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No es Netanyahu, es el mapa

Escrito por Gustavo

Escribo desde Uruguay, a miles de kilómetros del Mediterráneo oriental, donde ninguna votación de la Knéset mueve un centímetro mi vida diaria. No voto en Israel, no pago impuestos allí, el gobierno de turno no decide mi destino. En ese rincón del mundo vota quien tiene que votar: sus ciudadanos, incluidos dos millones de árabes con plenos derechos civiles y representación parlamentaria. Que gobierne la derecha, el centro o una coalición imposible es asunto de la soberanía israelí. Punto.

Pero desde el 7 de octubre de 2023 hay una pereza intelectual —ruidosa, además— que pide pasaporte ideológico a distancia. Aquel sábado no hubo disputa parlamentaria ni controversia de políticas públicas. Hubo la mayor matanza de judíos en un solo día desde el Holocausto. Frente a eso, defender el derecho de Israel a existir y a defenderse no fue una postura estética. Fue una obligación moral, sin vuelta.

La primera coartada de salón llega rápido: reducir a una nación entera al rechazo a su primer ministro. “Yo no tengo nada contra Israel, mi problema es Netanyahu”, dicen, convencidísimos. La impostura se cae sola: dirían lo mismo si gobernara Shimon Peres (Z”L) o el mismísimo Juancito Fernández.

Y no es una pose retórica de mi parte. En enero de 1949, en las primeras elecciones del país, la segunda fuerza más votada no fue de centro ni de derecha: fue Mapam, marxista, prosoviética sin disimulo, pisándole los talones al laborismo de Ben Gurión. Esa izquierda revolucionaria fue justamente lo que llevó a Stalin a mandar armas checoslovacas —fusiles, cazas Avia S-199— para que la Haganá ganara la Guerra de Independencia. Moscú apostaba a un satélite rojo en Medio Oriente. Cuando Ben Gurión giró hacia Occidente y el país se afirmó como democracia parlamentaria de verdad, Stalin cortó por lo sano: se quedó con las autocracias árabes y el petróleo antes que con una democracia judía que no le obedecía. Si hoy gobernara un marxista confeso, mi postura sería idéntica.

El otro comodín de moda es “no soy antisemita, soy antisionista”. Pedile a cualquiera de estos indignados de pancarta que defina sionismo sin copiar de un panfleto, y ahí aparece el tartamudeo. Sionismo es, nomás, la autodeterminación nacional del pueblo judío en su tierra. Negarle ese derecho solo a los judíos —mientras se lo regalás a cualquier otro pueblo del planeta— no es política. Es judeofobia con maquillaje nuevo.

Y da gracia, o bronca según el día, la sofisticación repentina con que tantos analistas de café desmenuzan cada coma de la política israelí mientras se quedan mudos ante dictaduras que cuelgan disidentes de grúas o expulsan a millones de sus propios compatriotas. Ese rencor selectivo, siempre apuntado a Netanyahu, tapa el verdadero dogma: la acusación prefabricada de genocidio. A esa consigna le falta un solo detalle para pararse sola: que empiece. Porque una potencia nuclear con supremacía aérea absoluta y tecnología de punta, si quisiera exterminar a una población, no tardaría meses de combate casa por casa. Tardaría setenta y dos horas.

Hay compasión genuina por el sufrimiento civil, sí. Y hay también una sensibilidad humanitaria que es apenas el envoltorio de un rechazo visceral a que los judíos tengan soberanía sobre un palmo de tierra. No son lo mismo, aunque se disfracen igual.

A los que repiten “dos pueblos, dos Estados” para sonar moderados, les convendría revisar el calendario: no es a Israel a quien hay que convencer. El liderazgo palestino tiene el récord de rechazar, una y otra vez, cada chance histórica de Estado propio —incluso con capital compartida en Jerusalén. No a la partición de 1947. No a Camp David en 2000, con Ehud Barak. No otra vez con Ehud Ólmert en 2008. No aceptan dos Estados porque nunca buscaron convivir: buscaron sustituir. La identidad nacional palestina, armada y financiada desde los sesenta bajo el paraguas soviético y la OLP de Arafat, nació como herramienta para negar al Estado judío, no como proyecto de país propio.

Hoy, además, ese rechazo tiene banda sonora propia. Miles marchan por el mundo defendiendo a un pueblo palestino cuya ubicación en el mapa no sabrían señalar, cantando “Palestina libre, del río hasta el mar”. Nadie les pregunta qué río, ni qué mar. Porque esa frase no es un eslogan de paz: es la desaparición completa de Israel, sin dejar ni el nombre. Quien la canta, o no sabe lo que dice, o sabe exactamente lo que dice y lo festeja. No hay una tercera opción decente.

Por eso nunca fue sobre Netanyahu. Tampoco sobre derechas o izquierdas. Nunca fue sobre cómo gobierna Israel. Fue, y es, que exista en el mapa.

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Gustavo

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