Setenta delegaciones se fueron ayer de la sala donde el año pasado se fueron setenta y siete —la cifra que reciclaron media prensa internacional sin verificar—. Pero el número importa menos que el patrón: Netanyahu no vino a discutir con quien lo escucha. Vino a discutir con Occidente, con esa costumbre de opinar sobre Medio Oriente usando categorías que ahí no aplican.
Al reproche de colonialismo, el mismo que Israel recibe hace décadas de Londres y de París, no respondió señalando solo el pasado imperial de esos países. Los acusó de seguir ejerciendo hoy la misma lógica que le reprochan a él: decidir desde una capital europea qué fronteras le corresponden a un pueblo que no es el suyo. No fue nostalgia histórica archivada en 1917. Fue una acusación de reincidencia, pasado y presente, dicha con nombre propio.
Y ahí aparece el tramo que mejor resume esa acusación de fondo: a los delegados que se fueron, Netanyahu les preguntó dónde estaban cuando el régimen de Teherán mataba a su propio pueblo, si habían organizado una sola huelga de hambre, si habían dicho alguna vez una palabra sobre los cristianos perseguidos en la región. La respuesta se la dio él mismo, porque ellos no estaban ahí para dársela: nunca dijeron nada, porque son falsos. Ese es el argumento completo debajo del “cobardes morales” que ya tituló medio planeta —no es que se hayan ido por Gaza. Es que su indignación es selectiva, se activa con un solo gatillo, y ese gatillo tiene apellido judío.
Y así hablan, en cambio, los que sí tuvieron sala llena para escucharlos. Esa misma jornada, unas horas antes, el presidente de Uruguay, Yamandú Orsi, subió al mismo atril a pedir que se le dé una oportunidad a la paz, a repetir que el fuego no necesita más combustible y a reclamar instituciones multilaterales más eficaces para un mundo que ya no puede seguir rehén de un puñado de países. Todo dicho con la mejor intención del mundo y ningún roce con la realidad: la receta que Uruguay repite hace veinte años para Medio Oriente es siempre la misma, sentarse a conversar, dos pueblos, dos estados, y nunca se pregunta qué contestaría Hamás si alguien se lo propusiera en serio. No es diplomacia. Es una carta a Papá Noel redactada con vocabulario de comunicado de cancillería, escrita por alguien que sigue creyendo que Medio Oriente funciona con las mismas reglas que un conflicto vecinal en Punta del Este. Y es exactamente lo que Netanyahu vino a señalar sin necesidad de nombrar a nadie: Occidente opina de esta región con las categorías de su propio living, convencido de que la buena voluntad alcanza donde hace tres años que no alcanza ni las armas.

Del otro lado del mismo estrado, ese mismo día, habló Mahmud Abbas. Es el único estadista de la región que le pide al ejército israelí que entre en Cisjordania a protegerlo de las células de Hamás que le afilan el cuchillo por la espalda, y después sube a la Asamblea General a denunciar a ese mismo ejército como una amenaza existencial para su pueblo. Usa a Israel de guardaespaldas de madrugada y de villano de discurso al mediodía. No es un líder atrapado entre dos fuegos. Es el único que enciende los dos, y después cobra en Naciones Unidas por la actuación de víctima.
Colombia y Chile muestran el mismo síntoma institucional desde dos costados. Colombia tiene un gobierno de apenas un mes que fue a buscar acercamiento con Israel y aun así su delegación se plegó al retiro — la inexperiencia de quien recién asume tiene ese costo: no barrer a tiempo a quienes van a seguir obedeciendo órdenes que ya nadie dio. Chile lo vivió al revés: dos días después de que Kast ganara la elección, la embajada saliente pidió sumar al país a un comité antiisraelí, en las antípodas de lo que el presidente electo ya había anunciado. Funcionarios de carrera cumpliendo instrucciones de un jefe que ya no era jefe de nadie.

Hagamos el ejercicio inverso, el que ninguno de los que se levantó de su butaca está dispuesto a hacer. Imaginemos que Netanyahu hubiera subido a ese atril a pedir perdón, a confesar que buscó una excusa para desalojar al pueblo palestino y repartírsela a sus votantes, a anunciar ahí mismo la retirada a las fronteras de 1967. Ese discurso no existió. Pero la respuesta a qué hubiera pasado si hubiera existido es la prueba de todo lo anterior: no hubiera cambiado una sola butaca. A los que se fueron no los mueve lo que Israel hace. Los mueve lo que denuncian, sin pruebas, que Israel hace —porque la mayoría de esas acusaciones, revisadas de cerca, o carecen de sustento o se apoyan en testimonios que después resultan pagados por quien tenía interés en que existieran—. Y a esos muertos que invocan en cada retiro indignado, la verdad es que no les importan un carajo. Los usan de coartada para la foto. Lo único que importa es la butaca vacía y la imagen que produce.
Esto no es una defensa de Netanyahu. Es una defensa al derecho de existir y el derecho de defenderse, y se sostendría igual con cualquier otro apellido en esa silla, siempre que ese primer ministro tuviera ese mismo norte. El día que cambie el nombre, esta columna lo va a defender con la misma convicción — porque nunca fue una cuestión de palabras, ni de las de él, ni de las de Orsi, ni de las de nadie que crea que Medio Oriente se resuelve con la misma ingenuidad con la que se firma un convenio municipal.

