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De la Marcha al Abismo: Brecha y el fenómeno global del panfleto con prestigio prestado

Escrito por Gustavo

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Hay una vieja regla en las herencias familiares: la primera generación amasa la fortuna con lucidez y lomo; la segunda intenta conservarla con cierta dignidad; y la tercera se la patina en una mala noche de casino jugando al eslogan fácil.

En la historia de las ideas de la izquierda rioplatense, esa fortuna intelectual fue obra de Carlos Quijano desde las páginas de Marcha y sus célebres Cuadernos. Aquello no era un pasquín de barricada pensado para encender el entusiasmo de las masas en una asamblea. Era una suerte de “Biblia” laica, un espacio de referencia donde la honestidad, el análisis geopolítico crudo y el respeto severo por los hechos se situaban muy por encima de cualquier disciplina de aparato o consigna partidaria.

Hoy, el heredero oficial de ese legado, el semanario Brecha, opera en la dirección contraria. Se transformó en un dispensador de propaganda barata que se imprime tercamente en formato de papel de diario, como si el soporte físico pudiera camuflar la ligereza de su contenido, o como si la tinta en los dedos otorgara el rigor que ya no tienen las ideas. Brecha subsiste gracias a un milagro estrictamente contable: facturar con el prestigio prestado de su apellido.

Lo preocupante no es la previsible decadencia de una publicación que cambió la biblioteca por la pancarta, sino la ceguera voluntaria de su público. Quienes hoy consumen el semanario lo hacen con una devoción que envidiaría cualquier culto, aceptando sus páginas como una verdad incontestable.

Se nota una especie de lobotomía ideológica que anuló el músculo más elemental del intelectual: la capacidad de dudar y cuestionar lo que lee. Los lectores actuales devoran el panfleto y repiten sus premisas de memoria con un automatismo asombroso. Es el triunfo de un fenómeno curioso: ser un consumidor de elite en el plano cultural y, al mismo tiempo, un analfabeto funcional a la hora de razonar por cuenta propia.

El ancla de la realidad: Octubre de 1970

Para medir la profundidad del pozo que separa al fundador de su heredero, basta con hacer un poco de archivo y revisar el documento que hoy sirve como prueba irrefutable de este extravío. Se trata del número 42 de los Cuadernos de Marcha, publicado en octubre de 1970. En esa edición monográfica, dedicada a analizar la situación de Israel y el conflicto en Medio Oriente, la redacción de Quijano no se andaba con rodeos para destrozar lo que explícitamente calificaba como la “propaganda escandalosa” de los voceros árabes que intentaban equiparar el régimen de ocupación israelí con el nazismo.

Para aquella izquierda que conservaba la costumbre de pensar, ese insulto era una mentira burda y un epíteto lanzado sin detenerse en el verdadero contenido histórico del nazismo. Con una ironía que hoy provocaría síncopes en la redacción de Brecha, Marcha recordaba que muchos de esos mismos portavoces que usaban el comodín “nazi” contra el Estado judío habían sido, de hecho, colaboradores activos del Tercer Reich durante la Segunda Guerra Mundial. Un detalle de precisión histórica que los herederos prefirieron traspapelar.

Aquel texto de 1970 ponía las cartas sobre la mesa con datos fríos, lejos de la sensiblería que se comercializa hoy en las ferias ideológicas. Explicaba que la inmensa mayoría de los israelíes deseaba canjear el régimen de ocupación por acuerdos de paz y fronteras seguras bajo el marco de las resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Advertía, además, una realidad que hoy se silencia: que la propuesta real del bloque árabe no era la liberación de un territorio, sino la sustitución y la metódica aniquilación total del Estado judío.

El documento de los Cuadernos cerraba con un contraste judicial que hoy sería censurado por la corrección política. Señalaba que, desde la fundación de Israel, no se había registrado un solo caso de ejecución de un ciudadano árabe por causa alguna, incluyendo el terrorismo o el espionaje. En cambio, en el vecino Irak, bajo el silencio de la región, las autoridades habían ahorcado a cien ciudadanos en dieciocho meses, demostrando una desproporcionada predilección por las víctimas de origen judío. Aquella izquierda investigaba hechos; la de hoy prefiere la comodidad digestiva del folletín de barricada.

Una capitulación intelectual sin fronteras

Mirar este colapso como una simple comedia de costumbres montevideana sería un error. Lo que ocurre en las páginas de Brecha es el reflejo local de un virus que afectó a la izquierda global. El paso del análisis crítico al eslogan manufacturado es una deriva que cruza fronteras con total naturalidad.

Es el mismo proceso de empobrecimiento que se observa al analizar la evolución de grandes tótems de la comunicación internacional. En la España de los años 80, durante el gobierno socialista de Felipe González, la intelectualidad de izquierda debatía la política internacional desde el pragmatismo, el rigor estatal y la sintonía con las democracias occidentales, una solvencia que se reflejaba en la radiotelevisión pública de la época. Hoy, las plataformas herederas de ese espacio en España operan bajo la misma lógica que Brecha: la sustitución del análisis histórico por la indignación selectiva en el corralito de los 280 caracteres.

En la acera de enfrente, el diario Página/12 en Argentina nació a finales de los 80 emulando el espíritu transgresor e inteligente del periodismo de ideas. Sin embargo, con el correr de los gobiernos y el peso de las pautas oficiales, terminó cayendo en la misma trampa. Se transformó en una imprenta de dogmas masticados para militantes que necesitan que el diario les diga exactamente qué pensar cada mañana, blindándolos contra cualquier dato rebelde que ose opacar el relato oficial.

Incluso corporaciones de la envergadura de la BBC de Londres muestran grietas en esta misma pared. La histórica cadena británica, que construyó su reputación mundial sobre la base de una corresponsalía de guerra impecable y quirúrgica, hoy enfrenta duras críticas por la sutil, y a veces obscena, adopción de terminologías y marcos narrativos diseñados exclusivamente para no herir la sensibilidad del progresismo universitario bienpensante, sacrificando la rigurosidad fáctica en el altar de la corrección política y los buenos modales colectivos.

La victoria de la pancarta

La transición de la biblioteca a la pancarta la pavimentaron aquellos intelectuales que decidieron que la complejidad del mundo real era un estorbo demasiado pesado para la militancia. Cambiaron la fatiga de los archivos por la gratificación instantánea del sentimentalismo. El giro de la izquierda actual no ha sido una evolución; ha sido una abierta capitulación moral.

Es una postal lamentable. Lo que alguna vez fue el refugio del pensamiento crítico rioplatense es hoy una maquinaria que fabrica certezas absolutas para lectores incapaces de cuestionar la veracidad de lo que imprimen los herederos de Quijano. Al utilizar el prestigio de la vieja “Biblia” para validar la propaganda berreta de cada viernes, el semanario Brecha y sus equivalentes internacionales consiguieron su mayor logro: convertir a los hijos de los intelectuales en simples repetidores de eslóganes. Casualmente todos tienen un enemigo en común, Israel, pero claro, nos aseguran con una sonrisa angelical que eso no es antisemitismo. Debe ser apenas una distracción geopolítica.

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Gustavo

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