Hay un silencio muy particular en las ciudades la mañana siguiente a una elección. Se barren los papeles de las calles, la gente toma café mirando el teléfono y el país intenta digerir lo que pasó en las urnas. En Colombia, ese café matutino cayó pesado en el palacio de gobierno. La jornada del domingo no fue el trámite que el oficialismo esperaba, sino un golpe de realidad matemática.

Los datos de la Organización Electoral dejaron una tendencia clara para la segunda vuelta del 21 de junio. Abelardo de la Espriella, un abogado mediático con un discurso de mano dura que imita la doctrina de Nayib Bukele, quedó primero con el 43,72% de los votos. Detrás, Iván Cepeda, la ficha elegida para sostener el proyecto del Pacto Histórico, llegó al 40,92%. La distancia es corta, apenas un 2,80%, pero el escenario que viene se define por pura lógica de bloques.
La derecha tradicional de Paloma Valencia, que sacó el 6,92%, ya se sumó a De la Espriella. Con eso, la oposición pasa el 50,60%, lo que le asegura la presidencia si sus votantes repiten la elección. Para Cepeda, el panorama es complejo. Incluso si lograra sumar los votos del centro de Sergio Fajardo y Claudia López (que juntos aportan un 5,20%), no le alcanza para dar vuelta el resultado ni para maquillar el desgaste del gobierno actual.

La verdadera grieta no está en los porcentajes, sino en la psicología del poder. Durante meses, mientras las encuestas alimentaban el optimismo de la campaña oficialista, el sistema electoral colombiano era intachable. Ayer, cuando los votos reales rompieron el relato, apareció el clásico reflejo de la izquierda regional: la teoría de la conspiración.
El giro es de un cinismo absoluto. El mismo gobierno que maneja el presupuesto, el que debe dar las garantías y el que manda a la policía a cuidar las urnas, ahora siembra sospechas sobre el proceso. Quien tiene la obligación de cuidar el orden público denuncia un supuesto problema en el censo electoral. Es la vieja maña de quejarse del árbitro cuando se va perdiendo el partido. La democracia sirve, se respeta y es sagrada, pero se ve que solo cuando le da la razón a los que mandan.

