Si cometés la imprudencia de caminar por el centro de Montevideo, o si cedés a la tentación de mirar el teléfono cinco minutos, te vas a chocar con su última genialidad gráfica. Mirá con detenimiento la imagen que ilustra la cabecera de esta nota. Ese afiche convoca a marchar el 15 de mayo bajo el sello de una tal Coordinación por Palestina Uy. Lo que ilustra esa proclama de Nunca más genocidio no es Gaza. No es Cisjordania. Es el mapa entero del Estado de Israel, desde el río Jordán hasta el Mediterráneo, borrado de un plumazo y repintado con colores palestinos. Nos gritan que quieren detener una masacre mientras proponen, con una sinceridad que hiela la sangre, exactamente eso: la aniquilación territorial y demográfica de la única democracia de Medio Oriente. Son entrañables. Te invitan a tomar un té por la paz mientras afilan la guillotina bajo la mesa.
Hacé la prueba. Supongamos que querés saber quiénes pagan esa imprenta. Vas al Ministerio de Educación y Cultura. Buscás su personería jurídica, un balance contable, el acta de sus autoridades. Nada. No existen. Operan bajo sellos de goma sin el más mínimo registro legal. El diseño táctico es perfecto: al ser espectros burocráticos, nadie rinde cuentas por los dólares de la propaganda ni responde ante un juez cuando sus marchas destilan antisemitismo. Tiran la piedra de la incitación, pero la mano es legalmente invisible.
Como no tienen un presidente con cédula de identidad, la maquinaria usa ventrílocuos. El guion original baja de las embajadas de Palestina e Irán, pero la calle montevideana exige acento local. Ahí aparece Christian Mirza, autoproclamado vocero, valdría la pena averiguar en qué pasillo lo votaron. Este cuadro del aparato frentista es el encargado de rociar con perfume académico la barbarie. En la trinchera ruidosa, los nostálgicos del 26 de Marzo ponen los parlantes. Y para hacer bulto, Marcelo Abdala se ajusta la kufiya para la foto, usando la cuota de los trabajadores uruguayos para transformar al PIT-CNT en la sucursal honoraria de Hamás. Sindicalismo de exportación.

Cuando los acorralás, desenfundan su escudo semántico: No soy antisemita; soy antisionista. Un trabalenguas exquisito para no admitir en sociedad que lo que realmente les perturba es que el judío respire, tenga un Estado y se defienda. Lloran por los derechos humanos en Gaza, pero miran el techo frente a los paredones de fusilamiento en Cuba o las mujeres ahorcadas en las grúas de Teherán. Su indignación moral tiene código postal.
Para que esta Inquisición funcione, las garantías deben suspenderse. Y ahí están Óscar Andrade y Constanza Moreira, dictando sentencias de genocidio desde sus bancas. Fungen de fiscales y jueces en un solo acto, operando bajo la premisa más vieja del manual: si el acusado es Israel, la atrocidad es indiscutible.
La política uruguaya, sin embargo, siempre da un paso más allá. La ciencia política habla de la Teoría de la Herradura: los extremos se doblan hasta tocarse. La demostración viva y local de esto es Gustavo Salle. El senador se salteó el progresismo y trajo el discurso de la Alemania de 1930, adaptando a Goebbels a la era de las redes. Habla de la Sinarquía Financiera, del Sionismo Global. Logró el milagro alquímico de reciclar Los Protocolos de los Sabios de Sión cambiando la palabra judío por globalista para esquivar el código penal. Se detesta con el Frente Amplio y el PIT-CNT, pero poneles a Israel sobre el mantel y terminan fundidos en un abrazo que escandalizaría a sus votantes. Unos citan a Marx y el otro grita conspiraciones, pero el blanco es el mismo.
Todo este odio necesita una lavandería para llegar presentable al domingo. Medios como La Diaria y Brecha te empaquetan el antisemitismo con diseño pulido. Caras y Caretas mastica la retórica antioccidental para que los políticos tengan qué repetir, y el megáfono de La Juventud y Radio 36 imprime el veneno sin rebajar.
