Europa

Del aula a la sinagoga

Escrito por Gustavo

Querido lector:

Te escribo porque lo ocurrido este fin de semana en Europa todavía no termina de acomodarse en la cabeza. Todo empezó de la forma más inocente posible. El 21 de septiembre, los liceales franceses salieron a la calle a reclamar lo que cualquier padre entendería: más profesores, aulas en condiciones, menos hacinamiento. Nada de eso tenía que ver con Israel, con Gaza ni con ningún conflicto lejano. Eran chicos de dieciséis y diecisiete años que pedían clases dignas.

Pero el sábado 17 y el domingo 18 de octubre aquello se convirtió en otra cosa. Más de 550.000 personas marcharon por Francia en una de las jornadas más turbulentas de las últimas décadas, y lo que debía ser una protesta degeneró en saqueos, incendios y choques con la policía. Hubo más de dos mil detenidos y cerca de mil policías y gendarmes heridos. El ayuntamiento de Limoges quedó devorado por las llamas, y en Saint-Étienne un muchacho de diecisiete años perdió una mano por una granada. Tampoco fue solo Francia. El mismo sábado hubo violencia en Bruselas, en Lieja y en Milán, y en Tirana las protestas contra el primer ministro cumplían su quinto día. El costo de la vida, la vivienda y los recortes forman un malestar que cruza fronteras.

Lo que se me hace difícil de digerir es otra cosa. ¿Cómo pasó un reclamo por profesores a tener banderas palestinas flameando en la Bastilla y en la plaza de la República, y manifestantes gritando “muerte a los sionistas” por las calles de París? Lo registraron varios medios. Y esto no nació el sábado 17. Un mes antes, el 15 de septiembre, una bandera israelí que formaba parte de una muestra pública en esa misma plaza de la Bastilla había sido embadurnada con pintura roja, como si fuera sangre. La semilla estaba plantada mucho antes de que el primer liceal reclamara por un profesor.

Mi lectura es esta. Un movimiento social legítimo, de muchachos franceses que reclamaban por su educación, le abrió sin advertirlo la puerta a una militancia que ya traía ese odio incorporado. La Francia Insumisa y Mélenchon acompañaron el reclamo liceal desde el comienzo. Esa militancia no inventó su antijudaísmo el 17 de octubre. Lo tenía guardado, y esperó la multitud más grande del año para sacarlo a la calle, protegido por el humo y el desorden.

Después está lo de la sinagoga, que es lo que más indigna. En la noche del sábado al domingo, alguien irrumpió en el local de oración de la comunidad Ohalei Yaakov, en la calle Burnouf, en el distrito 19 de París, y lo dejó destrozado. Los libros de oración y los tefilín aparecieron en el suelo, el despacho del rabino estaba revuelto y, según varios reportes, también habían sido arrojados al piso los rollos de la Torá. Esa misma noche, en Marsella, fueron incendiados comercios de propietarios judíos. El servicio de seguridad de la propia comunidad, el SPCJ, se inclinó por la hipótesis de un intento de robo.

Yo, como judío, pregunto: ¿qué había en ese local que justificara el riesgo, con tantos comercios abiertos al saqueo esa noche? Aquí corresponde la vieja frase: si camina como pato y grazna como pato, es un pato. Entrar a un templo judío y profanar sus objetos sagrados no es un robo que salió mal. Es un atentado contra la comunidad judía, lo disfracen como lo disfracen.

Y esto me lleva, otra vez, a la historia que repasamos tantas veces en este sitio. Tomado como hecho aislado, lo de este fin de semana parece poca cosa: una sinagoga vandalizada aquí, unos comercios incendiados allá, una consigna de más en una marcha. Pero así empezó también en los años veinte y treinta del siglo pasado: no con las cámaras de gas el primer día, sino con una acumulación lenta de excusas oficiales para cada agresión, hasta que mirar hacia otro lado se volvió costumbre. Y Francia no fue solo una víctima. El régimen de Vichy dictó por iniciativa propia sus leyes antijudías y colaboró con las deportaciones. No digo que esto sea aquello. Digo que el patrón, el de la excusa acumulada, es el mismo, y por eso preocupa.

Queda la pregunta de quién gana y quién pierde con todo este relajo. Puertas adentro, lo aprovechan los dos extremos: Le Pen y Bardella, porque cada imagen de caos confirma el relato de sus votantes, y Mélenchon, porque puede acompañar el enojo social sin quedar pegado del todo a los incendios. Puertas afuera, a Rusia y a Irán les conviene una Europa peleada consigo misma, con menos recursos y menos voluntad para sostener a Ucrania o plantarse frente a Teherán, sin que haga falta probar que lo organizaron. A Estados Unidos no le sirve, porque necesita socios europeos estables. Y a China, que vive de venderles a consumidores solventes, una Europa en crisis social tampoco le hace ningún favor.

Así que ahí está: un reclamo de pizarrones y profesores que terminó destapando algo mucho más viejo y mucho más oscuro de lo que cualquiera imaginaba un 21 de septiembre.

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Gustavo

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