Hay una escena que cualquier guionista político habría descartado por inverosímil. Un presidente saliente que llegó al poder con el viento digital de Moscú en las velas pierde las elecciones de su sucesor por menos de un punto y, en lugar de señalar hacia el este, apunta al Mediterráneo. El culpable, según Gustavo Petro, es Israel. “El único con capacidad de hacer eso en el mundo es el Estado de Israel”, escribió en X pocas horas después del cierre de las mesas colombianas del 21 de junio de 2026. Sin evidencia forense. Sin informe técnico. Con la convicción serena del que ya conoce la respuesta antes de formular la pregunta.
El problema no es solo que la acusación carezca de pruebas. Es que Petro conoce mejor que nadie cómo se interfiere una elección en América Latina, porque fue beneficiario documentado de exactamente eso.
El manual ruso
El modelo ruso de interferencia electoral, documentado por el Atlantic Council’s Digital Forensic Research Lab, el Wilson Center, el Varieties of Democracy Institute de la Universidad de Gotemburgo y el historiador David Shimer en su libro Rigged, no consiste en hackear urnas ni alterar actas físicas. Es más sofisticado y más difícil de combatir.
La arquitectura tiene cuatro niveles. Las granjas de trolls — la más conocida, la Internet Research Agency de San Petersburgo, financiada por Yevgeny Prigozhin — crean identidades falsas con cuotas diarias de publicaciones en todas las plataformas. Sobre esa base, RT y Sputnik en español amplifican narrativas diseñadas específicamente para América Latina. El tercer nivel son agencias pantalla que contratan medios locales para que la propaganda rusa aparezca como periodismo orgánico. El cuarto es la inteligencia encubierta: células durmientes, espías bajo cobertura diplomática, y en América Latina una red articulada bajo un supuesto comité comercial con sede en Santiago de Chile.
El objetivo no es elegir un candidato. Es manufacturar desconfianza. Que el perdedor no acepte el resultado. Que el ganador gobierne sobre un país fracturado. Como lo formuló el politólogo Brian Taylor tras las elecciones americanas de 2024: “El objetivo de Rusia no era elegir a Trump. Era llevar a los Estados Unidos en una dirección determinada y sembrar caos.”

El mapa
En 2024 el sistema se mostró en operación con distinto grado de éxito. En Moldavia, el Kremlin invirtió cien millones de euros en compra de votos y desinformación para voltear el referéndum de adhesión a la UE — y fracasó por poco. En Georgia, el partido aliado de Moscú combinó manipulación digital e intimidación para suspender el proceso de ingreso europeo del país. En Rumania, una campaña rusa en TikTok catapultó a un candidato ultraderechista pro-Kremlin hasta el primer lugar en la primera vuelta, obligando a la Corte Constitucional a anular la elección. En las presidenciales polacas de 2025, investigadores identificaron más de diez mil cuentas coordinadas, cuatrocientas de ellas vinculadas directamente a la Social Design Agency, la agencia moscovita sancionada por la UE.
El patrón es geográficamente voraz. Rusia no tiene aliados ideológicos fijos: apoyó candidatos de ultraderecha en Europa y de izquierda radical en América Latina. Lo que tiene son objetivos estructurales: debilitar la OTAN, erosionar el apoyo a Ucrania, fracturar la cohesión democrática donde pueda.
Colombia, 2022: la huella en los archivos
En enero de 2023, la revista Semana publicó un análisis de los archivos internos de Twitter desclasificados por Elon Musk. Lo que mostraron no dejaba margen para la interpretación: la campaña de Petro recibió un impulso sistemático de cuentas falsas rusas, hashtags orquestados y operaciones de menciones coordinadas. El análisis posterior del Ejército del Sur de los Estados Unidos lo formuló sin eufemismos: “La campaña presidencial de Gustavo Petro recibió un fuerte impulso de Rusia con cuentas falsas, hashtags orquestados y menciones que buscaban posicionar al entonces candidato del Pacto Histórico.”
No hay evidencia de que Petro lo supiera ni lo solicitara. La interferencia rusa no funciona con contratos firmados. Funciona identificando al candidato que mejor sirve al objetivo geopolítico de Moscú — en este caso, un presidente antiestadounidense, crítico de la OTAN, favorable a Venezuela y hostil a Israel — y amplificando su mensaje sin que él lo pida. Petro llegó al poder. Rusia consiguió lo que buscaba. Nadie firmó nada.
Colombia, 2026: la acusación sin cuerpo
Cuatro años después, el candidato del petrismo perdió por menos de un punto. De la Espriella aceptó el resultado. Cepeda llamó al diálogo. Petro, el único que no tenía candidatura en juego, fue el único que habló de fraude.
Su argumento técnico descansa en un cambio de direcciones IP detectado en servidores de la Registraduría durante la jornada — una observación que, en el mejor de los casos, abre una pregunta legítima. Pero Petro saltó de esa observación a una conclusión sin escalones intermedios. El portal Latin American Post lo resumió con precisión: una motivación, una amistad y una capacidad técnica son tres cosas distintas. Para conectarlas se necesitan registros autenticados, marcas de tiempo verificadas, archivos fuente alterados y prueba de que la manipulación digital sobrevivió la comparación con las actas físicas. Petro ofreció sospechas. No ofreció esa cadena. Y el software cuestionado fue el mismo que administró su propia victoria en 2022, cuando nadie lo impugnó.
Tampoco es la primera vez. En 2018, cuando perdió ante Duque, también alegó fraude. La Registraduría lo desmintió en horas.

La geometría del absurdo
Los países que interfieren en elecciones ajenas lo hacen en función de intereses estratégicos concretos. Rusia interfiere en Europa para fracturar la OTAN. Irán, para desestabilizar adversarios y frenar sanciones. Qatar proyecta poder narrativo a través de Al Jazeera y financiamiento de campañas de influencia para ampliar su peso geopolítico. Todos tienen historiales documentados, investigaciones abiertas, sanciones aplicadas.
Israel no tiene historia documentada de interferencia electoral en ningún país latinoamericano. Lo que sí tiene es una relación con el nuevo presidente electo colombiano, que prometió restaurar los vínculos diplomáticos que Petro rompió en 2024. Eso, en el universo de Petro, parece suficiente para construir una conspiración.
El canciller israelí Gideon Sa’ar felicitó a De la Espriella por su “impresionante victoria”. En el mismo momento, RT publicaba con entusiasmo las acusaciones de Petro contra Israel, sin que a nadie en Moscú le incomodara la ironía.

El patrón
Hay algo que une a Petro con los candidatos que no aceptan resultados en Rumania, Georgia, Venezuela o Perú: la narrativa del fraude como refugio del que pierde. Pero Petro tiene un elemento adicional. Su señalamiento a Israel no es accidental ni improvisado. Es coherente con una cosmovisión en la que el Estado judío ocupa el lugar del culpable disponible para cualquier explicación que se necesite. La identidad del responsable precede a la investigación del crimen.
Basta entonces con mirar los archivos de Twitter desclasificados en 2023 y preguntarse quién, en verdad, movió los hilos de su llegada al poder.
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