Este ecosistema nos regala postales sublimes. Fabián Cardozo, expresidente de la Asociación de la Prensa Uruguaya, el hombre que daba lecciones de ética mediática, oficiaba de corresponsal para la maquinaria de desinformación de Putin y hace unos años cruzó el mundo invitado a Irán, con todo pago. Imaginá la poesía de la escena: un periodista occidental agasajado por una teocracia que ejecuta disidentes, recibiendo una tablet de Apple como regalo. Tuitear contra el imperio usando un iPad de los ayatolás es una contradicción superlativa. Pero la revolución exige sacrificios.
A nuestra izquierda le fascina posar de antifascista, pero sufre de una amnesia conveniente. El historiador David Motadel, en Los musulmanes en la guerra de la Alemania nazi, lo documenta de forma irrefutable: la alianza entre el extremismo islámico y el totalitarismo no es nueva. El Gran Muftí de Jerusalén, Amin al-Husayni, se instaló en Berlín en 1941, pisó la alfombra roja de Hitler y colaboró con Himmler reclutando divisiones musulmanas para las SS. Su objetivo no era la paz; era importar el exterminio industrial a Medio Oriente. Los autoproclamados antifascistas uruguayos marchan hoy abrazados a los herederos de aquella siniestra alianza berlinesa.

La estafa perfecta necesita, finalmente, un avalista interno. El judío de la Corte. Si Brecha o La Diaria precisan citar a un israelí, no buscan a un ciudadano de a pie; rascan el fondo para encontrar a Quique Kierszenbaum o levantan un texto de la extrema izquierda. Es la figurita repetida de su relato: el israelí antisionista. Una anomalía psiquiátrica, el equivalente moral a ser negro y pagar la cuota del Ku Klux Klan. Les resulta de una utilidad invaluable, porque la única voz judía que esta inquisición tolera es la que agacha la cabeza pidiendo perdón por existir.
Subiendo a la burocracia gubernamental, el panorama es igual de sombrío. Figuras como nuestro actual canciller, Mario Lubetkin, navegan con maestría las aguas de la complacencia diplomática. Frente al acoso internacional a la existencia del Estado judío, prefiere las piruetas de corrección política antes que defender la legitimidad de su cuna. Juegan a ser los diplomáticos amables, creyendo que por hacerle los mandados al verdugo, el cocodrilo se los va a comer al final.
Zeev Jabotinsky, en La Muralla de Hierro (1923), diagnosticó esta tragedia. Comprendió tempranamente que la paz no se mendiga cediendo dignidad ni pidiendo disculpas por defender la propia casa. A los asimilacionistas que intentaban apaciguar al enemigo ofreciendo la garganta, Jabotinsky les exigía Hadar: orgullo, majestad, dignidad innegociable. Aun humillado, conquistado, pisoteado, soy un rey. Qué lejos estamos de ese rey cuando vemos a quienes prefieren el aplauso fácil de las cancillerías antes que la defensa irrestricta de su identidad.
No te engañes pensando que esto es solo una pose de café montevideano. Al jugar a la revolución desde el Río de la Plata, importaron el odio. Ese veneno destilado desde una radio, una revista o un afiche que borra a Israel del mapa, tiene consecuencias reales que se pagan con sangre.
No es teoría. Ya nos salpicó en nuestra propia casa. Ellos son los verdaderos sembradores de odio, los autores intelectuales del clima que armó el brazo del asesino de David Fremd. La prueba empírica de lo que provocan tiene nombre, apellido y una lápida de mármol en Paysandú: un comerciante judío apuñalado por la espalda a plena luz del día al grito de Alá es grande. Ese es el resultado de demonizar a una comunidad todos los días: siempre aparece un fanático dispuesto a pasar de la proclama al cuchillo.
Hoy, mientras la justicia archiva denuncias y deja a ese asesino libre en la calle, la maquinaria de propaganda sigue girando con total impunidad. Son los islamonazis del siglo XXI. Solo que ahora tienen mejor prensa.

