Mundo

Una cruz de oro para el verdugo

Escrito por Gustavo

Busca una silla. Sé que compartimos esta fascinación morbosa por ver cómo el mundo se empeña en fracturarse el cráneo contra la misma pared, pero hay madrugadas en las que uno revisa la prensa y confirma que la estupidez humana, especialmente cuando viste de blanco impecable, no tiene fondo. Te escribo ahora porque si lo dejo para mañana, me enveneno.

Yo siempre trato de separar la fe de la geopolítica. Una cosa es el cristianismo, hoy un aliado sincero y sentado a nuestra mesa, y otra, muy distinta, es ese laberinto de mármol y cinismo que llamamos Vaticano. Mientras el creyente de a pie te tiende la mano, los burócratas de la Santa Sede se esfuerzan por recordarnos que, cuando se trata de la supervivencia judía, Roma opera bajo su eterna regla de oro: “Haz lo que yo digo, pero ni se te ocurra mirar lo que hago”.

A León XIV se le ocurrió la genialidad diplomática de colgarle la Gran Cruz de la Orden de Pío IX al embajador iraní. Hay que reconocerles el esfuerzo logístico: no debe ser fácil acomodarle una cruz en el pecho a gente que prefiere usar grúas para colgar disidentes. La máxima gala de la Iglesia, descansando sobre el traje del emisario de un régimen que solo promete exterminarnos. La diplomacia del eunuco a todo motor.

Al ver la foto del besamanos, fue inevitable viajar ochenta años al pasado. Dicen que la historia no se repite, pero en Roma tienen vocación de plagiadores. Pío XII y su silencio sepulcral mientras Europa era un matadero industrial. La “ruta de las ratas”. Esos pasillos oscuros donde altos clérigos con pasaportes de la Cruz Roja hacían de agencia de viajes para que los arquitectos de la Solución Final veranearan en Sudamérica.

Ayer era el Gran Muftí Amin al-Husseini tomando el té con Hitler en Berlín, soñando con abrir sucursales de Auschwitz en Medio Oriente. Hoy es Irán financiando esa misma fantasía. El hilo no está roto: ayer facilitaban la huida de los verdugos; hoy, León XIV les da medallas para “construir puentes”. En el Vaticano confían en que si le lustras las escamas al cocodrilo y le das un diploma, tendrá la decencia de comerte al último.

Que la chatarra pontificia lleve justo el nombre de Pío IX, aquel Papa reaccionario que se atrincheró contra la modernidad hasta perder la cabeza y su propio Estado, es de una ironía que hasta se agradece. Un premio a la ceguera, entregado en nombre de un ciego.

Viendo todo este circo, me acordé de Jabotinsky y de ese texto que tenemos siempre a mano. Zeev lo avisó con una claridad que todavía duele: al carnicero no se lo apacigua. A los regímenes genocidas no los frenas con cruces de oro, genuflexiones ni rezos ecuménicos. Los estrellas contra una “Muralla de Hierro”.

Roma nos pide bajar las armas, desarmarnos moralmente y charlar con el que afila el cuchillo. Pero el Hadar de Jabotinsky es justamente eso: la dignidad innegociable de saber quiénes somos. El cordero no debate su menú con el lobo, por más que el lobo venga con bendición papal.

El mundo se desangra intentando apagar los incendios que Irán prende cada semana en el Líbano o en Yemen, y en medio del humo, el sucesor de Pedro condecora al pirómano. Solo espero que, por el bien del embajador, la cruz sea ignífuga.

Un abrazo.

.

Acerca del Autor

Gustavo

Deje un comentario