La persecución judicial de Pilar Rahola revela más sobre sus acusadores que sobre ella.
Pilar Rahola lleva décadas ejerciendo el periodismo en España y Cataluña, ha recibido premios de las universidades de Tel Aviv y Jerusalén, fue distinguida junto a Simone Veil con el Menorá de oro, habló ante el Palacio Legislativo de Uruguay, y en 2025 recibió el galardón “Referencia de la humanidad” de la Fundación Liberal Youth International. Esta semana, la Fiscalía de Barcelona la investiga por “incitación al odio” y “complicidad con el genocidio”. Su delito: defender a Israel y negar que exista un genocidio en Gaza.
Hay un viejo principio que la izquierda solía reivindicar antes de convertirse en lo que hoy es: dime con quién andas y te diré quién eres. Hoy corresponde aplicarlo al revés. Dime quiénes son tus enemigos, y te diré quién eres. Los enemigos de Pilar Rahola hablan por sí solos.

LOS DENUNCIANTES: AGRESORES CON TOGA
Quienes activaron la maquinaria judicial contra Rahola son dos militantes de la Organización Juvenil Socialista de Cataluña, brazo juvenil del Movimiento Socialista. Son exactamente los mismos dos jóvenes que en octubre de 2024 irrumpieron en una conferencia en La Garriga y le arrojaron pintura roja mientras la acusaban de tener “las manos manchadas de sangre”. Por ese episodio enfrentan un proceso penal por daños, amenazas y trato degradante con agravante de motivación antisemita, y una reclamación de más de 20.000 euros. Rahola, con la entereza que la define, se limpió la pintura y terminó la conferencia.
Eso lo dice todo sobre la naturaleza de esta “denuncia”: no es un acto de conciencia cívica. Es una contraquerella táctica. Los agresores, procesados por violencia física, denuncian a su víctima por opinar. Es el macartismo de izquierda en estado puro: cuando no podés silenciar a alguien con pintura, lo intentás con el Código Penal.
La OJS no es un grupo juvenil inofensivo. Se define a sí misma como una organización comunista revolucionaria que practica la “militancia política revolucionaria” y la “autodefensa socialista”. No son estudiantes inquietos. Son activistas que ejercen la violencia política, y cuando la justicia los procesa por ello, presentan la condena como prueba de su heroísmo y la persecución como argumento para atacar a otros. La víctima se convierte en instrumento. Es un mecanismo antiguo. La Inquisición lo usaba con más incienso, pero con el mismo objetivo.
EL “GENOCIDIO” QUE NINGÚN TRIBUNAL HA DECLARADO
La denuncia sostiene que Rahola negó “el genocidio en Gaza”, como si ese genocidio fuera un hecho jurídicamente establecido. No lo es. Ni la Corte Internacional de Justicia ni la Corte Penal Internacional han condenado a Israel por genocidio. La CIJ tiene abierto un caso iniciado por Sudáfrica, pero sus resoluciones hasta ahora son medidas cautelares provisionales, no sentencias de fondo. El proceso se estima que durará años. Israel nunca ha sido declarado culpable de genocidio por ningún tribunal internacional competente.
La única institución que ha “condenado” a Israel es la opinión militante de la izquierda radical europea, que confunde sus pancartas con veredictos. Rahola no negó ninguna sentencia. Negó una narrativa. En una democracia, eso se llama ejercer el periodismo. En esta versión de la izquierda, se llama delito.
EL PARTIDO QUE LOS COBIJA
Los denunciantes pertenecen al ecosistema político que orbita en torno al socialismo español. El mismo espacio que hoy permite que sus juventudes procesen periodistas por opinar, es el espacio de Pedro Sánchez: el presidente que antes de llegar al poder prometía que los independentistas catalanes rendirían cuentas ante la justicia, y que una vez en la Moncloa les ofreció una amnistía completa a cambio de sus votos para gobernar. La coherencia no ha sido su fuerte. Lo que sí ha sido constante es el uso del aparato estatal como herramienta de conveniencia política.
Ahora bien, mientras la Fiscalía de Barcelona investiga a Rahola por opinar, el entorno más íntimo de Sánchez transita por los juzgados con una regularidad que ya no sorprende a nadie. Ábalos, Koldo García y Santos Cerdán, los tres compañeros del presidente en la mítica “gira del Peugeot” que lo llevó al poder en 2017, comparten hoy algo más que aquella travesía. Los tres han pasado por la cárcel o están siendo procesados por corrupción grave. La Fiscalía pide para Ábalos 24 años de prisión. Santos Cerdán estuvo preso cinco meses. Koldo García comparte celda con su antiguo jefe en Soto del Real.
Sánchez es el único de los cuatro que aún no pisó la cárcel. No es mérito. Es turno.

