Aceptemos por un momento la premisa que gran parte de la dirigencia política contemporánea da por sentada. Dieciséis millones de personas —el 0,2% de la humanidad— manejan en las sombras los hilos financieros, mediáticos y políticos del otro 99,8%. Quien sostiene esto no solo repite un odio viejo como el mundo; sin darse cuenta, firma una confesión de desprecio hacia el resto de la especie. Porque para que la cuenta cierre, hace falta asumir que ocho mil millones de personas son, básicamente, un rebaño incapaz de ver lo que tiene delante.
El antisemitismo de hoy no usa botas ni brazaletes. Se presenta como superioridad moral, como “antisionismo”, como rebeldía frente al sistema. Pero basta rascar un poco esa superficie para encontrar, debajo, no una vanguardia ideológica sino un plagio con poca vergüenza. Buena parte de nuestra dirigencia política, que se cree faro de la conciencia colectiva, no hace otra cosa que repetir —a veces palabra por palabra— el aparato de propaganda más letal del siglo XX. Son los hijos de Goebbels.
Sé lo que va a pasar apenas alguien de izquierda lea esto: me va a acusar de fascista. Es el reflejo de siempre, el que se activa automáticamente cuando alguien les señala sus propias contradicciones. Así que dejemos una cosa clara antes de seguir: a la hora de nombrar a un nazi, el carnet partidario no importa nada. El odio no pregunta de qué lado está sentado. Y la prueba de que esto no es un vicio exclusivo de la izquierda tiene nombre y apellido: el uruguayo Gustavo Salle y el argentino Santiago Cúneo no militan en ningún partido de izquierda. Son, lisa y llanamente, nazis.
De hecho, prefiero llamarlos “nazis” y reservar “neonazis” para los dirigentes de izquierda que vienen más adelante, por una cuestión de respeto hacia los primeros. Sería injusto igualarlos: Salle y Cúneo le dedicaron la vida entera, la carrera profesional completa, a fomentar el odio contra el pueblo judío, parados donde la demagogia rindiera más en cada momento. Se ganaron el título original. Los demás son alumnos aplicados que recitan el manual sin haberlo escrito.
Y ese manual nunca fue una colección de insultos sueltos. Era —es— una maquinaria de engranajes que encajan entre sí con una precisión que todavía asusta. Esos mismos engranajes giran hoy, sin óxido, extendiendo una franquicia que va del Río de la Plata al Palacio de la Moncloa.

El control mediático y el chivo expiatorio
En los años treinta la propaganda nazi acusaba a los Rothschild de manejar las naciones y a los judíos, en general, de “judaizar” la cultura. Salle ya ni necesita pronunciar la palabra con jota: le alcanza con despotricar contra la “cleptocorporatocracia”. Cruzando el charco, Santiago Cúneo y Luis D’Elía recitan el mismo libreto de Los Protocolos de los Sabios de Sión.
Pero el judío como chivo expiatorio para tapar miserias propias alcanza otro nivel de cinismo cuando cruzamos el Atlántico. En España, la avanzada la encabeza el propio presidente, Pedro Sánchez, acorralado por la trama de corrupción más profunda desde la vuelta a la democracia, con sus colaboradores más cercanos desfilando por los juzgados. Y encontró en la demonización del Estado judío el salvavidas de siempre. Igual que en los años treinta: cuando las cuentas internas no cierran, inventar un enemigo sionista internacional es la pantalla de humo más barata del mercado.
La subversión política y la doble moral de la lealtad
El nazismo pintaba al judío como un infiltrado que trabajaba en secreto para intereses ajenos. Cuando en Uruguay el Grupo Asesor Científico Honorario lideraba la respuesta a la pandemia, a Salle no se le ocurrió cuestionar los datos: pidió que se investigara “cómo el lobby judío metió a [Henry] Cohen en el GACH”. La urgencia, otra vez, era inventar una infiltración.
Lo fascinante de esta paranoia sobre la “influencia extranjera” es quién la sostiene. En España, los históricos socios de Sánchez, con Pablo Iglesias a la cabeza, construyeron su plataforma política a la sombra del dinero del régimen iraní. Apuntan con el dedo a un supuesto lobby sionista mientras cobran de una teocracia que cuelga homosexuales de las grúas. Hacerle la guerra a Israel desde una banca resulta ser la coartada perfecta para no hablar de quiénes son, en realidad, los agentes de intereses extranjeros.
La misma matriz de invalidación reaparece, más disimulada, en los alumnos “neonazis” del barrio. Cuando el presidente del Frente Amplio, Fernando Pereira, califica de “atrevimiento” que la embajada de Israel opine sobre política local, o cuando el senador Óscar Andrade se niega a condenar el terrorismo de Hamás y exige primero “ubicar el contexto”, trazan la misma frontera: la voz del Estado judío es, de entrada, ilegítima, algo que hay que hacer callar.

Acusadores y sentenciadores: el camino corto hacia la deshumanización
Conviene separar dos grupos que suelen mezclarse en el mismo repudio. Están los acusadores: dirigentes que, montados en una indignación bien selectiva, juegan a jueces morales desde el sillón presidencial. En Sudamérica esa táctica tuvo, los últimos años, dos voceros de primera línea: el chileno Gabriel Boric y el colombiano Gustavo Petro. Los dos comparten hoy el prefijo “ex”, después de que la realidad —y sus propios votantes— les pasara la factura. Mientras gobernaban, usaron la tribuna internacional para acusar a Israel de genocidio con la misma liviandad con la que veían hundirse sus economías y su popularidad en casa. Usar a Israel como maquillaje moral es el último refugio del que fracasa en su propio patio.
Y después están los sentenciadores, que ya ni se molestan en acusar a Israel de cometer errores en una guerra: lo definen como genocida por naturaleza. La legisladora del Frente de Izquierda argentino, Vanina Biasi, lo dice sin pudor: “El Estado sionista es nazi por sus prácticas y su ideología”. En Uruguay, el PIT-CNT de Marcelo Abdala presta el sindicato entero para denunciar un “régimen genocida”.
Convertir a la víctima histórica en el victimario absoluto es la culminación de un proceso de deshumanización. Acusar a un Estado de perseguir el infanticidio sádico y deliberado no es geopolítica: es el libelo de sangre medieval, actualizado con lenguaje de comunicado de prensa. Si el judío de las naciones es genocida por naturaleza, borrarlo del mapa deja de ser un crimen. Pasa a ser, para esa cabeza, un acto de profilaxis.
La distancia entre acusar y sentenciar parece enorme en el papel. En el oyente no lo es: el resultado es el mismo permiso en blanco para reactivar un odio que muchos absorbieron de chicos, esa idea instalada de que si hay pobreza, crisis o guerra, siempre hay un judío cobrando intereses en algún lado.
Da lo mismo si el veneno sale en un exabrupto televisivo, en una rueda de prensa en la Moncloa o en el discurso de un presidente sudamericano que ya dejó el cargo. El envase cambió. El manual, no. Los hijos de Goebbels lo siguen recitando de memoria, sin que les importe demasiado de quién es la letra que están cantando.

