Francia insiste en presentarse como mediador en Oriente Medio. Pero desde el ataque de Hamas del 7 de octubre de 2023, el discurso del presidente Emmanuel Macron refleja el mismo dilema que atraviesa hoy a buena parte de Europa: condenar el terrorismo islamista mientras aumenta la presión diplomática sobre Israel.
Desde el ataque terrorista perpetrado por Hamas el 7 de octubre de 2023, el gobierno francés ha intentado sostener una posición que Emmanuel Macron describe como equilibrada: apoyar el derecho de Israel a defenderse y, al mismo tiempo, exigir límites a su respuesta militar en Gaza.
Es una fórmula familiar en la diplomacia europea.
Francia ha cultivado durante décadas la imagen de potencia capaz de hablar con todos los actores de Oriente Medio: Israel, el mundo árabe y las potencias regionales. Ese papel de mediador forma parte de su tradición diplomática.
Pero el 7 de octubre alteró ese equilibrio.
Ese día, milicianos de Hamas cruzaron desde Gaza hacia territorio israelí, atacaron comunidades civiles, asesinaron a cientos de personas y secuestraron rehenes en una operación coordinada que conmocionó al mundo.
Investigaciones posteriores documentaron asesinatos deliberados de civiles, secuestros y otras violaciones graves del derecho internacional humanitario.
Macron condenó inmediatamente los atentados y expresó solidaridad con Israel. Durante los primeros días del conflicto incluso sugirió ampliar la coalición internacional que combate al Estado Islámico para incluir la lucha contra Hamas.
En ese momento, la posición francesa parecía alineada con la de otros aliados occidentales.
Sin embargo, a medida que la guerra en Gaza se prolongó, el tono del Elíseo empezó a cambiar.
Las declaraciones oficiales comenzaron a concentrarse cada vez más en la situación humanitaria en Gaza y en la necesidad de un alto el fuego. Macron denunció el número de víctimas civiles y pidió reiteradamente que Israel respetara estrictamente el derecho internacional humanitario.

La crítica no era aislada.
Formaba parte de una tendencia más amplia en Europa occidental: un desplazamiento progresivo del foco diplomático desde el ataque inicial de Hamas hacia las consecuencias de la ofensiva israelí.
El problema de ese desplazamiento es que altera la percepción del conflicto.
El 7 de octubre no fue simplemente un episodio dentro de una cadena de violencia regional. Fue un ataque deliberado contra población civil, perpetrado por una organización que proclama abiertamente la destrucción del Estado judío.
Ese hecho sigue siendo el origen de la guerra.
Sin embargo, a medida que el debate europeo se concentró en la situación humanitaria en Gaza, la discusión comenzó a girar cada vez más alrededor de la conducta de Israel y cada vez menos alrededor del terrorismo que desencadenó el conflicto.
Macron no es el único líder europeo atrapado en ese dilema.
Francia enfrenta además un factor interno que condiciona inevitablemente su política exterior. El país alberga la mayor comunidad judía de Europa y también una de las poblaciones musulmanas más numerosas del continente. Cada escalada en Oriente Medio se refleja inmediatamente en la política interna francesa.
El presidente francés intenta navegar ese equilibrio delicado: mantener el apoyo a la seguridad de Israel sin perder influencia diplomática en el mundo árabe ni agravar las tensiones sociales dentro de Francia.
Ese cálculo explica el tono cada vez más cuidadoso de sus declaraciones.
Pero también revela el dilema central de la política europea frente al conflicto.
Europa quiere defender principios humanitarios universales y al mismo tiempo mantener relaciones diplomáticas con el mundo árabe. El problema es que ese equilibrio suele traducirse en una presión política creciente sobre Israel, el único actor democrático involucrado directamente en la guerra.
Mientras tanto, los grupos armados que iniciaron el conflicto permanecen en un segundo plano del debate.

Francia sigue aspirando a desempeñar un papel relevante en la diplomacia de Oriente Medio. Sin embargo, su margen de influencia es hoy limitado.
Israel observa con creciente desconfianza las críticas europeas. Las organizaciones islamistas de la región, por su parte, no reconocen siquiera la legitimidad del Estado judío.
En ese contexto, la política de Macron refleja un fenómeno más amplio: la dificultad de Europa para adaptarse a un conflicto donde uno de los actores no busca negociar fronteras ni tratados, sino eliminar al adversario.
La diplomacia europea intenta responder a esa realidad con fórmulas de equilibrio, mediación y presión humanitaria.
Pero cuando los objetivos de los actores son tan incompatibles, el equilibrio rara vez permanece estable.
Tarde o temprano, también en la diplomacia, la neutralidad deja de ser una posición sostenible.

