Donald Trump volvió a tener la oportunidad de golpear a Irán con fuerza. Estados Unidos estaba armado, desplegado, listo. Y entonces llegó el pedido de frenar. Mohammed Bin Salman, príncipe heredero de Arabia Saudita, llamó a Washington preocupado por lo que Irán pudiera hacerle a las instalaciones energéticas del Golfo. Trump escuchó. Y volvió a detener el ataque.
No es la primera vez. Trump amenaza, mueve fuerzas, fija líneas rojas, anuncia que la paciencia se terminó y cuando Teherán pide otra negociación, se la concede. Irán ya aprendió el mecanismo: resistir, amenazar, subir el costo de la próxima ofensiva, y esperar a que alguien en la región tenga el miedo suficiente como para llamar a Washington. Esta vez volvió a funcionar. Creer que la República Islámica va a resignar en una mesa de negociación lo que persigue desde hace décadas exige una inocencia difícil de justificar. Es como levantarse el 6 de enero esperando encontrar los regalos de los Reyes Magos en los zapatos, y encima creer que llegaron solos. Puede ser una ilusión entrañable en un niño. Como política de Estado frente a una dictadura teocrática armada con misiles, drones y un programa nuclear, es otra cosa.

Neville Chamberlain también quiso creer que podía negociar con un régimen cuya conducta demostraba, una y otra vez, que cada concesión se usaba como escalón hacia la próxima exigencia. En Múnich creyó haber comprado la paz con Hitler. Lo que compró fue tiempo. También para Hitler. Trump está cometiendo el mismo error con Irán: confunde una pausa con una solución, y una firma con un cambio en la naturaleza del adversario.
La República Islámica no necesita convencerlo de que se volvió moderada. Le alcanza con convencerlo de que vale la pena esperar unos días más. Mohammed bin Salman tiene, además, otro problema: mira sus propias refinerías. El temor saudita no nació de la nada. Irán ya demostró que puede golpear infraestructura energética y causar daños enormes con medios relativamente baratos. Riad sabe que sus plantas petroleras, sus puertos, sus centros industriales, son blancos vulnerables. Pero gobernar es, precisamente, mirar más allá del misil de mañana.
Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait e Israel, actuando juntos, tienen una capacidad convencional muy superior a la iraní: aviación moderna, inteligencia, sistemas de defensa, tecnología, recursos. Si Estados Unidos se limitara a participar de forma defensiva buques, radares, sistemas antimisiles la diferencia ya sería enorme. Si además entrara en la ofensiva, la desproporción sería aplastante. El problema no es que Irán sea demasiado fuerte. El problema es que sus enemigos siguen sin proponerse en serio terminar con el régimen que convierte esa fuerza limitada en una amenaza permanente. Trump debería haberle respondido otra cosa al pedido saudita: hagan despegar sus aviones, coordinen sus fuerzas, ataquemos juntos. Destruyamos la capacidad militar que le permite a Teherán amenazar a toda la región, y recién entonces sentémonos a negociar.

Porque eso es lo que Irán está haciendo. Juega con el miedo de los cobardes. Amenaza las refinerías, y Arabia Saudita pide prudencia. Amenaza el Estrecho de Ormuz, y aparecen los negociadores. Amenaza con ampliar la guerra, y las mismas potencias que lo superan militarmente se ponen a discutir cómo no provocarlo demasiado. Cada vez que eso pasa, Teherán gana lo único que no puede fabricar en una planta de misiles: tiempo. Tiempo para reparar instalaciones, reconstruir defensas, dispersar armamento, reorganizar mandos, mantener con vida al régimen. Y ahí aparece la pregunta que vuelve absurda toda esta política. Si hoy le tienen miedo a un Irán militarmente inferior, ¿qué van a sentir el día que Irán tenga la bomba?
Si Mohammed Bin Salman llama a Trump para pedirle que frene un ataque porque teme por sus refinerías, cuando Teherán todavía no tiene un arma nuclear, ¿Qué va a hacer cuando esa misma amenaza venga respaldada por una bomba atómica? ¿Se van a esconder todos debajo de la cama de Netanyahu? La ironía sería divertida si el problema no fuera tan serio. Israel lleva años advirtiendo que el momento de impedir un Irán nuclear es antes de que sea nuclear. Los gobiernos árabes del Golfo lo saben. Trump también lo sabe. Y sin embargo, siguen actuando como si hubiera tiempo infinito para negociar. No lo hay. Un régimen como el iraní no desaparece porque alguien encuentre la frase correcta alrededor de una mesa. Desaparece cuando quienes tienen la capacidad de derrotarlo deciden usarla, con un objetivo político claro, y la sostienen hasta el final. Mientras esa decisión no exista, Irán va a seguir haciendo exactamente lo que hace hoy: amenazar siendo el más débil, intimidar a los más fuertes, y sobrevivir gracias al miedo de quienes podrían derrotarlo.
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