ZAPATERO: EL MENTOR Y LAS OCHO TONELADAS DE ORO
Detrás de Sánchez está su mentor político, José Luis Rodríguez Zapatero, que declaró esta misma semana ante el juez de la Audiencia Nacional que lo investiga por organización criminal, tráfico de influencias, contrabando, falsedad documental y delitos fiscales. Es la primera vez en la historia de la democracia española que un expresidente del Gobierno queda formalmente imputado.
La investigación rastrea el presunto contrabando y blanqueo de hasta ocho toneladas de oro extraídas de Venezuela con destino final en Dubái, además de operaciones con petróleo, divisas y acciones. La UDEF localizó citas al área de una supuesta mina de oro que el régimen de Nicolás Maduro habría regalado a Zapatero como contraprestación por sus servicios de mediación política. El sumario tiene 4.000 páginas, 60 personas investigadas y 174 transferencias detectadas hacia el entorno del expresidente.
Zapatero compró todos los billetes de la lotería para ir preso. Solo falta que le toque.
Que el hombre investigado por blanquear el oro del chavismo sea el mentor del presidente que tolera que sus juventudes persigan judicialmente a una periodista por defender a Israel no es una coincidencia. Es un retrato.

LOS QUE FELICITAN Y LOS QUE SON FELICITADOS
El cuadro se completa con un dato que el canciller israelí Gideon Sa’ar sintetizó con precisión quirúrgica: “Primero Hamas le agradece a Sánchez. Después los hutíes. Ahora Irán. ¿Eso es estar en el lado correcto de la historia?”
Hamas felicitó al gobierno español en múltiples ocasiones: por reconocer el Estado de Palestina, por sumarse a la demanda ante la CIJ contra Israel, por el embargo de armas, por retirar a la embajadora en Tel Aviv. Los hutíes, que atacan buques civiles en el Mar Rojo con drones y misiles, también enviaron sus parabienes. Los talibanes aplaudieron. E Irán, cuyo brazo armado en el Líbano es Hezbollah, organización terrorista financiada y entrenada por Teherán, coronó el cuadro cuando sus agencias oficiales difundieron imágenes de misiles con la foto de Sánchez pegada en el fuselaje y el mensaje: “Por supuesto, esta guerra no solo es ilegal, sino inhumana. Gracias, primer ministro.”
Los misiles iban dirigidos contra civiles israelíes. La foto de Sánchez iba de pasajera.
Esos son los que aplauden al gobierno que hoy mira hacia otro lado mientras su órbita política persigue a Pilar Rahola por opinar que Israel tiene derecho a defenderse.
LA INQUISICIÓN PROGRESISTA Y EL MODELO SOVIÉTICO
Lo que está ocurriendo en Barcelona no es un proceso judicial ordinario. Es la aplicación del modelo soviético de criminalizar la disidencia intelectual: si no podés refutar el argumento, procesás al argumentador. Si no podés ganar el debate, convertís el debate en un delito.
Este patrón no es exclusivo de España. Es una tendencia que avanza en Europa con la misma dirección en todos lados: la voz que defiende a Israel se convierte en objetivo. Lo diferente, esta vez, es la desfachatez del mecanismo. Los denunciantes están ellos mismos procesados por agredir físicamente a Rahola. Y desde esa posición, con pintura aún fresca en el expediente, activan el aparato judicial del Estado contra su víctima. No es lawfare sofisticado. Es descaro.
La diferencia entre la Inquisición y esta nueva variante progresista es que aquella quemaba herejes en las plazas públicas. Esta prefiere los juzgados. El método es más prolijo. El objetivo es el mismo: el silencio.
Rahola no incitó a ningún odio. Rahola negó una narrativa que el poder quiere imponer como dogma. Y por eso la investigan. No importa que ningún tribunal haya condenado a Israel. No importa que quienes la denuncian estén ellos mismos procesados por agresión. No importa que el sistema político que los ampara esté hasta las rodillas en causas de corrupción. Lo que importa es que Rahola habla. Y para cierta izquierda europea, eso es intolerable.

EL ESPEJO
España tiene un problema serio con la libertad de expresión cuando defender a una democracia ante un ataque terrorista puede convertirse en un delito de odio. Europa entera tiene ese problema, y se agrava cada día que los mecanismos judiciales son capturados por la agenda de quienes confunden militancia con jurisprudencia.
Los enemigos de Pilar Rahola son, por un lado, dos militantes de una organización que predica la revolución y practica la violencia callejera, procesados por agredirla físicamente. Por otro, el ecosistema político de un gobierno cuyo mentor declaró esta semana ante un juez por presunto blanqueo del oro de Maduro, cuyo círculo íntimo cumple condena o espera juicio, y cuyo presidente recibe las felicitaciones de Hamas, los hutíes y el régimen iraní como si fueran medallas al mérito.
Dime quiénes son tus enemigos y te diré quién eres.
Pilar Rahola seguirá hablando. Lo demostró en La Garriga, cuando se limpió la pintura y terminó la conferencia. Sus enemigos, mientras tanto, siguen revelando quiénes son. Con cada denuncia, con cada titular, con cada felicitación terrorista. Sin que nadie tenga que explicar nada.
Texto: Gustavo Beitler con asistencia de Claude (Anthropic).

