En la reciente Cumbre por la Democracia, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, pronunció un discurso que fue, en partes iguales, una pieza de oratoria lírica y un monumento a la disonancia cognitiva. Al presentarse ante la comunidad internacional, Sheinbaum reclamó una genealogía mística: afirmó descender de la Pirámide del Sol, de Tláloc y Coatlicue, integrándose en un pasado prehispánico que no le pertenece. Bajo el peso de la historia real, esa construcción identitaria se revela no como una raíz, sino como un disfraz político.
La biografía de Sheinbaum es, en realidad, el testimonio de una de las odiseas más conmovedoras del siglo XX: la diáspora judía. Sus abuelos paternos llegaron a México huyendo del horror en Lituania; los maternos lo hicieron desde Bulgaria, herederos de una memoria que se remonta a la expulsión de los judíos de España en 1492. Esta es una historia de supervivencia y exilio que comparto profundamente; mis propios abuelos recorrieron rutas similares para encontrar refugio en Uruguay.

Resulta, por lo tanto, intelectualmente deshonesto que la presidenta utilice el pasado azteca como un escudo retórico mientras mantiene bajo llave la memoria de su propia sangre. Es imperativo preguntarse: ¿Por qué Sheinbaum no tuvo la estatura histórica para reclamarle al presidente español, Pedro Sánchez —invitado de honor y presente en la cumbre —, por la expulsión de sus antepasados de la Península? Invocar a los dioses antiguos para validar un discurso de soberanía, mientras se omite la tragedia de su propio linaje ante los responsables históricos, es una capitulación moral.
Esta selectividad no se limita a la genealogía; se extiende a su visión del orden mundial. Sheinbaum propuso destinar el 10% del gasto militar global para financiar programas de reforestación. Es una propuesta de una candidez calculada. Al pedir desarme sin mencionar nombres, la mira está puesta en Occidente e Israel.
Sin embargo, el silencio de la presidenta se vuelve ensordecedor cuando se trata de las potencias autocráticas. No hubo una sola exigencia de austeridad bélica para la Rusia de Putin, ni para el expansionismo de China o el régimen de Corea del Norte. Más grave aún es su ceguera voluntaria ante Teherán. Mientras Sheinbaum habla de “sembrar paz”, el régimen iraní —el mayor promotor del islamo-nazismo contemporáneo— financia el arsenal destinado a borrar del mapa a la comunidad de la que ella proviene. Es una paradoja trágica: los mismos que la perseguirían por su origen étnico son los beneficiarios de su omisión diplomática.
Finalmente, el discurso se quiebra al chocar con la realidad interna de México. La presidenta ensalza una “fraternidad” internacional y una “prosperidad compartida”, mientras ignora sistemáticamente la guerra no declarada que desangra a su país. Hablar de paz mundial en foros extranjeros mientras el narcotráfico impone su ley de hierro sobre miles de ciudadanos mexicanos no es liderazgo; es evasión.

La verdadera democracia no se construye con mitologías de diseño ni con pacifismo selectivo. Se construye con la honestidad de reconocer quiénes somos y el valor de señalar a los agresores. A la presidenta le sobraron dioses de piedra y le faltó la verdad de sus abuelos.
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