mina de oro mundial gracias a The Karate Kid en 1984. Desde las oficinas de Columbia Pictures la ecuación pareció ridículamente sencilla: tomemos al chico de moda, emparejémoslo con un viejo maestro negro que le enseñe los secretos de la vida (Joe Seneca ocupando el lugar del Señor Miyagi), reemplacemos el karate por una Fender Telecaster y cambiemos el torneo de artes marciales por un duelo musical. Sobre el papel, era un robo seguro. La fórmula falló en las salas, pero lo irónico es que ese producto derivado terminó desarrollando una identidad propia y una resistencia física que ya quisieran los éxitos prefabricados de aquella temporada.

Hoy resulta fácil colgarle el cartel de obra maestra para melómanos. En 1986, la historia fue muy distinta. Los paladares exquisitos de la prensa especializada la recibieron con absoluto desconcierto, despachándola con reseñas tibias o directamente negativas. Los críticos, siempre tan ocupados en sus manuales de estilo, no supieron qué hacer con una película que mezclaba una road movie adolescente con la mitología más espesa y oscura del blues. Pero el tiempo es el único crítico que sabe lo que hace. La cinta ignoró los suplementos culturales y encontró a su verdadero público en el boca a boca de los músicos, los guitarristas de sótano y los coleccionistas de video.

Para entender el peso real de la obra hay que mirar sus cimientos. La trama juega con una de las narraciones más persistentes de la cultura occidental: venderle el alma al diablo a cambio de un talento inigualable. Y no, lamento romper la ilusión, pero esto no lo inventó un blusero en el Mississippi. El mito del cruce de caminos es una herencia directa de la Europa medieval, un reciclaje de los pactos fáusticos y la brujería, exportado y adaptado a la América profunda.

El hombre que terminó encarnando esta leyenda en el barro estadounidense fue Robert Johnson. Pocas figuras ejercieron una influencia tan gigantesca sobre la música popular dejando tan poco rastro en el estudio. Johnson grabó apenas 29 temas históricos en un breve período de tiempo antes de morir en circunstancias misteriosas. Su trágico final lo convirtió en el paciente cero del macabro “Club de los 27”. Para poner el mito en perspectiva histórica: cuando Johnson bajó a la tumba a esa edad maldita en 1938, figuras como Jimi Hendrix, Janis Joplin o Jim Morrison ni siquiera habían nacido. Él inauguró un linaje de oscuridad que décadas más tarde completaría ese listado de cerca de 70 nombres que cierra con Kurt Cobain. Cuatro nombres que bastan para dimensionar el peso de esa herencia.

Pero la película no se sostiene solo en el fantasma de Johnson. El viejo músico que acompaña al muchacho en su viaje es Willie Brown, apodado en la historia “Blind Dog Fulton”. Lejos de ser una invención de los guionistas, Willie Brown fue un músico real y amigo íntimo de Johnson. De hecho, en la mítica grabación original de Cross Road Blues, se escucha a Johnson cantar claramente: “puedes correr, dile a mi amigo Willie Brown”. La cinta toma ese pequeño registro histórico y lo convierte en el motor de su guion.

Y así llegamos al clímax indiscutido de la película: el duelo final de guitarras. Una secuencia que funciona como un choque cultural perfectamente diseñado desde la utilería. Eugene sube al escenario aferrado a una Fender Telecaster color crema, gastada y golpeada, el símbolo del trabajador de la música de raíces. Jack Butler lo espera empuñando una Jackson roja brillante, puntiaguda y agresiva; el emblema máximo del exceso, el narcisismo y el metal de los ochenta. Es la guerra visual de dos épocas chocando en un escenario oscuro.

En pantalla vemos a Ralph Macchio interpretando a Eugene Martone. Aquí la ironía comercial alcanza su pico máximo: antes de firmar el contrato, Macchio no tenía experiencia real con el blues ni con la guitarra. Era una estrella juvenil salida de las revistas adolescentes, no un músico formado en el Delta. Sin embargo, su profesionalismo fue implacable. Hizo los deberes y aprendió a la perfección las posiciones de los dedos, estudiando meticulosamente junto al propio Steve Vai para que la ilusión visual del duelo fuera irreprochable.

