Hay decisiones que no necesitan explicación. Y otras que, por más vueltas que se les dé, siguen sin sostenerse. La de Italia pertenece a esta segunda categoría. El gobierno de Giorgia Meloni ha decidido suspender el acuerdo de cooperación en defensa con Israel. La justificación es tan previsible como endeble. La situación en Medio Oriente es compleja. Como si la complejidad fuera una novedad. Como si los acuerdos de defensa existieran para tiempos cómodos. Es curioso. Los pactos militares parecen diseñados para no usarse. Se firman en la calma y se evaporan cuando empiezan a tener sentido. No es un tecnicismo. Es una decisión.

Italia ya ha estado en este lugar. No como recurso retórico, sino como antecedente. En el siglo veinte, bajo Benito Mussolini, eligió alinearse con Adolf Hitler. No fue un tropiezo ni una mala lectura del momento. Fue una elección. Y sus consecuencias no fueron abstractas. Fueron persecución, deportación y muerte de judíos europeos con participación activa del Estado italiano. Hoy no estamos en mil novecientos treinta y ocho. Pero hay ecos que resultan difíciles de ignorar. Durante años, antes de llegar al poder, Meloni fue señalada por su relación ambigua, cuando no indulgente, con la figura de Mussolini. No es un detalle decorativo. Es contexto. Y los contextos, cuando reaparecen, dejan de ser casualidad.
Meloni construyó su figura sobre otra promesa. Orden, control, firmeza frente a la inmigración desbordada y una retórica dura contra el islamismo radical. Un discurso que encontró eco en una Europa cansada de hacerse la distraída. Ahí estaba su capital político. El problema es que el capital político, como el carácter, se mide cuando llega el momento de usarlo. Y este era ese momento. Suspender un acuerdo de defensa con Israel justo cuando Israel enfrenta a organizaciones terroristas no es prudencia. Es retirada. Es exactamente lo contrario de lo que ese tipo de acuerdos implica. Si un pacto militar no se sostiene en el conflicto, entonces nunca fue un pacto. Fue otra cosa. La contradicción es demasiado evidente para disimularla. Europa lleva años lidiando con las consecuencias de una inmigración masiva que ha importado conflictos que antes le eran ajenos. Meloni ha construido su discurso denunciando ese fenómeno. Ha hablado de seguridad, de identidad, de límites. Israel, hoy, está combatiendo exactamente eso. Y en ese contexto, Italia se corre. No es incoherente. Es algo peor. Es conveniente.

En paralelo, Meloni ha cultivado una imagen de firmeza en sus choques con Emmanuel Macron. Un blanco relativamente seguro. Es fácil pegarle a Macron. No hace falta demasiada pericia ni demasiado coraje. Digamos que no es un terreno particularmente exigente, ni en lo político ni en lo personal. Criticarlo se ha vuelto casi una actividad compartida, transversal, accesible. Pero no es ahí donde se mide la fortaleza. La fortaleza se mide cuando el costo es real. Cuando sostener una posición implica quedarse sin aplausos. Y en ese terreno, la decisión de Italia dice más de lo que intenta ocultar. Porque si Israel está enfrentando a organizaciones que no discuten en foros sino que atacan civiles, entonces la cuestión no es si el contexto es complejo. La cuestión es de qué lado se está. No hay muchas opciones. Y Europa, una vez más, elige ese punto intermedio donde todo parece matizado hasta que deja de serlo. El problema es que la ambigüedad, en estos casos, nunca es neutral. Siempre favorece a alguien. Y rara vez favorece a quien está bajo ataque. Se puede criticar a Israel. Se puede discutir cada decisión. Eso forma parte del debate. Lo que resulta más difícil de explicar es abandonar compromisos de defensa justo cuando dejan de ser teóricos. Porque ahí ya no estamos hablando de política exterior. Estamos hablando de credibilidad. Italia tenía un acuerdo. Lo suspende cuando más se lo necesitaría. El mensaje no necesita traducción. El compromiso duraba mientras no incomodara. Otra vez. No con la misma escala histórica. Pero con una lógica que empieza a resultar familiar. Porque hay momentos en los que la historia no se repite. Simplemente vuelve a insinuarse.

