Manhattan, 1933
Zohran Mamdani no hubiera durado mucho en la Alemania de Hitler. Musulmán, de ascendencia india, socialista declarado: tres razones más que suficientes para terminar en un campo. Y sin embargo, hay algo en su manera de funcionar políticamente que hubiera encajado muy bien en el clima intelectual de aquella época — no del lado de las víctimas, sino del lado de quienes, desde posiciones de poder y con perfecta comodidad burguesa, oficializaban el relato del odio sin ensuciarse las manos.
Múnich, 1938. Los líderes de las democracias occidentales se sentaron con Hitler y le creyeron. No porque fueran estúpidos. Porque querían creerle. Porque era más cómodo creer que la fiera estaba satisfecha que asumir el costo de enfrentarla. Chamberlain volvió a Londres con un papel firmado, lo agitó frente a las cámaras y declaró: “Creo que es la paz para nuestro tiempo.” El mundo, como se sabe, no fue salvado.

Nueva York, 2026. El alcalde de la ciudad con la mayor comunidad judía fuera de Israel sale en conferencia de prensa y llora la muerte de Ahmed Wishah, presentado al mundo como camarógrafo de Al Jazeera. Lo usa como escudo moral. Lo invoca para justificar sus ataques contra AIPAC, a quienes llama “monstruos que mueven dinero oscuro.” Lo convierte, en definitiva, en mártir.
El problema es que Wishah no era solo un camarógrafo. Era miembro del ala militar de Hamas. Hay un video donde se lo ve con un AK-47. Su propia mezquita lo lloró como guerrero santo. Su hermano, también “periodista” de Al Jazeera, había sido eliminado semanas antes por ser operativo en la sede de producción de cohetes y armas de Hamas. El FDI lo había dicho públicamente horas antes de que Mamdani abriera la boca.
Mamdani no verificó nada. Vio un titular de Al Jazeera, vio un cuerpo, y habló.
Eso no es ignorancia. Es una decisión.
Hay un estudio del Centro Meir Amit que examinó 266 trabajadores de medios reportados como muertos en Gaza desde el 7 de octubre de 2023. El 60% eran miembros de organizaciones terroristas o trabajaban para medios afiliados a ellas. El FDI capturó documentos en Gaza que prueban que seis periodistas activos de Al Jazeera son operativos de Hamas o la Yihad Islámica. Y lo más revelador: el propio Hamas y la Yihad Islámica han comenzado a publicar listas de sus combatientes caídos — y en esas listas aparecen nombres que el mundo lloró como periodistas inocentes. El propio Comité para la Protección de Periodistas ha debido retirar varios nombres de su base de datos al confirmarse que esos individuos habían participado en combate.
No lo dice solo Israel. Lo dicen los propios terroristas.

Mamdani lo sabe o debería saberlo. Pero hay algo más importante que la verdad cuando se gobierna desde la ideología: el relato. Y el relato de Hamas — el de la prensa masacrada, el del periodista mártir, el del genocidio mediático — es demasiado útil para abandonarlo por el simple hecho de que sea falso.
Viendo todas las pruebas sobre la mesa, tengo el derecho de sospechar que Zohran Mamdani no es simplemente un político con simpatías pro-palestinas. Tengo el derecho de sospechar que es un simpatizante de Hamas. No voy a cometer el atrevimiento de afirmar que puede ser algo más que eso. Pero el derecho a sospechar, con estas evidencias, nadie me lo puede quitar.
En Múnich también había un relato. El de un líder razonable con demandas legítimas. El de una paz posible si uno cedía lo suficiente. El de que quienes advertían sobre el peligro eran los verdaderos perturbadores de la paz.
Los judíos de Europa lo pagaron con seis millones de muertos.
Los judíos de Nueva York tienen hoy como alcalde a un hombre que, sin que nadie lo obligue, elige ser la voz institucional del aparato de propaganda de quienes quieren terminar el trabajo.
De Múnich a Manhattan. Y de Manhattan a Londres.
Porque mientras esto ocurre en Nueva York, al otro lado del Atlántico otra historia se está escribiendo en silencio. Shabana Mahmood, ministra del Interior del Reino Unido, musulmana de origen pakistaní, figura cada vez más como candidata a convertirse en la próxima primera ministra británica. Esa historia merece su propio análisis. Y lo tendrá.
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