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Víctor Hugo Morales y los goles contra Inglaterra

Escrito por Gustavo

Al Víctor Hugo del Azteca no pienso tocarlo. Ese queda afuera de esta nota, intacto.

Si el video de ese gol desapareciera mañana, el audio alcanzaría para reconstruir la jugada entera, paso por paso, gambeta por gambeta. Bastaría con escuchar aquel “¡Barrilete cósmico! ¿De qué planeta viniste?” para saber exactamente dónde estaba la pelota, dónde estaban los ingleses y dónde había quedado el arquero. Y no es que cuarenta años después sigamos discutiendo esa jugada: la seguimos venerando. Hay una diferencia ahí que vale la pena marcar.

Porque ese día se alinearon los astros de una manera que no se repite. Maradona no llevaba la jugada ensayada. Víctor Hugo no llevaba el relato escrito. Los dos improvisaron al mismo tiempo, en tiempo real, sin red, y de esa improvisación doble salió lo mismo dos veces: la obra maestra futbolística y la obra maestra hablada, naciendo juntas en el mismo segundo, como si una no pudiera existir sin la otra.

No hace falta ser argentino para reconocer que ese gol es el mejor gol de la historia de los Mundiales, a secas, sin gentilicio. Y tampoco hace falta hablar español para reconocer que ese relato es el mejor relato, a secas, sin necesidad de traducción. Por eso a Víctor Hugo Morales le corresponde un lugar fijo en el Olimpo de los relatores, uno que nadie le va a discutir ni le va a quitar, pase lo que pase con el resto de esta historia.

El problema es el que vino después, y que esta semana volvió a asomar la cabeza en AM 750 para lamentarse de que no lo llamaron a relatar el nuevo Argentina-Inglaterra. Ahí, entre queja y queja, dejó caer otra vez la palabra que le gusta usar cuando algo no le sale como quiere: censura.

Lo entiendo. A mí tampoco me llamaron para el Mundial. Debe ser que a los dos nos falló el mismo cartero.

La diferencia es que a mí no se me ocurrió pedir asilo político por eso.

Porque la explicación real es mucho más aburrida que una censura. Víctor Hugo tiene casi ochenta años. La voz perdió cuerda, el ritmo ya no persigue la pelota como antes, y ninguna empresa de comunicación le debe una butaca vitalicia por lo que hizo en 1986. Si Maradona siguiera vivo, tampoco estaría hoy discutiendo un lugar en la Selección. No porque hubiese dejado de ser Maradona, sino porque el cuerpo, tarde o temprano, presenta la factura a todos por igual.

No contratar a alguien no es silenciarlo. Y cuesta bastante creer en la censura de un hombre que todas las mañanas cuenta con un programa propio, un micrófono propio y varias horas de aire para explicar, con toda la libertad del mundo, que no tiene libertad. Hasta donde pude confirmar, nunca presentó una denuncia formal ante la Justicia ni ante ningún organismo de defensa de la prensa. Ni un gremio, ni un tribunal, ni un papel. Prefirió el editorial. Es más cómodo: no exige pruebas, exige solamente audiencia.

¿Por qué se abrazó al kirchnerismo?

Y ahí es donde el confort de Víctor Hugo deja de tener excusa. Al kirchnerismo se le conocen los milagros: el jardinero se hizo estanciero, el chofer se hizo empresario, el asistente de toda la vida terminó con un pasar que jamás hubiera imaginado. Es la fórmula de siempre: entrás pobre, salís rico, y ese enriquecimiento repentino explica la lealtad eterna.

Con Víctor Hugo el truco no funciona, porque el milagro llegó al revés. Mucho antes de que el kirchnerismo existiera, el propio Víctor Hugo contaba, sin ningún pudor, algo que la mayoría de sus colegas ni se hubiera planteado como posibilidad: relataba un partido el domingo en Buenos Aires, volaba a Nueva York para escuchar ópera en Manhattan, y volvía a tiempo para el partido del fin de semana siguiente. No una vez, como quien se da un gusto excepcional. Varias veces. Con la misma naturalidad con la que otro cruza a la ciudad vecina para ver un recital, él cruzaba un continente entero y volvía a la cancha como si nada.

Esa rutina, contada por él mismo, dice más que cualquier escritura de propiedad. No hizo falta la política para que a Víctor Hugo le fuera bien. Le iba bien solo, con su voz y su talento, que es exactamente lo que hace tan incómoda esta pregunta: ¿qué le ofreció el kirchnerismo a un hombre que ya iba y venía de Nueva York como quien toma un colectivo?

Ese es el verdadero misterio de Víctor Hugo Morales. No lo compró la necesidad, eso es seguro. Qué encontró en el kirchnerismo para entregarle semejante fidelidad, sinceramente, no lo sé. Es una incógnita que tal vez algún día se resuelva. Por ahora, queda planteada la pregunta, sin respuesta.

