Sentarse a conversar sobre la palabra de la temporada exige, ante todo, una buena dosis de café amargo y la renuncia inmediata a la sensiblería barata de los salones multilaterales. Hablemos claro, tú y yo, lejos del ruido de las pancartas y las consignas prefabricadas. La palabra genocidio se ha instalado en el léxico global con la ligereza de quien comparte un meme de vanguardia en sus redes sociales. Quienes se desgañitan usándola olvidan, con una amnesia jurídica conmovedora, que el concepto acuñado en la Convención de la ONU de 1948 exige una condición estricta: la intención explícita de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso como tal. No significa una guerra brutal, ni bombardeos intensos, ni el dolor crudo de un vecindario en ruinas. Pero en la era de la gratificación moral instantánea, la multitud prefiere un eslogan cómodo a la complejidad de un análisis estructural.
Ahí está el verdadero núcleo del debate. Quienes sostienen la acusación repasan el trágico conteo de víctimas civiles en Gaza, la destrucción masiva de la infraestructura urbana, las condiciones humanitarias devastadoras y algunas declaraciones extremas de políticos israelíes que buscan su propio aplauso doméstico. Para el observador casual, o para el intelectual perezoso que necesita un villano empaquetado para validar su visión del mundo, la ecuación parece resuelta. Si la verdad se midiera únicamente por el volumen del llanto en una pantalla de quince segundos, el veredicto de la calle sería inapelable.
Sin embargo, la realidad geopolítica nunca opera bajo la lógica de un video viral. Existe una distancia cósmica entre una guerra urbana asimétrica y descarnada y un plan sistemático de exterminio biológico. Si el objetivo estratégico del Estado judío fuera la aniquilación pura del pueblo palestino, el resultado militar en una de las franjas más pobladas de la tierra sería espantosamente diferente en cuestión de horas, dada la capacidad de fuego real que las Fuerzas de Defensa de Israel eligen no desplegar. El rigor analítico exige separar el horror colateral de la doctrina operativa.

Asomarse al terreno desmantela la tesis jurídica del exterminio planificado, por más que la puesta en escena de las Naciones Unidas insista en lo contrario. Una maquinaria genocida no implementa sistemas de evacuación anticipada antes de un ataque militar. No abre corredores humanitarios, por caóticos e insuficientes que resulten en la práctica, ni coordina el ingreso de ayuda y toneladas de asistencia médica bajo la constante presión internacional. Estas acciones, rudas y sujetas a debate estratégico, demuestran que el objetivo operativo visible es el desmantelamiento de una organización armada específica, no la eliminación de un grupo étnico. Elevar cada negligencia militar, cada uso excesivo de la fuerza o cada posible violación grave del derecho internacional humanitario a la categoría de genocidio no es un acto de justicia; es una devaluación del propio orden legal.
En este tablero asimétrico aparece el factor que los salones diplomáticos de Occidente deciden simplificar hasta volverlo irreconocible: Hamás. No estamos ante un simple gobierno local de burócratas aburridos, sino ante una organización islamista armada que inauguró esta secuencia con una masacre deliberada contra civiles el 7 de octubre, secuestró rehenes y perfeccionó la perversidad de utilizar hospitales, mezquitas y escuelas primarias como escudos balísticos. Hamás descubrió una mina de oro en las relaciones públicas modernas: entendió que, en el mercado de la compasión occidental, los cadáveres de su propia gente son la moneda de cambio más rentable para aislar a la potencia democrática.
Esta dinámica distorsiona por completo el marco de cualquier guerra convencional, pero las redes sociales no tienen tiempo para manuales de estrategia militar. La cámara muestra el horror de un edificio colapsado; raramente muestra el lanzador de cohetes oculto en el sótano. Hemos sustituido los tribunales internacionales por los algoritmos de TikTok, donde el contexto muere primero y el activismo digital dicta sentencias morales desde la comodidad de un café en París o Nueva York. El sesgo es evidente: se le exige a Israel una pureza inmaculada mientras se asume con naturalidad que su enemigo opere desde la más absoluta barbarie.

Para la comunidad judía internacional, escuchar la etiqueta de genocidio produce una reacción visceral que trasciende la política para volverse puramente existencial. Hay una ironía perversa, casi sadista, en el ambiente actual. El pueblo que sobrevivió al intento de exterminio industrial más sistemático de la historia moderna ve hoy cómo se utiliza ese mismo estigma en su contra. Se trata de una sofisticada operación de inversión moral: transformar al perseguido histórico en el verdugo absoluto para aliviar, de paso, las viejas culpas colectivas de una Europa que observó el Holocausto en silencio. La narrativa se vuelve destructiva en ambos extremos, entre los que gritan que todo es genocidio y los que decretan que Israel jamás comete un error. Ninguna de esas posiciones ayuda a entender lo que ocurre.
Esta neurosis selectiva se comprende mejor cuando se observa el mapa panorámico de las tragedias globales. La hipocresía internacional es un lubricante que funciona de maravilla. Conflictos espantosos en Siria, Yemen, Sudán o el Congo han acumulado cifras astronómicas de muertos civiles con una fracción microscópica de la movilización que vemos los sábados por la tarde en las capitales europeas. Gaza monopoliza la imaginación política global porque Israel ocupa un lugar singular debido a una mezcla explosiva: historia, religión, antisemitismo clásico maquillado de antisionismo, petróleo, islamismo y polarización ideológica en Occidente. Todo mezclado como cemento fresco en la mente del manifestante promedio.
Al final, cuando alguien pronuncia la acusación de genocidio, rara vez está expresando un argumento legal riguroso; la mayoría de las veces solo exhibe su identidad política, su indignación moral, una lectura anticolonial o su pertenencia a una tribu ideológica. La discusión seria nos obliga a limpiar el lenguaje y separar las emociones de las definiciones legales, porque si toda guerra cruel pasa a llamarse genocidio, el término pierde su precisión histórica. Negar automáticamente cualquier posible crimen israelí solo porque Israel es una democracia tampoco ayuda a comprender la realidad. La tragedia es que mientras el planeta discute etiquetas desde sus teléfonos, israelíes y palestinos siguen enterrando muertos. Y los muertos, como bien sabemos tú y yo, no votan en las Naciones Unidas.