Pero la verdadera historia de Crossroads se escucha más de lo que se ve, y el audio revela que las manos pertenecen a un verdadero comité de crisis musical. El arquitecto principal fue Ry Cooder. Mucho más que un sesionista contratado, Cooder fue el productor de la banda sonora y el tipo que le inyectó la credibilidad cruda necesaria a una película que corría el riesgo de convertirse en una caricatura juvenil. Las partes de blues tradicional y las secciones de slide guitar surgieron de sus dedos. Las interpretaciones clásicas del inicio, en cambio, fueron grabadas por William Kanengiser, un reconocido guitarrista especializado en repertorio académico.

Esa misma búsqueda de autenticidad se extendió al otro instrumento vital de la historia: la armónica de Willie Brown. Hollywood no iba a permitir que Joe Seneca soplara al azar frente al micrófono. El encargado de grabar esas líneas fue Sonny Terry, un músico ciego y un gigante absoluto del Piedmont blues. El aliento cansado y real de Terry es lo que termina de darle ese peso indiscutible a la cinta.

Y entonces aparece la gran trampa de la producción. Steve Vai no solo grabó las líneas correspondientes a Jack Butler, el sicario del infierno. También ejecutó las partes de guitarra eléctrica que corresponden a Eugene durante el frenético desenlace de velocidad. Básicamente, Steve Vai entró al estudio de grabación y se batió a duelo a muerte consigo mismo.

Lo que hace aún más brillante esta secuencia es el origen de la famosa melodía que define la victoria final: Eugene’s Trick Bag. Esa pieza es una adaptación acelerada del Capricho Número 5 de Niccolò Paganini. La elección no fue casual. En el siglo XIX, el virtuosismo de Paganini con el violín era tan irreal para la época que la leyenda popular afirmaba, exactamente igual que con Robert Johnson, que había hecho un pacto con el demonio. En resumen: el protagonista derrota al diablo usando la música de otro genio acusado de venderle el alma a Satanás. Un círculo poético perfecto que los críticos de cine ni siquiera registraron.

A esto se suma una contradicción narrativa hermosa que los puristas del género odian en silencio. Toda la película construye durante más de una hora una defensa apasionada de la autenticidad del blues. Eugene busca las raíces, la esencia, el alma del Delta. Sin embargo, cuando llega el momento decisivo de salvar su vida, el blues no le sirve. Se queda sin ideas frente al aluvión de notas de Jack Butler y termina ganando el combate abandonando el Mississippi para refugiarse en la hiper-técnica clásica europea. El clímax se resuelve rindiéndose ante el virtuosismo comercial que el propio blues suele mirar con recelo. Una paradoja magnífica.

No hay manera honesta de hablar de esta película sin rendirse ante el talento de Steve Vai. Apenas habla, pero su actitud, su estética del averno y su técnica destrozaron a la competencia; él se quedó con la película. Su impacto fue tan quirúrgico que figuras como Mark Tremonti (Creed, Alter Bridge) o John 5 (Mötley Crüe) han confesado en medios especializados que ver a Jack Butler escupir fuego en esa pantalla fue la patada definitiva que los obligó a obsesionarse con el instrumento y dedicar su vida a las seis cuerdas.

La mística de Crossroads saltó del celuloide al mundo real y llegó a golpear la puerta de la mismísima realeza musical. Eric Clapton quedó tan enganchado con el concepto que creó un evento benéfico masivo robándose el nombre y la esencia: el Crossroads Guitar Festival. Y como la ironía es caprichosa, el propio Steve Vai terminó pisando ese escenario, uniendo definitivamente el mito de la ficción con el Olimpo real de la guitarra.

La prueba de que la película respira no está en los análisis retrospectivos. Quien escribe estas líneas tuvo el privilegio de ir a ver a Steve Vai en vivo en el Keswick Theatre, allí a las afueras de Filadelfia. En medio del asombro por el recital, ocurrió algo mágico: la pantalla gigante del fondo empezó a proyectar las imágenes del icónico duelo de 1986. Allí estaba Vai, cuatro décadas después, ejecutando la música en vivo, nota por nota, frente a un público que se quedaba sin aire.

A 40 años de su estreno, Crossroads ya no es una simple película sobre un muchacho rastreando una canción perdida de Robert Johnson. Es un documento antropológico de la cultura de la guitarra eléctrica, una superstición medieval con campera de cuero y la prueba definitiva de que negociar con el diablo en un cruce de caminos sigue siendo la oferta más tentadora del rock.

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