Lo que sí se puede fechar, en cambio, es hacia dónde miró después. Cristina Kirchner no es, en su relato, una dirigente condenada en firme por corrupción, con domiciliaria e inhabilitación perpetua. Es la perseguida de la película. Sostuvo durante años que Nisman se había suicidado, mientras la causa avanzaba exactamente hacia la conclusión contraria. Y respaldó el memorándum firmado entre el gobierno de los Kirchner y el régimen iraní, ese acuerdo que terminó declarado inconstitucional y que familiares de las víctimas de la AMIA y entidades de la comunidad judía señalaron como una grave interferencia en la búsqueda de justicia.

Militar una causa es un derecho. Lo raro es pedirle al oyente que confunda esa militancia con periodismo, y pedirle además que confunda un llamado que no llegó con un bozal que nunca existió.

El relator de 1986 me sigue pareciendo irrepetible, y pienso seguir diciéndolo cada vez que haga falta. Lo que nunca voy a entender no es que haya envejecido, eso nos llega a todos por igual. Ni que ya no lo llamen para relatar un Mundial, eso también es ley de vida. Lo que no voy a entender nunca es por qué el hombre que encontró las palabras exactas para contar la verdad de una jugada terminó gastando ese mismo talento en explicar por qué los corruptos no lo eran tanto.

No envejeció mal. Eligió mal, y esa sí que fue una decisión que nadie le impuso.

¿Por qué se abrazó a la mafia kirchnerista?

Y ahí es donde el confort de Víctor Hugo deja de tener excusa. Al kirchnerismo se le conocen los milagros: el jardinero se hizo estanciero, el chofer se hizo empresario, el asistente de toda la vida terminó con un pasar que jamás hubiera imaginado. Es la fórmula de siempre: entrás pobre, salís rico, y ese enriquecimiento repentino explica la lealtad eterna.

Con Víctor Hugo el truco no funciona, porque el milagro llegó al revés. Mucho antes de que el kirchnerismo existiera, el propio Víctor Hugo contaba, sin ningún pudor, algo que la mayoría de sus colegas ni se hubiera planteado como posibilidad: relataba un partido el domingo en Buenos Aires, volaba a Nueva York para escuchar ópera en Manhattan, y volvía a tiempo para el partido del fin de semana siguiente. No una vez, como quien se da un gusto excepcional. Varias veces. Con la misma naturalidad con la que otro cruza a la ciudad vecina para ver un recital, él cruzaba un continente entero y volvía a la cancha como si nada.

Esa rutina, contada por él mismo, dice más que cualquier escritura de propiedad. No hizo falta la política para que a Víctor Hugo le fuera bien. Le iba bien solo, con su voz y su talento, que es exactamente lo que hace tan incómoda esta pregunta: ¿qué le ofreció el kirchnerismo a un hombre que ya iba y venía de Nueva York como quien toma un colectivo?

Ese es el verdadero misterio de Víctor Hugo Morales. No lo compró la necesidad, eso es seguro. Qué fue lo que lo compró, sinceramente, no lo sé. Es una incógnita que tal vez algún día se resuelva. Por ahora, queda planteada la pregunta, sin respuesta.

Lo que sí se puede fechar, en cambio, es hacia dónde miró después. Cristina Kirchner no es, en su relato, una dirigente condenada en firme por corrupción, con domiciliaria e inhabilitación perpetua. Es la perseguida de la película. Sostuvo durante años que Nisman se había suicidado, mientras la causa avanzaba exactamente hacia la conclusión contraria. Y respaldó el memorándum firmado entre el gobierno de los Kirchner y el régimen iraní, ese acuerdo que terminó declarado inconstitucional y que las familias de las víctimas de la AMIA todavía señalan como una de las trabas más graves que tuvo la Justicia.

Militar una causa es un derecho. Lo raro es pedirle al oyente que confunda esa militancia con periodismo, y pedirle además que confunda un llamado que no llegó con un bozal que nunca existió.

El relator de 1986 me sigue pareciendo irrepetible, y pienso seguir diciéndolo cada vez que haga falta. Lo que nunca voy a entender no es que haya envejecido, eso nos llega a todos por igual. Ni que ya no lo llamen para relatar un Mundial, eso también es ley de vida. Lo que no voy a entender nunca es por qué el hombre que encontró las palabras exactas para contar la verdad de una jugada terminó gastando ese mismo talento en explicar por qué los corruptos no lo eran tanto.

No envejeció mal. Eligió mal, y esa sí que fue una decisión que nadie le impuso. Pudo jubilarse a tiempo y dejarles el lugar, con naturalidad, a quienes venían detrás. No lo hizo. Al final, lo jubilaron Messi y la Scaloneta.

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Gustavo

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