Medio Oriente

Jag HaNes BaAvir

Escrito por Gustavo


(La Fiesta del Milagro en el Aire)

Y aconteció en aquellos días que subieron a una nave, en la tierra de Dubái, ciento setenta y cuatro almas, y entre ellas ciento sesenta y seis hijos de Israel, que volvían hacia la tierra de sus padres. Y el cielo estaba sereno, y el camino parecía llano, y no sabían lo que se ocultaba en la cabina.

Y he aquí que uno de los que debían guiarlos alzó su mano contra el capitán y lo hirió con el filo del cuchillo, y buscó arrojarlos a todos hacia el abismo. Y la nave cayó desde lo alto de los cielos, más de catorce mil pies en menos de medio minuto, como piedra que se hunde en las aguas profundas. Y el pueblo clamó con gran voz, y cubrieron sus rostros, y cada uno se despidió de los suyos, porque todos habían de morir.

Entonces se levantó un varón llamado Yaniv, hijo de Jacob, hijo de Isaac, hijo de Abraham, el que llegó del desierto, de oficio plomero. No tenía espada ni escudo, solo el valor que el Eterno pone en el corazón del justo cuando llega la hora. Y corrió hacia la cabina, y entró en ella, y capturó al agresor, y sujetó los mandos, y detuvo la caída.

Mas el capitán yacía gravemente herido, y no podía guiar la nave. Y se levantaron entonces dos hombres de entre el pueblo, que viajaban como simples pasajeros, pero eran pilotos de oficio, y tomaron los mandos, el uno como capitán y el otro como su segundo, y guiaron la nave con mano firme hacia la tierra de Arabia. Y otro varón, sanador de oficio, detuvo la sangre del capitán herido y lo mantuvo con vida, como quien cierra la boca de la muerte.

Y la nave descendió mansamente en Tabuk, y los ciento setenta y cuatro pisaron de nuevo la tierra, vivos, y lloraron, y se abrazaron.

Y fue establecido entre ellos por ley perpetua, de generación en generación, que en ese día recordarían que cuando todo estaba perdido, el Eterno levantó en medio de su pueblo a hombres dispuestos a dar la vida por sus hermanos. Y no ayunarían, sino que pondrían la mesa y comerían hasta saciarse: pan y vino, carne y dulces, y cantarían. Porque estaban muertos y vivieron, y por eso festejan.

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Gustavo

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